Ya hace cuatro años que el artículo más leído en el blog de periodismo Paios es el que escribió Ángel Casas la víspera de Navidad de 2016. Hablaba del asesinato de la doctora Victoria Bertrán a manos de su marido, Alfons Quintà Sadurní el 16 de diciembre de 2016, quien luego es suicidó.
Àngel Casas es muy directo en este artículo. Había tratado a Quintà desde los años de Radio Barcelona, después aceptó hacer el programa de entretenimiento nocturno en la primera programación de TV-3 y partieron peras pronto. Sin tapujos dice Casas que nunca pensó que Quintà fuera un asesino en potencia, pero no ahorra calificarlo de «colérico, egocéntrico, misógino, déspota, cobarde, miserable y vendido al mejor postor». En síntesis, «mala persona». Pero tampoco le costó entender saber lo que había pasado unos días antes en el domicilio del Quintà en el barrio de Les Corts, en Barcelona. «No me sorprendí –dice Casas–, pero demasiado tarde».
De hecho, el reproche de Casas no es auto inculpatorio, sino por la manera de como se dio la noticia, destacando más los méritos de Quintà como uno de los impulsores de TV-3 que su condición de asesino. «¿Qué periodismo estamos haciendo?», Concluye el artículo que se puede consultar en Paios.
Poco más tarde, pudimos recuperar levemente algunos pasajes de la vida adolescente de Quintà, desconocidos, gracias al artículo de Jordi Amat en La Vanguardia del 27 de enero de 2017, pocas semanas después del de Àngel Casas. Amat conocía algunos rasgos de la personalidad ya compleja del Quintà adolescente, cuando acompañaba a su padre Josep, que hacía de chófer de Josep Pla. Titulaba el texto ‘El hijo del chófer’.
Camelot en el Empordà
Tres años después, Jordi Amat ha construido una muy interesante semejanza del Alfons Quintà (Figueres, 1943) manteniendo el título de aquel artículo, ‘El fill del xofer’ (Edicions 62), y con versión castellana: ‘El hijo del chófer ‘(Tusquets). Cabe decir que ya el verano del año pasado tuvimos alguna pista cuando se conocieron las 52 cartas cruzadas entre Josep Pla y Jaume Vicens Vives, en las que el morbo periodístico ya se fijó más en cómo el adolescente hijo del José chantajeaba al escritor para presionar a su padre, que no le quería dar permiso para sacarse el carnet de conducir. Jordi Amat había trabajado duro aquellas misivas, y más tarde Arcadi Espada, en agosto del 19, hizo un artículo, con astucia interesada, en El Mundo.
Jordi Amat, biógrafo de Ramon Trias Fargas y de Josep Benet, entre otros trabajos de quien cabalga entre la lingüística y la literatura, ha dedicado años a los archivos de Josep Pla. Cribando entre cientos de documentos no es difícil establecer con una precisión nunca conocida el entorno de la infancia y juventud de Alfons Quintà. Periodo vital determinante, tanto por su comportamiento años después como por su descomunal capacidad de captar cómo se crean las relaciones de poder desde joven.
Amat describe las actividades políticas de Josep Pla, a partir de los años 50 desde Llofriu, como la creación del Camelot del escritor. Jaume Vicens Vives, Josep Benet, Joan Fuster, Carles Sentís, Manuel Ortínez, Armand Caraben, Pere Duran Farell, Fabián Estapé, Joan Sardà Dexeus, Manuel Ibáñez Escofet, el industrial Domingo Valls Taberner, Jaume ‘Met’ Miravitlles… pero también Josep Tarradellas, Manuel Serra y Moret y otros en el exilio. Josep Quintà era solo un chofer (atento y callado en las tertulias), aprovechando que era un viajante del textil de la comarca y tenía un vehículo, al que siempre le pedían servicios estos conspiradores catalanistas y conservadores.
Ángulo muerto
Desde el primer momento Amat establece el tortuoso camino que conforma la psicología de Alfons Quintà en su mala experiencia familiar. Un padre que es infiel continuadamente a la madre, Luisa –que regenta una zapatería en Figueres–, y que cuando era pequeño le azotaba con el cinturón hasta dejar marcas permanentes de la hebilla, descubiertos años después por las múltiples amantes del Alfons.
Para poder abordar esta personalidad tan compleja, Amat emplea archivos, libros ya publicados sobre temas y personas relacionadas y, se deduce, muchos testigos directos, aunque apenas se hace mención de los nombres. No es una biografía sino más bien una semejanza de Quintà, con un método narrativo que el autor llama «prosa [o literatura] de no ficción» y que se inspira en el método de obras similares como la investigación que ha hecho Javier Cercas sobre Enric Marco (el falso deportado en los campos nazis) en ‘El impostor’, el clásico ‘Eichmann en Jerusalén’, de Hannah Arendt, sobre la banalidad del mal, o el más reciente (y recomendadisimo) ‘El orden del día’, del premiado Éric Vuillard sobre el apoyo de los grandes empresarios alemanes a Adolf Hitler.
