El pasado viernes, El Confidencial publicaba una noticia de impacto: Clayborne Carson, director del Instituto Martin Luther King, rechazaba la posibilidad de establecer ningún tipo de paralelismo entre el movimiento de derechos civiles estadounidense y el movimiento independentista catalán: «No es justo que utilicen su figura. Luther King trataba de liberar a los afroamericanos de un sistema opresor, y no veo que formar parte de España sea una opresión. Para empezar, nadie impide a los secesionistas ejercer sus derechos humanos fundamentales, ni veo en general que sean oprimidos como grupo, así que un movimiento y el otro no son comparables. Es ir demasiado lejos».
Las palabras de Carson hacían tambalear las bases de un discurso que ha ido capturando metáforas legendarias. Dos días después, Carson matizaba sus declaraciones en su blog personal afirmando que «he quedado sorprendido y molesto cuando he descubierto que se me había citado mal en un diario español en el que se afirmaba que yo creía que Martin Luther King, Jr. se habría opuesto al movimiento independentista catalán. Esto es una distorsión de mis respuestas a las preguntas de un periodista español de si está justificado que los defensores de la independencia de Catalunya utilicen el nombre de King para apoyar su lucha».
En esta carta aclaratoria, sin embargo, continuaba mostrando su escepticismo sobre que se pudieran establecer comparaciones entre la independencia de Catalunya y la lucha a favor de los derechos civiles. Rápidamente fuentes del Gobierno y los medios de comunicación afines se apresuraron a hacerse eco de la enmienda de Carson, y la red hervía con un intercambio de acusaciones por apoderarse con el legado de Martin Luther King. Porque, en el fondo, se trata de una lucha para hacerse con el relato de la independencia y los medios de comunicación juegan un papel crucial. En todo caso, la sombra de la duda sobrevolaba Catalunya . ¿Cómo podía ser que el presidente del Instituto Luther King se mostrara escéptico a establecer comparaciones si el discurso institucional de la independencia nos había dicho que la voluntad del movimiento tendría todos los beneplácitos de los hombres y mujeres de buena fe?
Metáforas de buenos y malos
Toda construcción de la realidad se articula de manera discursiva. El discurso no se limita únicamente al texto en sí. Sino al conjunto de referencias simbólicas, gestos y puestas en escena en las que este discurso se ubica. El movimiento independentista se ha ido construyendo en los últimos años a través de diferentes comparaciones y juegos de metáforas. Esta narrativa ha alcanzado su punto álgido en la última etapa, alimentada a través de una dicotomía maniqueísta: la independencia es una lucha del ‘Bien’ contra el ‘Mal’. El ‘Bien’ sería (obviamente) la independencia, representado por los conceptos de libertad y justicia. El ‘Mal’ sería cualquier impedimento que no dejara a la libertad crecer y a la justicia desahogarse.
Por lo tanto, aquí hay una primer trampa: la indefinición del ‘Mal’ hace que éste adopte la forma de enemigo constante, enemigo que crece y muta dependiendo del contexto. El ‘Mal’ puede ser el Régimen del 78. Puede ser Ciudadanos o el PP. El ‘Mal’ puede ser el PSC. El ‘Mal’, hoy en día, es quitar un lazo amarillo. Pero también lo pueden ser los Comunes o Podemos, porque la posibilidad de que estos últimos provoquen un cambio en la correlación de fuerzas donde una parte del independentismo ya no sienta la necesidad de serlo, amenaza la hegemonía del ‘Bien’. El ‘Mal’ (y ésta ya es de matrícula) puede ser Esquerra Republicana de Catalunya . El ‘Bien’ es Saturno, y Saturno devora a sus hijos.
Este cambio de estrategia en el discurso independentista es reciente. Pero el día a día de la agenda y debate independentista fulmina la memoria inmediata; ya hace años que ocupa portadas, apuntala opiniones y reafirma identidades. La política se excluye de la agenda, y el recuerdo de lo que era Catalunya antes del 2012 queda como una anécdota en la Historia que estamos tejiendo. Pero no hace tanto de aquel «España nos roba» que dibujaba el independentismo en la forma de la avaricia bíblica de Mammón. Porque lo que había caracterizado durante décadas el nacionalismo catalán y el incipiente independentismo era ‘el pájaro en mano’. Pero si se quería seducir al mundo, el nuevo discurso debía huir de cualquier presupuesto de superioridad y colocarse conjuntamente con aquellas figuras que habían luchado contra los grandes males: el imperialismo, el apartheid, la represión de los derechos civiles.
