Ash Sarkar y Miquel Missé conversan en la Fira Literal a partir de un punto de partida incómodo: ¿qué ocurre cuando la izquierda habla cada vez más de las identidades, pero menos de las condiciones materiales que las atraviesan? Sarkar, periodista y analista política británica, ha publicado La tiranía de la minoría (Bellaterra Edicions), un ensayo sobre cómo las élites han instrumentalizado las luchas identitarias para desplazar la lucha de clases hacia una guerra cultural entre oprimidos.
El planteamiento que hace Ash Sarkar puede parecer políticamente incorrecto o aparentemente antiwoke, porque cuestiona algunas de las formas más codificadas con las que la izquierda ha aprendido a hablar de las opresiones. Pero es justo ahí donde gana potencia: Sarkar no propone abandonar estas luchas, busca impedir que queden domesticadas por el lenguaje capitalista.
El eje de la cuestión apunta, más bien, a cómo todo ello ha sido sometido a una captura neoliberal. No habla de negar el racismo, la transfobia o el machismo. El problema es dejar de dirigir la mirada hacia sus efectos materiales.
Ash Sarkar y Miquel Missé en la Literal 2026 | Foto: Oriol Clavera / Fira Literal
Del yo herido a la organización colectiva
Para Sarkar, una parte de la izquierda contemporánea ha heredado el lenguaje emocional del neoliberalismo. La política se expresa a menudo en los términos de la autoayuda, de la terapia y de la autenticidad personal: cómo me siento, cómo soy reconocida, cómo me afecta lo que dice el otro. “Necesito sentirme vista y reconocida; si no, me siento insegura”, planteó como síntoma de una forma de subjetividad profundamente marcada por los tiempos capitalistas.
Esta sensibilidad ha permitido nombrar daños antes invisibles, pero también ha estrechado el horizonte de la acción colectiva. Si todo pasa por la seguridad emocional del sujeto, la construcción de movimientos amplios se vuelve casi imposible.
La política deja de ser una herramienta para transformar las relaciones sociales y se convierte en un espacio de validación. En esta lógica, el desacuerdo no se tramita como conflicto político colectivo, ya que se convierte en una agresión individual e íntima.
Sarkar es especialmente incisiva a la hora de señalar la distancia entre posicionamiento político y sensibilidad. “Si quieres ser revolucionaria, tienes que aguantar que te llamen imbécil”, afirma. La clave para Sarkar es entender que ningún proyecto transformador puede organizarse principalmente alrededor de la protección subjetiva.

La identidad como trampa de minoría
Sarkar señala que la derecha ha aprendido a moverse con una enorme eficacia en el terreno de la disputa por la identidad. Cuando el conflicto político se formula solo como una pugna entre identidades, la izquierda queda atrapada en una posición minoritaria: siempre hay una comunidad que puede ser presentada como una amenaza para otra.
“Siempre seremos la minoría si hablamos de identidad”, sostiene. En cambio, si el conflicto se desplaza hacia la lucha económica, aparecen posibilidades más amplias de articulación. Si bien la clase no es homogénea y contiene diferencias internas, centrarse plenamente en estas diferencias desdibuja cualquier posibilidad de atender el origen material de muchas formas de explotación.
La opresión no flota en el vacío. Se organiza en relación con el trabajo, la vivienda, la riqueza, el acceso a los recursos y la distribución del poder.
Aquí aparece una de las ideas más sugerentes de Sarkar: la política identitaria liberal no ha sido derrotada por el capitalismo, de hecho, ha sido fomentada por él.
El mercado puede convivir con ciertos gestos de representación. Puede celebrar la diversidad en una campaña publicitaria, convertir el antirracismo en estética de marca o envolver unas zapatillas con el lema del Black Lives Matter. Lo que no puede tolerar con la misma facilidad son las alianzas materiales capaces de amenazar la propiedad, el beneficio o la jerarquía.
“¿Por qué la cultura capitalista abraza la política de identidad?”, se pregunta. La respuesta apunta al miedo a que estas luchas dejen de ser representación y se conviertan en poder.

