El último campeonato del mundo de ajedrez amenazaba con tablas infinitas. Tras jugar doce partidas, Carlsen y Caruana estaban seis a seis, y si hubiesen jugado cien, lo más probable es que hubiesen empatado a cincuenta. Ninguno de los dos tenia fuerza para vencer al otro. Algo así ocurre desde hace décadas entre España y Catalunya. Y entre catalanes. Empate infinito.
John Forbes Nash fue premio de economía por su teoría del empate infinito. O sea que poca broma con el concepto. Estudió aquellas situaciones en las que una empresa no se atreve a romper el equilibrio que tiene con sus competidores por miedo a perder cuota de mercado. Peix al cove, en vez de pretender todo el pastel. Pujol.
Cuando le pregunté, una vez, por qué era tan reticente con la reforma del Estatut, me dijo, solemne: «Claret, no olvide que ellos son más que nosotros». Era su peculiar interpretación del empate infinito. ¿Cuando se quebró esta regla de oro del catalanismo? La misma que observó Companys en el 36/37, cuando hubo quien soñó en aprovechar la guerra para declarar la independencia (con algún apoyo espurio).
La rompió Artur Mas. Quebrantando otro principio de estrategia política sobre el que Maquiavelo advirtió: vence quien elige el momento adecuado. Mas eligió mal el momento, y se precipitó por razones que nada tenían que ver con la independencia. Perdió. El ajedrez ha previsto cómo provocar el desempate. Se juegan partidas rápidas, sin tiempo para pensar. Un playoff, en el que Matt Damon, o sea Carlsen, derrotó a Caruana.
Algunos, en Catalunya, sueñan con una fórmula express para resolver el empate con España. Tenim pressa repitió ayer Jordi Sánchez desde la cárcel. Pero en política, las prisas las carga el diablo. Puede que no sea el momento de deshacer el empate, sino de convivir con él. Quedan muchas partidas por jugar y hay mucho que perder. Paciencia. Kasparov se retiró del ajedrez porqué no la tenia.

