Lluís Companys declaró su deseo de aniquilar el Barrio Chino a cañonazos. No es un invento mío, puedes encontrar la referencia en varios libros y así dejar de refunfuñar. El anhelo de cargarse el rebautizado Raval, una palabra a veces limpia, fija y da esplendor para las autoridades, ha sido una constante en el imaginario de Barcelona, una de las pocas ciudades europeas con un territorio de esas características en el meollo de su centro urbano.
He reformulado el primer párrafo, pero la Historia es macabra, y ante eso poco podemos hacer. La idea del President fusilado era compartida por sus asesinos, facilitadores de la reforma de tanto vicio y depravación, mientras usaban los bares de esas callecitas para ilustrarla durante los años cuarenta del siglo pasado, a través de los bombardeos perpetrados durante la contienda.
De este modo, con muertes auspiciadas desde el aire, se inició la reforma para dar lugar a la avenida García Morato, actual avinguda de les Drassanes. Los apellidos elegidos homenajeaban, otra vuelta de tuerca más bien cínica, a un héroe de la aviación franquista, pero claro, más allá de estos detalles de contexto urgía desplazar a los afectados por tan ambicioso plan y el Instituto Municipal de Vivienda optó por emplazarlos bien lejos del centro, en los terrenos colindantes a un palacete de estilo gótico, la Torre Llobeta, propiedad desde 1877 de la familia Comas d’Argemir, bien conocida durante por su afán de acumular hectáreas de Vallcarca hasta las cercanías de Horta.

Como los terrenos de antiguo uso agrícola habían caído en cierto olvido se revelaron perfectos para la actividad edilicia. Camino entre ellos una soleada tarde de domingo y alucino con esos once monstruosos bloques ideados por el arquitecto Pere Ricart Biot, el mismo del mítico termómetro de portal de l’Àngel. Esa apoteosis de hormigón consta de 177 viviendas y tiene como límites la avinguda dels Quinze, passeig Maragall i el carrer de Cartellà, donde desde 1999 luce una llama escultórica por el viejo trazado de la riera d’Horta, obra de Ricard Vaccaro.
La mansedumbre de esta calle choca con el objetivo de este artículo. Ricart Biot anticipó las estructuras del barrio del Congrés, y con toda seguridad debió hacerlo al deber respetar la masía de Torre Llobeta, donde en 2009 me invitaron a presentar mi proyecto de performance Loopoesía, casi una metáfora del mismo ambiente, pues los creadores de las acciones líricas en Cataluña se indignaron con nuestro desparpajo, como si fueran incapaces de entender la necesidad de progreso.
En el caso de la construcción fruto de la dictadura los patios interiores continúan su exhibición de precariedad y los desastres de una concepción horrenda, con la verticalidad por bandera, la ropa tendida y unas deficiencias estructurales notadas casi desde sus balbuceos. Si permanecen en pie es por la inevitable necesidad de tener cuatro paredes donde desarrollar una existencia, dormir cubiertos y albergar esperanza en el mañana.

Como es comprensible la zona ha mejorado con la llegada de la Democracia, con más verde y otra sensación bien distinta a la de 1952, cuando los primeros habitantes recibieron la llave. Era la época posterior a la huelga de los tranvías y el momento del Congreso Eucarístico, algo así como las Olimpiadas del Franquismo, pues hasta la llegada de Ada Colau a la alcaldía lo normal era asociar la grandeza de la capital catalana con un evento planetario para mejorar la urbe, en muchos casos, como este, sin pensar en sus ciudadanos.
Los instalados en los polígonos no tuvieron ningún tipo de servicios ni espacios públicos, y lo mismo acaeció una década después en Bellvitge, con esos rectángulos horizontales sin plazas ni asfalto, casi como si los beneficiados por residir en ellos debieran pagar un peaje hacia la nada.
En 1964 murió el último propietario del Manso Argemí, y cedió la torre al Ayuntamiento. Poco después un incendio la devastó y el Consistorio dirigido por Josep Maria de Porcioles contempló la posibilidad de derribarlo, un clásico de esos tiempos, donde el patrimonio era desdeñado sin muchos remilgos, un poco como en nuestros días, pero sin atisbos de sentimentalismo y ningún sentimiento de culpa.

Una opción para desahuciarlo, aún práctica para los tiburones de la especulación, es propiciar la degradación del inmueble. Hasta 1983 no se convirtió en Centro Cívico, y así los performers de antaño pudieron amenazarme una lejana tarde con lanzarme sillas por mi actuación, todo un honor, pues cabrear al personal es una de mis aficiones favoritas, y así me va en muchos aspectos, con una soledad propia de Torre Llobeta, con la diferencia de no tener en mi fachada elementos rescatados por Pere Falqués de otras reliquias como el monasterio de Sant Jeroni en la Vall d’Hebrón.
Por lo demás no tengo planta cuadrada pese a mis esfuerzos en la piscina, y tampoco patio interior, escalera ni una puerta ojival para presumir de veteranía.
Cuando alcanzo passeig Maragall opto por ir hasta una boca de metro con sabor añejo y retomo l’avinguda dels Quinze con ganas de ir hacia otras latitudes para adentrarme en una serie de pasajes con explicaciones y contrastes. De lo desproporcionado a la armonía, del paraíso con pájaros emocionados al cemento como cárcel prefabricada. Ha pasado medio siglo y no aprendimos las lecciones. Ojalá cunda el ejemplo portugués, se limiten los alquileres y podamos despreocuparnos para oler la belleza sin pensar en el término casa como sinónimo de tortura.


1 comentari
Nací en el 224 de Paseo Maragall.
Ahora estoy escribiendo la historia familiar.
Mis abuelos y padres ocuparon una de esas viviendas en 1952.
Quiero agradecer la información que me has proporcionado Jordi Corominas i Julián a lo largo de mi trabajo.
Me ha emocionado encontrar la historia de unos espacios tan entrañables para mi y mi familia.