Una interesante exposición sobre la actividad del Comissariat de Propaganda de la Generalitat durante la guerra civil se acaba de inaugurar en el Palau Robert. El organismo lo dirigía Jaume Miravitlles con gran dinamismo y publicó multitud de folletos, revistas y libros, además de producir documentales a través de Laya Films y suministrar materiales y apoyo a los periodistas extranjeros que visitaban Cataluña durante el conflicto. Todo esto tiene un notable interés, no hay duda, pero sorprende la insistencia en dar a conocer el trabajo del Comisariado y que no haya ni un artículo, ni un libro, ni una exposición, nada de nada sobre la Comisaría de Prensa de la Generalitat, la que organizaba la confiscación de los periódicos, ni tampoco sobre la censura de prensa, que hacían otros departamentos.
La exposición del Palau Robert la produce el propio Gobierno de la Generalitat y se basa en una tesis doctoral de Ester Boquera, premiada por el Institut d’Estudis Catalans. Anteriormente, en 2006, se publicó un libro de fotografías del Comisariado con textos de Josep M . Soler y Sabaté bajo los auspicios del departamento de Presidencia del Gobierno catalán. Ese mismo año, el Ayuntamiento de Figueres publicó otro libro sobre el Comisariado basado en la figura de Jaume Miravitlles, nacido en la capital ampurdanesa. Es evidente que detrás de estas iniciativas hay gente de ERC que pretende reivindicar una política comunicativa de calidad desarrollada en el trágico marco de la guerra civil.
Todo esto tiene el perfume del uso partidista de las instituciones, pero es legítimo. Sin embargo, el público se merece saber también que no hay nada hecho sobre la poco glamourosa actividad de censura de prensa y confiscación de diarios que llevó a cabo la Generalitat republicana. En primer lugar, hay que decir que no se conserva en los archivos oficiales ningún rastro de la actividad de la comisaría de prensa que dirigió el periodista Joaquim Vilà i Bisa hasta que murió en un bombardeo. Entonces le sustituyó en el cargo a su hermano Antoni, que también dirigió el diario La Publicidad entre 1938 y 1939. Tampoco se encuentra nada en el Arxiu Nacional de Catalunya sobre la actividad de censura que hacían la conselleria de Seguridad Interior y la conselleria de Defensa.
El hecho de que no haya un depósito documental dificulta las cosas en comparación a la riqueza archivística del Comisariado, pero no hace el trabajo imposible. El rastro de la censura se puede seguir en las páginas de los periódicos a través de los espacios en blanco que quedaban después de la acción del censor. También hay artículos que publicaban los mismos diarios. Uno de ellos lo hizo el director de El Diluvio, Jaime Claramunt, que se quejaba de la losa de la censura y también denunciaba la arbitrariedad con que se cumplía:
«Y así estamos. Menos mal que cada cual hace lo que se le antoja. Unos diarios obedecen las ordenes de censura y otros, como si tal cosa, las quebrantan. Todo esto no tiene ni pizca de seriedad y deja muy malparados a los gobernantes que lo soportan» (ED 24-11-1936, p. 3)
En otro texto se ponían como ejemplos de informaciones censuradas unas amenazas de Franco en Barcelona y un reportaje sobre el «buque pirata» en Palamós. Dando un paso más allá, los periodistas del diario habían enviado a la censura un artículo del diario francés Le Populaire que había distribuido entre los periodistas precisamente el Comissariat de Propaganda. El resultado fue que el artículo fue tachado por la censura, lo que provocó la risa de los periodistas.
Menos ganas de reír tenían en La Vanguardia. El Conde de Godó y su familia salieron del país tan pronto pudieron. El director del diario, Gaziel, aguantó un par de semanas mientras el comisario de prensa le enviaba editoriales y la abroncaba cuando le hacían modificaciones. En una Redacción que frecuentaban milicianos armados, se constituyó un comité obrero que propuso la dirección a María Luz Morales, una experta redactora cultural que aceptó sugestionada entre el miedo y la responsabilidad. Dejó claro, eso sí, que la línea política no la marcaría ella, sino el comité.
Diario de Barcelona se convirtió en el órgano de Estat Català, Las Noticias fue confiscado por la UGT, El Correo Catalán se dejó de publicar y en sus instalaciones se producían Avant y La Batalla, los diarios del POUM. Sólo se salvaron de la intervención los periódicos que eran de partidos republicanos, como La Humanitat de ERC o La Publicitat de ACR o periódicos republicanos independientes, como El Diluvio. Todo este proceso se supervisó, más o menos, desde la Comisaría de Prensa que dirigieron los hermanos Vilà y Bisa. La guerra no sólo mató miles de personas, también acabó con la libertad de expresión y la pluralidad de la prensa.
Cuando los franquistas entraron en Barcelona, todos los diarios fueron ocupados por las tropas y confiscados. Sólo volvieron a salir a la calle los periódicos que el régimen consideró afectos según la ideología de los propietarios anteriores a la confiscación republicana. La Vanguardia, El Correo Catalán, Diario de Barcelona y El Noticiero Universal estuvieron entre los escogidos. La prensa republicana no volvería a publicarse y se prolongaría un déficit democrático que la transición democrática no abordó. Este será el tema de la jornada Prensa Confiscada que la Casa de la Premsa celebrará el 3 de diciembre a partir de las 9.30 en su sala virtual.