Del viaje a Ítaca a Gandhi
La primera de las comparaciones de la independencia la acuñó Artur Mas al mezclar la navegación a vela con la Ítaca de Lluís Llach. Itaca sería el faro lejano que iluminaría el trayecto hacia la tierra prometida: la independencia se adornaba de lírica griega y de un cierto romanticismo nostálgico, añoranza de una tierra que nunca habíamos tenido pero que siempre nos había pertenecido. Pero pasaba el tiempo y la referencia del viaje tranquilo se agotaba. Si el trayecto estaba guiado por los líderes políticos, la ciudadanía tenía que notar que el barco se movía. En caso de no ser así, habría un motín en el barco, y el capitán sería aquel que prometiera la más rápida llegada a puerto.
La segunda de las comparaciones se genera en los medios afines. La expansión de medios pro independencia, especialmente diarios digitales, ha crecido de manera exponencial en los últimos años. Ésta, decíamos, consiste en equiparar la independencia de Catalunya con la Independencia de la India en la forma de desobediencia no violenta de Gandhi. Esta metáfora es utilizada hoy en día, hasta el punto de que el ANC del Llobregat realizara el pasado mes de mayo la marcha «los catalanes también hacemos sal», emulando la marcha de 300 km a pie de Gandhi y cientos de miles de indios hasta las costas del Índico, obviando, quizás, que 60.000 de estos irían a la cárcel. Poco importa, tampoco, que aquella marcha viniera precedida de la masacre de Amritsar, donde el ejército británico abrió fuego contra cien mil indios y donde más de cien perdieron la vida.
Es cierto que el movimiento independentista no ha mostrado nunca síntomas de violencia. Pero de ahí a compararse con víctimas de un imperio que no dudaba abrir fuego real para acallar la resistencia hay un océano. Por otro lado, si la Marcha de la Sal de Gandhi se ha reivindicado para homologar las manifestaciones independentistas, la figura de Nelson Mandela se pone como ejemplo de resistencia pacífica y de protesta por la injusticia de los presos políticos. Concretamente, Oriol Junqueras apelaba las «Reglas de Nelson Mandela» para justificar su traslado a una prisión catalana. Otra vez, la comparación bordea la falta de memoria.
La última contradicción
Esta dicotomización entre buenos y malos ayuda a solidificar el relato independentista, a defender que la tarea de la independencia es digna de ser vivida, reforzando su identidad y convencimiento colectivo. Pero tal vez ha sido la tercera de las metáforas la que ha terminado de molestar a votantes no independentistas, al escuchar al Presidente Quim Torra reivindicar la figura de Martin Luther King.
Recordemos dos cosas. La primera: Martin Luther King fue uno de los líderes de la lucha de los derechos civiles conjuntamente con Rosa Parks, Malcom X, o WEB Du Bois. Esta lucha tenía como objetivo acabar con el conjunto de leyes segregacionistas que marginaba la comunidad negra americana.
La segunda: SOS Racismo censuraba por «peligroso, irresponsable e inaceptable» el discurso de Quim Torra. Es decir, mientras el Presidente de la Generalitat reivindica la figura de Luther King, uno de los mayores colectivos del país dedicados a la lucha contra el racismo censura su posicionamiento. Como la aguja que perfora la burbuja, las declaraciones de Carson chocaban con el discurso independentista, desnudándose delante de su espejo.
Y decir esto no es incompatible con decir que Catalunya se merece un referéndum, tal como lo tuvieron Quebec y Escocia. O que los presos no deberían estar en la cárcel y que el conflicto se debería solucionar por la vía política, tal como hicieron el Reino Unido y Canadá. Pero las Jornadas no son marchas de la sal, el proceso no es la lucha contra el apartheid, y Quim Torra no es Martin Luther King. Buscemos símiles adecuados para nuestros tiempos. Por nuestra dignidad, por su memoria.