Uno de los primeros contratos del joven Quintà, ya instalado en Barcelona es de redactor de Enciclopedia Catalana (donde ya organizó protestas contra el banquero Jordi Pujol) y es autor de la entrada Ángulo muerto. Quintà lo referencia en el mundo militar y describe que es «el espacio que queda en torno a los tanques que no puede ser batido por armas propias».
Juventud agitada
La metáfora del ángulo muerto sirve a Amat para, por un lado, recurrir a menudo a la prospección psicológica de Alfons Quintà, pero más desde la buena literatura, no de la ciencia médica. Hay comportamientos reiterados a lo largo de la vida del periodista que siempre hay que interpretar como inscritos en una parte misteriosa de su personalidad, escondida y amargada. La mala relación familiar está siempre.
Por otra parte, también hay misterios que son un ángulo muerto o si se quiere, punto ciego referente a la visión del ojo, una expresión que también se puede encontrar en la anterior y exitoso ensayo de Amat de noviembre de 2017, ‘La confabulación de los irresponsables’, sobre los acontecimientos políticos de octubre del mismo año. En ‘El hijo del chófer’, hay dos ángulos muertos más, sobre hechos difíciles de descifrar: la crisis y desaparición de Banca Catalana de principios de los 80 y la extraña relación de Quintà y Pujol.
Cabe decir que una vez en Barcelona, a finales de los sesenta, el joven Quintà, gracias a las recomendaciones de Sentís o de Ibáñez Escofet (¡qué choque de entramuntanats!) Ya es el esverat compulsivo: se matricula en Económicas y lo deja, lee intensamente de todo y se hace marxista, intenta entrar en el PSUC, estudia y termina Marina Mercante (la afición del padre de navegar por Rosas), le pillan en Portbou con una maleta de libros prohibidos por la dictadura, le procesan y pierde la convalidación de los estudios marítimos para ser cabo segundo de la Marina. Le degradan.
Becario enrabietado
También quienes lo trataron aquellos finales de los 60 y principios de los 70 han hecho saber de las inquietantes actitudes de trato de Quintà, ya huraño profundamente misógino, a la vez que con una desconcertante capacidad de dar la lata o de fer el llepa según le conviene en cada momento. Siempre ayudado por los amigos del padre en el Camelot de Llofriu, a la vez que los despreciaba. Ibáñez Escofet le dio trabajo de becario en Tele/eXprés, hasta que lo despidió y Sentís, cuando era director de Radio Barcelona (Cadena Ser), le creó el programa ‘Dietario’, donde Quintà supo explotar como nadie el ambiente considerado aperturista del final del régimen franquista y tejer una buena red de relaciones políticas en Barcelona y Madrid. En este último caso, fueron José Antonio Novais (corresponsal de Le Monde) y el joven Juan Luis Cebrián quienes le facilitaron el acceso a la revista Guadiana. También escribe en Presencia. A partir de este punto, Jordi Amat ya utiliza los testigos y, sobre todo, el análisis de los textos del Quintà.
Ascenso
En términos de Narcís Oller, aquí comienza la subida de Alfons Quintà en el mundo del periodismo, y la parte de éxito no tardaría en llegar cuando en 1976 nace El País y entre Sentís y Trias Fargas hacen que le nombren corresponsal en Barcelona. Pero en términos del jesuita del siglo XVI Gaspar Astete, el más conocido divulgador moralista católico, de los siete vicios (pecados) que describe como «apetitos desordenados» (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza) el nuevo periodista Quintà los tiene todos, con dudas sobre la pereza, impropia de un asustado, aunque Astete la define como «un caimiento de ánimo en el bien obrar».
El diario de referencia de toda la oposición es El País y enseguida destaca el corresponsal en Barcelona por ser el mejor informado del mundo catalanista y con más capacidad de dar exclusivas que marcan las agendas. Admirable y meritorio, según Jordi Amat, quien sin embargo no se está de avisar que la prosa de Quintà es «descuidada, frenética, cocainómana…» Y reaparece el ángulo muerto de las fijaciones obsesivas del periodista, por un lado, y del otro la relación amable / despiadada con dos personajes que en sus escritos consigue enfrentar: Pujol y Tarradellas.
Éxito
Quintà ya está en la etapa de éxito, siguiendo a Narcís Oller. Tan poderoso como desordenado en la vida personal. Glotón insoportable y desagradablemente lascivo. Y nada de integridad: ya había conseguido un piso de La Caixa en el barrio de Les Corts (el mismo donde asesinó a su mujer) presionando al entonces presidente de La Caixa, Narcís de Carreras, vía Camelot. Pero cuando Carreras no nombra sustituto a Manuel Ortínez (una de las principales fuentes de Quintà) lo pone a parir sin miramientos. También se matricula de derecho y negocia aprobados a cambio de artículos en El País, menos en un caso en el que la profesora la pilla copiando y él le dedica un breve en el diario con falsa denuncia.
