«Ha merecido la pena». La frase se convirtió el martes 29 de septiembre en precaria firma estampada con sello de caucho y tinta roja en las primeras páginas de dos libros, La Prosperitat, a cops! y La Prosperitat, una lucha constante, que pretenden ser algo más que unas memorias personales. Justo una semana después, ese testimonio ha pasado a ser un resumen de vida, la despedida de un hombre que ha dedicado más de cincuenta años a gestar una hermosa relación con su entorno humano y social. Andrés Naya, un referente en la lucha vecinal, presentó aquel martes los dos volúmenes que dieron razón de ser a la acumulación de documentos que durante años esperaron pacientemente formar parte de la historia de un barrio, Prosperitat, de un distrito, Nou Barris, y de una ciudad, Barcelona. Siete días después, a las 10 de la mañana, y con el trasfondo de la música de Miles Davis, ese hombre decidió que para él se había acabado la lucha, que ahora les tocaba a otros. Naya se ha ido en silencio, pero ha dejado a modo de testimonio un grito en forma de aquellos dos ejemplares que presentó en un abarrotado casal de su barrio y que, ya falto de fuerzas, firmó con la peculiar pluma de un tampón de tinta china. Siempre fue un hombre de recursos.
Andrés Naya Cabrero nació en Huesca hace 80 años y se estableció en Barcelona por amor, a su mujer y a un barrio que en 1972 había acogido parte de la emigración instalada en el norte de la ciudad. Prosperitat era entonces poco más que una acumulación de viviendas de dudosa calidad, chabolas y calles sin pavimentar. Faltaba de todo y la lucha contra la dictadura lo fue por la guardería que no existía, por el pino plantado en una maceta que quería convertirse en jardín o por el semáforo que debía dar seguridad a los vecinos frente a los coches. Esa fue en aquella época la resistencia de los barrios de Barcelona. Contra un sistema político que se resistía a desaparecer se buscaba la democracia a través de lo cotidiano, de lo imprescindible para la calidad de vida de los ciudadanos y Naya supo convertir una calle enfangada en un arma política contra la que era más difícil montar la represión. La pelea que había nacido en las calles durante la dictadura continuó tras las elecciones municipales de 1979, porque los primeros concejales de la democracia no acabaron de aceptar que su llegada no ponía fin automático a las exigencias de los barrios. Aquel vecino reivindicativo, la gota malaya de tantas luchas, no fue nunca un interlocutor fácil para los alcaldes frente a los que mantuvo su talante negociador y la machacona constancia que, probablemente, también viajó en la maleta desde Huesca hasta Catalunya.
Faltaba de todo y la lucha contra la dictadura lo fue por la guardería que no existía, por el pino plantado en una maceta que quería convertirse en jardín o por el semáforo que debía dar seguridad a los vecinos frente a los coches
Trabajó en el Banco Hispano Americano, pero cuesta creer que alguien le acreditara como experto banquero y sí como frustrado periodista. Y fue quizás esa vena escondida la que le facilitó la relación con los medios de comunicación. Yo empecé a saber en qué consistía esta profesión en las calles de Nou Barris, cuando pisé una ciudad distinta a la que yo conocía y a través de Naya encontré la diferencia entre una fuente informativa que buscaba el beneficio propio o partidista y aquel del que te podías fiar. Nunca me engañó, nunca tergiversó los hechos, nunca buscó un enfoque personal en la información que me pasaba. Quizás en su juventud hizo un primer cursillo de fuente fiable en medios aragoneses de escasa difusión, pero dejó el master de buen comunicador para las calles de Prosperitat cuando novatas como yo debían fiar el rigor de sus textos a la honradez de testigos presenciales en los hechos que estaban cambiando la ciudad.
Andrés tenía muy claro el valor de la información y, supongo, sintió en más de una ocasión la frustración al constatar que la prensa, tras la llegada de la peleada democracia, no se hacía eco de la lentitud en los cambios prometidos a los barrios. Ya como vicepresidente de la Federació d’Associacions de Veïns de Barcelona (FAVB) logró la aparición de La Veu del Carrer, probablemente la publicación que cada tres meses ofrece la mejor información sobre la Barcelona real, la que muchas veces, por miedo, comodidad o presiones, ignoran los medios al uso. Carrer nació en octubre de 1991 con Naya de codirector para publicar un monográfico dedicado a la aluminosis, la patología de los edificios de algunos barrios de Barcelona, en especial el Turó de la Peira. Aquel fue un buen estreno, y siguieron otros. En noviembre de 1992 Carrer sacó un número extraordinario con el balance crítico de los recién clausurados Juegos Olímpicos de 1992 con textos sobre la especulación inmobiliaria, la privatización del suelo o la ausencia de la opinión de los barrios en el diseño de las obras. No gustó ese informe que ponía sombras al brillo oficial del acontecimiento considerado por algunos como los mejores Juegos de la historia. El periodista frustrado reciclado en empleado de banca, codirector de Carrer, había hecho un trabajo que otros profesionales de la información no se atrevieron a hacer.
Seis años ha tardado Andrés Naya en ordenar, clasificar, dar forma a los dos tomos presentados el 26 de septiembre. Dos tomos que debían ser uno y así fueron ofrecidos al servicio de publicaciones del ayuntamiento barcelonés creado, según consta en textos oficiales, para editar libros sobre «la ciudad, historia, arquitectura, cultura y ciudadanía». Pero el significado de las palabras varía según quién las interpreta, o según las historias que se quieran contar, y las de Naya no deben formar parte de esas exigencias municipales porque fueron rechazadas por la editorial que se costea con los impuestos de los barceloneses. El ayuntamiento quiere controlar el relato de la historia de la ciudad. Los dos volúmenes han salido finalmente a la calle editados por dos pequeñas empresas. El primer ejemplar, La Prosperitat, una lucha constante, por Hacer editorial, y el segundo, La Prosperitat a cops!, por Clariana. Sus contenidos, iguales pero diferentes, narran la vida y la evolución de un barrio, su pasado, sus vecinos, y son por extensión el retrato de la ciudad real que nunca tendrá una entrada en el catálogo oficial de la librería municipal. Pero lo cierto es que nadie escribirá la historia de Barcelona como Andrés Naya Cabrero lo ha hecho. El relato tomó forma a lo largo de su vida, lo archivó en cajas y carpetas en rincones de su hogar y lo transformó en dos volúmenes para que los barceloneses sepamos que la Barcelona de hoy es el resultado de la perseverancia de muchos y el silencio de unos pocos.
Descansa en paz, Andrés. Por supuesto que ha merecido la pena.