Volver al lugar común
Ante esta fragmentación, Sarkar propone recuperar una política de alianzas. Lejos de la nostalgia por una clase obrera idealizada, Sarkar alude a cómo los movimientos transformadores siempre fueron más fuertes cuando consiguieron articular diferencias.
Una parte de estos precedentes, para la autora, son los Black Panthers y el tejido comunitario que construyeron —recordando que su persecución, más allá de la cuestión racial, se debía al hecho de que eran comunistas— o las redes de gays y lesbianas que apoyaron a los mineros británicos.
Este tipo de alianzas son la clave, según Sarkar. No eliminan las diferencias ni pretenden hacerlo. Las vuelven políticamente operativas dentro de una causa común.
Para Sarkar, la sobreeducación moral impide encontrarse con quien no habla igual, no proviene del mismo mundo o no comparte los mismos códigos. Por eso la izquierda, defiende, debe mantener “contacto real con personas que no son como nosotros”.
En esta mirada se condensa aquello que apunta como uno de los grandes problemas de la política contemporánea: la comodidad de hablar entre iguales. Así es como la izquierda funcionaría ahora de la misma manera que el algoritmo, creando burbujas.

La izquierda en la trampa del like
Sarkar sitúa las redes sociales dentro de una genealogía política más amplia: “somos hijos de Reagan y Thatcher”, dice, pero también de plataformas diseñadas para convertir la atención en beneficio. Vuelve a aludir a la individualidad, como si quedarse enganchado al móvil fuera solo una cuestión de fuerza de voluntad. “Hay millones invertidos para que miremos el teléfono, para que volvamos a él una y otra vez”, y así, con cada gesto, producimos datos, consumo y ansiedad.
“No soy más fuerte que esos millones de dólares”, señala, desarticulando el argumento estoico individualista de que todo se puede gestionar con determinación. Además, añade que “en este ecosistema, las redes obligan a cada persona a convertirse en embajadora de marca de sí misma”. Aquí aparece una gran paradoja: este hecho también se aplica a la militancia. La izquierda necesita visibilidad para existir, pero al mismo tiempo queda atrapada en la economía del like, en la simplificación del conflicto y en la producción constante de contenido.
“Lo mejor para la izquierda sería que no hubiera nadie en internet”, ironiza, “pero nos moriríamos de hambre”. La paradoja es especialmente aguda para el periodismo. Sarkar conoce bien esta tensión entre politizar y alimentar una maquinaria digital que produce angustia, saturación y atomización: el periodismo entra en el juego en un tablero que no es suyo.

Democracia abatida, extrema derecha en ascenso
Una democracia cada vez más estrecha es el panorama que Sarkar detecta, donde decisiones fundamentales —como la vivienda— aparecen entregadas al mercado. “El neoliberalismo hace minúsculo el papel de la democracia”, explica. “Si es el mercado quien decide sobre la vivienda, el representante político queda reducido a una figura consumida, casi una marioneta”.
En el contexto británico, la autora advierte del avance de la extrema derecha y de los dilemas estratégicos que deberá afrontar la izquierda. Para Sarkar, la izquierda es más fuerte cuando combina convicciones firmes con inteligencia táctica. “La izquierda es más fuerte cuando somos estratégicos y nos basamos en creencias férreas”, sostuvo. En este marco, la autora apunta que “cuando se limita a hacer moralina, pierde capacidad de intervención”.
La periodista recuerda, a través de Marx, que las condiciones no son infinitas: se actúa dentro de límites concretos, con fuerzas concretas y correlaciones concretas.
Con todo ello, Sarkar deja una advertencia clara: una izquierda que solo sabe nombrar heridas puede acabar perdiendo la capacidad de curarlas colectivamente.


