El primero en la lista de cosas que hacer fue encontrar algún tipo de alojamiento. Me di cuenta de que nunca antes había vivido en un piso. Soy de Londres, pero fuera de Oxford Circus la ciudad está llena de casas con un poco de espacio delante y detrás. Lo que más o menos resume Gran Bretaña. En mi cabeza todos los pisos tendrían techos altos, suelos de madera, puertas extrañas y ventanas grandiosas, con cocinas sencillas pero de estilo bohemio. Recuerdo mi corazón acelerándose a medida que me acercaba a la envejecida fachada del primer edificio que visité. La escalera estaba un poco ajada, pero mi condescendiente romanticismo del «continente» lo entendía como algo típico. Aun así, el piso no se parecía ni de lejos al de mis sueños. Era húmedo, sin nada que pudiera parecer una sala de estar, más bien un sofá en una entrada al azar, colillas de cigarro vertiente en un cenicero precariamente situado, y cuando me enseñaron la habitación había una ventana… Con vistas al hueco del ascensor. Bienvenidos a mi primer contacto con un interior. Estaba descolocada y molesta; todo ello por el módico precio de 340 euros (enero 2016 para referencia).
Después de unas cuantas visitas desalentadoras y un montón de historias terroríficas de algunos conocidos, llegué a la fase de «entrevistas» de un piso que realmente me gustaba. Hasta la época Covid, es bien sabido que la gente con buenos contratos de piso pertenecen a un club selecto y privilegiado. Tienen el poder de decisión y algunos lo disfrutan más que otros. Fabio, que tiene el contrato a su nombre, me cuenta que el piso viven él (italiano) y una chica francesa. No me puedo concentrar mientras él habla de sus respectivas carreras y horarios, me centro en mantener una actitud que parezca agradable pero no demasiado aburrida para pasar la prueba y terminar esta investigación infernal. Sigue hablando del ambiente que hay en el piso, haciendo hincapié en que, por el hecho de él ser italiano y ella francesa, les encanta cocinar platos tradicionales. Sin haber terminado la frase su cara comenzó a cambiar al darse cuenta de que soy británica y que su plan culinario se vería aplastado por mis maneras de hacer de la Edad de Piedra. Viéndolo, corro a interrumpirlo de forma tranquilizadora antes de que llegue a una conclusión mental con un «Oh, fantástico! De hecho, yo soy medio griega y me encanta cocinar». Le volvió el color a la cara, relajó los hombros y se sentó con una sonrisa aliviado. El siguiente día recibí el mensaje, había sido aceptada. Respondí preguntando descaradamente si mis credenciales griegas me habían hecho ganadora. «Claro», respondió.
En ediciones anteriores de esta columna he hablado de los privilegios migratorios de los británicos, sin rival a nivel de acceso y seguros de su permutabilidad a nuevos lugares. Aun así, mi encuentro con Fabio traiciona un sistema inverso: la Jerarquía de los Guiris. Ahora, ¿qué es un guiri? Hay gente que dice que son los turistas del norte de Europa, por otros lo son todos los turistas; en realidad, se extiende a casi todos los residentes no-locales. Sea como sea, los italianos, griegos y portugueses están en el lado superior de la lista de indeseables.
A menudo me he preguntado si esto es el corazón de mi extrema irritación con el término Guiri. La mayoría de mis amigos del bando guiri o bien se muestran apáticos o desensibilizados, o bien rechazan de plano la cultura local como mecanismo de defensa. Me siento atrapada y confusa, intentando demostrar cómo la etiqueta no me representa, intentando ser aceptada, sintiéndome herida cada vez que soy relegada a la «otra» identidad en esta ciudad; ¿por qué me importa tanto? Quizás es porque soy medio griega. De las que lo escribe y lo habla de manera fluida, de las que se olvidan de decir por favor y gracias y utiliza el imperativo en exceso por el educado hablar británico. Supongo que vine aquí para estar más cerca del Mediterráneo y la gran cultura de la que soy parte y provengo, y que una parte de mí siempre ha deseado reencontrar casa.
Está claro que la mayor parte de mi reacción personal a «guiri» proviene de sentirme borrada. Es una sensación extraña la de trasladarse a una ciudad, con ganas de abrazarla, sólo porque te digan que eres una versión norte-europea unidimensional e indeseable, una que ni siquiera reconoces. A menudo protesto que yo nunca he estado en Magaluf … Que no había comido mantequilla hasta los 18, pero es inútil. Nunca había sentido tanto el sentimiento de ser borrada como en Barcelona. Ya puedo repetir a la gente que soy medio griega, que fui a una escuela griega, a una iglesia griega, que soy parte de la diáspora griega en Londres, que he pasado todos los veranos en el pueblo griego de donde es mi familia. No importa, seguiré siendo tachada de guiri, dejando claras las diferencias entre el Mediterráneo y «de donde provengo». Si tienes pinta de guiri, supongo que lo eres.
Ahora, digo que mayoritariamente este sentimiento es un deseo puramente humano de ser visto por lo que uno cree que es su identidad, pero admito que gran parte también es querer tener acceso a una parte de las ventajas del Mediterráneo. Quiero un poco de la diversión de tirar mierda sobre los británicos. Así que sí, hay una buena dosis de querer ser vista «diferente» al resto de guiris. Una forma de desprecio propio del sistema de valores locales que probablemente significa que lo he asimilado mejor de lo que pensaba.
Avanzamos hasta 2019 donde heredo el contrato de Fabio. Y claro que ardía por tener el poder que tiene que venir indudablemente con el estatus de poseer un contrato de piso en Barcelona. Ya no era una humilde inquilina que subalquilaba una habitación bajo la protección de un guiri aceptado. Ahora es mi momento de deshacerme de la identidad guiri y ser vista como algo entre una residente local y una intrusa extranjera. No esperaba demasiado, pero al menos subir medio escalón dentro de la escala de aceptación local.
En este momento en el piso vivimos una chica italiana y yo. Estamos anunciando una tercera habitación y los mensajes llegan deprisa y en cuantía. Uno de ellos me llama la atención, está en catalán, pero sé lo suficiente a nivel escrito para salir de ello.
Repasamos el resto de los mensajes juntas e invitamos a unos cuantos a ver el piso. Uno parecía agradable, un chico local, y después de hacerle el tour nos sentamos a tener una de esas conversaciones breves e incómodas para ver cómo encajaríamos juntos. ¿A qué te dedicas? Me preguntó directamente. Estaba un poco sorprendida, ya que pensaba que sería yo quien haría las preguntas. Es un chico joven, pensé para mí misma, probablemente ha sido educado para ser un poco «alpha» en situaciones nuevas. Empecé a responder que pago las facturas haciendo de profesora de inglés, pero que mis principales intereses eran… Pero antes de que pudiera llegar a esta parte, una fuerte risa me hizo enmudecer, mientras él me decía haciendo girar los ojos «ya claro, ¿no lo sois todos? » Y así quedé descartada como una profesora de inglés más, mientras se dirigía a mi compañera de casa italiana, a ver si, al menos, ella tenía un poco más de sustancia. Y allí estaba yo, la titular del contrato, relegada a un tercer puesto de nuevo. ¿Como había pasado? He aceptado que realmente no sé cómo me toma la población local, pero, ciertamente, no, seguro, no es de manera seria.

