En noviembre de 1887 José Torras solicitó la colocación de farolas en rambla de Catalunya, con toda probabilidad en el chaflán de Provença, frontera entre Gràcia y Barcelona. El motivo era aderezar el espacio perteneciente a su sobrina Mercedes, quien, como vimos en anteriores entregas, había adquirido el terreno para construir un inmueble.
En esta zona del Eixample se desató una lucha sin tregua para comprar parcelas. Manuel Verdú Feliu, de quien hablaremos en el futuro, se hizo con un cupo importante, mientras otros, como el mismo José Torras, asimismo arquitecto, prefirieron repartir sus posesiones a lo largo y ancho de la cuadrícula de Ildefons Cerdà.
Lo descubrí mediante mis paseos, preguntándome en torno a la similitud de varias viviendas esparcidas por ese Eixample primigenio. La de rambla de Catalunya fue el detonante por dos motivos. Las almenas protomodernistas de la coronación coincidían con las de otro edificio en la esquina entre Diputació y Pau Claris, donde también, como cumbre del portal, figura el busto de una mujer. En la avenida señorial apenas tiene atributo, mientras en la segunda ha perdido algo de candidez, su rostro tiene mirada firme y la mano derecha sostiene un caduceo de Hermes, un clásico de la ciudad condal, amante del dios del comercio, en la pole position iconográfica del fin de siècle pese a la dura competencia de la rueda dentada de la industria.

La finca de rambla de Catalunya tiene en su fachada un ostentoso 1887, mientras la de Diputación con Pau Claris, rebautizada durante el Franquismo como vía Laietana en una incongruencia de continuidad y perversión anticatalana, es de un año después, y esa metamorfosis estatuaria quizá otro estatus de los Torras o, simplemente, mucho optimismo ante ese tiempo apasionante, con la Exposición Universal en marcha para inaugurar el paradigma barcelonés de avanzar a través de grandes eventos, del Congreso Eucarístico al Fórum de las Culturas, de la Internacional de 1929 a los Juegos de 1992.
Para un investigador es, además de sesudo, muy difícil descifrar ciertos jeroglíficos decimonónicos. El archivo municipal conserva infinitud de documentos, pero los Ochocientos aún están escritos a mano, con bella letra de médico. ¿Quién era José Torras? ¿Por qué está devoción por la nueva urbe?
La primera cuestión aún tiene difícil respuesta, mientras la segunda es consecuencia de la expansión y las posibilidades económicas surgidas de la segunda refundación efectuada tras el derribo de las murallas. Muchos invirtieron sus capitales con la esperanza de verlos aumentados desde el crecimiento de tantas fachadas, invisibilizándose poco a poco los huecos, con pausada lentitud pese a las apariencias actuales.
Lo curioso es remarcar el debut de las actividades de los Torras. Un papel nos traslada a otro enclave, medio desagradable por los barceloneses por su tráfico rodado, omnipresente desde la desaparición de las vías férreas de la calle Aragón a finales de los años cincuenta, cuando la conjunción de políticas porciolistas a favor del automóvil y la eliminación de esos raíles comportaron desdibujar uno de los epicentros esenciales del Eixample, ahora irrelevante pese a su acumulación organizada de un mundo compuesto de estructuras clásicas desde la proximidad, tan elogiada hoy por esos políticos de mentira del presente, magníficos en vendernos su novedad al ignorar ser malas repeticiones de muchos predecesores.
En 1876 José Torras pidió el permiso correspondiente para alzar un bloque de pisos en el chaflán sito en el número 317 de Aragón, junto al 91 del carrer de Girona, para mi gusto el más bello de los aledaños. Su iniciativa era pionera. Quién sabe si tuvo un pálpito de cara al mañana, o más bien la certeza de comprar con garantías de triunfar en su cometido. En 1870 el obispado se hizo con un solar en las cercanías y pocos meses después Jeroni Granell i Mundet, a no confundir con su hijo, un estupendo arquitecto de la serie B modernista, tomó las riendas del traslado del claustro y la iglesia de Santa María de les Jonqueres, emplazada donde hoy en día puede apreciarse el verdadero punto de partida de la via Laietana, ocupado por la sede número 1 de la Caixa de Pensions, ecléctica y concebida por el inefable Enric Sagnier.

El templo fue rebautizado como Iglesia de la purísima concepción y se completó con otro añadido, el campanario de San Miquel, detrás de la plaça de Sant Jaume, en 1879. A nadie debe extrañar estas supervivencias nómadas. Durante los años ochenta de esa centuria se movió piedra a piedra la parroquia de la Verge de Montsió, removida de su homónima calle para poder dar fe a los inquilinos de la rambla de Catalunya. En su lugar Josep Puig i Cadafalch inventó la casa Martí en 1896, sede dels Quatre Gats y, a posteriori, del conservador cercle artístic de Sant Lluc.
Volvamos a la calle Aragón. Tenemos una iglesia. Nos faltan dos claves. En 1885 Josep Rovira i Trías, el amado señor Rovira, añadió otro mercado a su ingente lista, entre los que figuran el de Sant Antoni, el de Hostafrancs y el de la Barceloneta. El de la Concepció se enmarca en las tendencias de su era, con hierro y vidrio como materiales edilicios para propiciar unos interiores diáfanos, imposibles con anterioridad y bien hermanados con el exterior, nada solemne y muy vanguardista, perfecto para su función: la garantía de una buena conservación alimenticia.

A la izquierda este segundo meollo del Eixample, situaríamos el precedente en Roger de Llúria con Consell de Cent, recibe su guinda con la sede del Distrito, su alcaldía hilvanada por Pere Falqués, incansable en su labor por toda Barcelona y entonces arquitecto municipal, y claro, el resultado sólo podía ser neomedieval, con mucho de gótico, el escudo con el murciélago de Jaume I y una solidez como encajonada, menos evidente cuando lucía un pináculo metálico desaparecido.
Dentro de este pequeño microcosmos hay más historias escondidas. Justo enfrente de la sede podemos observar el número 314 de Aragón. En uno de sus apartamentos transcurrió su infancia Jaime Gil de Biedma, y en otro Eusebio López Sert, pianista de trayectoria empañada por su homosexualidad oculta durante la posguerra, cuando se vio implicado en el asesinato de Carmen Broto.

Aquí tenemos muchas novelas, pero la nuestra quiere ir justo a la derecha del mercado. José Torras acabó su trilogía, aunque quien escribe tiene sospechas de otras huellas de su imperio cerca de Gràcia, en 1889, impelido por tanta abundancia. En Aragón 317 la rudeza se ha sofisticado y las almenas se integran en la fachada sin parecer añadidos infantiles. Así, sin poder tener una bola de cristal, ayudaba a formular la semilla del Modernismo, dándole una forma más solvente tras sus dos anteriores intentonas, medio fallidas.
Antes de la pandemia el Consistorio de Ada Colau adquirió el edificio desde su derecho de tanteo para destinarlo a alquiler público, dejándolo impoluto sin meditar ni un solo segundo en su Historia, normal si se considera este texto como el único donde se pondera la enjundia del conjunto, como siempre a remarcar desde la habitual inexistencia pedagógica porque no es de izquierdas. Desde 2015, agradezco las lecturas de algunos, se han instalado paneles informativos en determinados puntos, pero sólo reflejan, buena falta hacía tras el desguace de Pujol y Maragall, anécdotas de la Barcelona progresista del Novecientos. Lo demás, pues todo es política, no merece paneles ni didactismo para el ciudadano, privado de conocer datos sobre el origen de sus pasos sin plantearse la tristeza de ese vacío desde la absoluta dictadura del presente.


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