Más temido que respetado, cuando Quintà se da cuenta de que no dirigirá el suplemento de El País en Catalunya, porque Cebrián estaba harto. Cebrián, que ya era una vedette de la Transición y le convenía la estabilidad que el poder político madrileño había decidido que encarnara Jordi Pujol, decide cambiar de bando sin escrúpulos.
El mito de los papeles de Banca Catalana
Es sabido que desde pocos días después de que Pujol sea presidente de la Generalitat, en abril de 1980, Quintà publica un artículo sobre la mala salud de Banca Catalana. Tiene información muy fiable, que Amat no menciona de quien. Años más tarde, el mismo Quintà reveló a un redactor jefe de TV3 que la principal fuente era Adolfo Suárez. Un aviso a Pujol en el ambiente político tenso de pocos meses antes del 23-F.
Cuando Antonio Franco ya tiene perfilado cómo será la edición catalana de El País y Quintà rechaza todas las ofertas profesionales de la empresa editora porque prefiere el dinero (también es compulsivo en la obsesión de gastar), durante la primavera del 82, Pujol llama a Quintà. El President es otra potencia en las relaciones de poder y personales. Ya había intentado seducir y contar con el apoyo de Quintà para conseguir que la herencia de Dalí se quedara en Catalunya. Pujol quiere neutralizar Quintà y conoce las miserias del personaje. De la relación escribe Amat: «Son los negocios del poder, que tiene sus códigos de relación».
Amat, que no se plantea el libro como una investigación periodística sino una semejanza del personaje y sus tiempos, también afronta el gran misterio: ¿Tenía Quintà papeles sobre Banca Catalana que hicieran temblar a Pujol? Y atención a la conclusión: «Quintà vivirá de esta leyenda, este será su mito». O sea, concluye que iba ‘de farol’, como se dice coloquialmente. Quienes aquellos años y posteriormente han cubierto mucha información económica podrían confirmarlo: ya se ha publicado tanto, a veces impedido que se publique, y ha habido investigaciones documentadas (y filtradas) del Banco de España e incluso de dos fiscales nada sospechosos, que es dudoso que haya ángulo muerto. En todo caso, no lo tenía Quintà, dado también su perfil vengativo.
Una televisión rompedora
Lluís Prenafeta, desdoblándose de su objetivo de vigilancia de todo tipo sobre el ‘caso Catalana’, es quien tutela a Quintà y le da apoyo total (¿excesivo en el dinero descontrolado?). Para hacer una televisión que no sea un calco de RTVE, como ya había ocurrido en otras competencias traspasadas, que reproducían ministerios y sus vicios y basta. Y no sería la televisión antropológica y folclórica que soñaba el centralismo, indistinto si es conservador o progresista.
Amat vuelve a dedicar elogios al resultado de los primeros meses de TV-3, sin sardanas ni recetas de cocido. La lengua solo para comunicarse con el mundo. Y precisa: «El problema no es ideológico. Esto es secundario. Es la conducta y la progresiva instauración de un régimen de terror».
[Aquí debo hacer un paréntesis personal, como miembro del primer equipo de redactores jefe de los informativos de TV-3, en mi caso de Economía. Todas las descripciones de este «régimen de terror» que describe Amat son ciertas y acertadas. No es necesario añadir más.]
La “estimbada”
TV-3 fue mucho más de lo esperado, solo una especie de Miramar II, dicho sea con respeto y admiración por los que eran entonces y son ahora. ¿Mérito del Quintà y basta? No. Había mucha gente válida. El problema era otro, el Quintà psicótico ya era incontrolable: quería ser director general de la Corporación, le exigió a Pujol (¿qué no lo conocía?) Y este lo liquidó, salvando el proyecto que Quintà intentó reventar a lo Sansón. La coz.
Previamente, el llepa Quintà se lució redactando en persona los textos sobre los buenos patricios catalanes que eran los fundadores de Banca Catalana, represaliados por el poder central después del gran triunfo de Convergencia Democrática en las elecciones de abril, y promoviendo la manifestación de desagravio de Jordi Pujol al salir del Parlamento recién investido.
Aquí comienza la decadencia física, psíquica y profesional de Quintà. “La estimbada” de Oller en ‘La febre de l’or’ Con revifades posteriores como crear con Prenafeta, Carles Vilarrubí y Manuel Prado y Colón de Carvajal el diario catalanista en castellano El Observador, con la intención primero de confrontar con El País en Catalunya y luego atacar, y perder, a La Vanguardia.
Desenlace
Jordi Amat tiene una elegante discreción final para hablar de la doctora Victoria Bertrán y su trágico final. Y al terminar, no se puede dejar de decir que el libro que ha hecho le ha costado «escribir esta narración desagradable y apaciguadora», lamenta el dolor que causa leerlo, pero cree que escribirlo era «moralmente discutible pero socialmente necesario».
Y añado que reparador para quienes sufrieron al personaje. Aunque demasiado tarde, como dice Àngel Casas.
Este articulo ha sido publicado originalmente en el bloc de periodismo Paios

