El quinto aniversario del uno de octubre llega en el peor de los momentos posibles. La coalición independentista que lleva gobernando una década de forma inalterada se hunde. El apoyo de la población de Catalunya respecto a la independencia es el menor de los últimos diez años: el 52% estarían en contra, mientras un 41% votaría a favor de la independencia. Y lo más importante de todo: a nadie le importa demasiado, más allá de los políticos que necesitan justificar su sueldo vendiendo relatos épicos. A falta de una acción de gobierno concreta, no les queda mucho más.
Del éxtasis del 1-O a la rabia por la sentencia contra los líderes independentistas, Catalunya vive hoy instalada en la apatía y la frustración. Y en ese trágico escenario, la nostalgia cotiza al alza. El 1-O fue muchas cosas a la vez: una gran incompetencia judicial, una irresponsabilidad política demencial por parte del entonces presidente del estado Mariano Rajoy, un desmedido exceso de violencia policial, una movilización ciudadana sin precedentes en la historia del país, y, sobre todo, un día que va a quedar en la memoria de varias generaciones de catalanes. Para mucha gente que participó activamente en el 1-O aquél fue uno de los días más felices.
Pocas cosas más bonitas hay en la vida que vencer a un rival mucho más fuerte que tú, en una causa que consideras justa, rodeado de personas cercanas. Y si ese rival es un Estado de primer orden, la satisfacción es ciertamente merecida. El 1-O fue una victoria imposible, porque bajo el capitalismo global ya no existen victorias. Las últimas utopías murieron a finales de la década de los sesenta, y desde el inicio del largo invierno neoliberal, la posibilidad de invertir 180 grados la estructura del sistema-mundo sólo pervive en el recuerdo de una generación que poco a poco nos va dejando. Quizá por eso la independencia ha tenido tanto éxito. Permite imaginarse un futuro mejor.
Y, sin embargo, esa victoria sin precedentes que representó el 1-O poco tenía que ver con las posibilidades reales de la independencia. Hoy, cinco años después, todavía cuesta decirlo. ERC y la CUP lo hacen con la boca pequeña, porque los relatos que se ha instalado dentro de una parte de la población independentista es que justo después del 1-O “lo teníamos muy cerca”, siendo la posterior negligencia de los políticos quienes, que, al hacerse “atrás”, truncaron la posibilidad de acceso a Ítaca. La Asamblea Nacional de Catalunya y Junts per Catalunya recogen esta estela.
Otro debate asociado, hoy de capa caída pero todavía presente, es el de la legitimidad emanada del 1-O. Aquí los partidos independentistas también hacen giros argumentales por no decir aquello que los observadores internacionales invitados por el propio govern de la generalidad dijeron: los resultados no pueden considerarse válidos, ni, obviamente, representativos de Catalunta. Recordemos que de los 2.286.217 de personas que votaron, sólo un 7,83% votaron que no. A su vez, las personas que no votaron y que votarían que no son, paradójicamente, aquellas necesarias para incrementar la legitimidad de los resultados. Pero ahora ya están muy y muy lejos.
Cinco años después del 1-O hay que decir que el futuro no está inventado, pero no hay ningún análisis mínimamente serio que pueda prometer que, para cuando lleguemos al décimo aniversario del 1-O, la independencia estará más cerca. Pero quizás tampoco es necesario hacerlo. Para la mayoría, el recuerdo de aquel día ya merece la pena.

