El político popular celebra a Bukele como el hombre que derrotó a las pandillas, pero el periodista salvadoreño exiliado Óscar Martínez observa otra realidad muy distinta. Una concentración brutal de poder, el debilitamiento completo de las instituciones y todas las libertades y derechos así como la persecución violenta de todas las voces críticas. En esta conversación con Pere Ortín, lo dice sin rodeos: El Salvador vive bajo una dictadura y Bukele es un dictador.
Puede que la pregunta ya no sea lo qué sucede en el país más pequeño de América, El Salvador. La pregunta es por qué tantos ciudadanos y políticas de muchos otros países miran a Bukele como un modelo aplicable a sus realidad. Para Martínez, el gran triunfo de Bukele no es electoral, sino de estrategia de marketing político y cultural. Bukele ha conseguido instalar una idea popular y poderosa: la democracia puede ser prescindible si alguien asegura «eficracia», expresión que el escritor argentino Martín Caparrós utiliza para definir eso que Bukele promete: seguridad, mano dura, orden y eficacia.

Las democracias nunca desaparecen de un día para otro. Se erosionan lentamente. Se desacredita todas las instituciones, los jueces, los periodistas, los defensores de los derechos humanos, las ONG; se debilitan todos los contrapesos del poder políticos y la crítica, cualquier crítica, se convierte enemistad. Óscar Martínez, como redactor jefe de la revista El Faro, ha investigado todo ese proceso de violencia política, social, económica y cultural que vive su país y se ha visto forzado a exiliarse por denunciarlo.
En esta conversación Martínez habla también de su último libro «Bukele, el rey desnudo», una colección de ensayos periodísticos y políticos publicado en España por la editorial Anagrama, que no solo nos habla de El Salvador. Nos habla del mundo que existe en muchos rincones del Planeta, de Estados Unidos a Argentina y que demuestra esa creciente fascinación por los liderazgos muy fuertes que nos plantea una pregunta muy incómoda que atraviesa nuestras sociedades: ¿cuánta libertad estamos dispuestos a perder para sentirnos seguros?

