Antes de la pandemia, Daniel Gamper (Barcelona, 1969) ganó el último premio Anagrama de ensayo con Las mejores palabras (De la libre expresión), una obra que reflexiona sobra la necesidad de reencontrar el valor ético, político y cívico de las palabras. Quizá, por este propósito, el ensayo de Gamper, profesor de Filosofía Política en la UAB, transpira tanta sensibilidad, sinceridad y lucidez. Hablamos del libro, de la escucha, de la necesidad de transformarnos en las conversaciones. En tiempos de pantallas, fake news y profilaxis, ensordecidos por el ruido del twitter, Las mejores palabras de Gamper resulta una luz en medio de la tormenta. Que no se apague.
En el libro comenta que vivimos en sociedades posfamiliares, un término para describir la transformación del núcleo familiar en los últimos años. Un aforismo define bien esta incertidumbre: “la vida doméstica es la travesía de un mundo desconocido”. ¿Deben hablar más las parejas?
Cuando las parejas deben ponerse de acuerdo con mucha frecuencia sobre la cuestión de la coexistencia, es muy probable que fracasen. Hoy día, es muy posible que las parejas se separen más porque negocian constantemente la vida en común, y entonces, se pierden y no se entienden. En el ámbito familiar, debes llegar negociado, porque la negociación no va bien. Debe existir un preacuerdo para el día a día, pero si se debe replantear todo con frecuencia, la cosa se desmorona.
¿A qué se refiere cuando habla de preacuerdo en el ámbito familiar?
Me refiero a dos personas que sienten un deber respecto al bienestar del otro y que, en consecuencia, lo cuidan. Dos personas que deciden estar juntas en una misma casa y que consideran que lo mejor para sí mismas pasa por el bienestar de ambos. No hablo de fenómenos como el poliamor, que quizá también requiera alguna forma de preacuerdo más.
Ahora vivimos en las redes sociales y las pantallas son ventanas a la vida íntima. Las tecnologías difuminan las fronteras. ¿Hablamos de igual modo en el espacio público y privado?
Los hogares no son impermeables. Yo quise escribir sobre las palabras que nos constituyen, aquellas que nos decimos cuando nos despertamos y estamos con nuestra gente. Sin duda, ha habido una colonización política de las casas. Y eso lo ha logrado el feminismo, que ha modificado la relación entre hombres y mujeres. Pero, está bien, porque si no, los hombres seguirían atizando de manera impune a las mujeres. Asimismo, la porosidad del espacio privado ha supuesto que en los hogares entre lo más feo y lo más banal.
Esta colonización de los hogares, el hecho de que confluyan diferentes lenguajes dentro, ¿puede incrementar la sensación de incertidumbre, de desorientación en el ámbito familiar?
Sí. Los hijos van a la escuela, salen y socializan, y en casa entra un nuevo lenguaje repleto de cosas que circulan por la sociedad. Todo eso te lo encuentras dentro de tu casa. De repente, tu hijo te habla de una manera que no entiendes. Pienso que debe cultivarse la función básica de la palabra: cuidar los unos de los otros; intentar que la palabra en casa tenga la calidez que no tiene ni en twitter ni en el espacio público. Por ejemplo, un “que tengas un buen día” o un “que duermas bien”. No son palabras al viento.
Ha hablado del preacuerdo en el ámbito familiar. Pero ¿cuál sería el preacuerdo en la enseñanza y en la escuela? ¿qué esperamos de ella?
La escuela es una institución ideal, siempre proyectamos cómo debería ser. Y la imaginamos para crear la real. La escuela pretende proteger la civilización, extraer la barbarie. ¿Cómo? Gracias a una persona con autoridad, escuchada por chicos y chicas, mientras aprenden una manera razonada de dirigirse los unos a los otros. Un espacio de escucha i énfasis en las mejores razones.
¿No sería esta la función de las humanidades?
Sí, pero las palabras también las necesitas para explicar las matemáticas y la física. Me refiero más a una actitud de respeto, de saber cómo nos formulamos a nosotros mismos y cómo nos hablamos entre nosotros. Pero, todavía, te diría más: es la mera conversación, el hecho de saber que debemos escuchar con respeto al otro. Incluso, saber cómo articulamos nuestra propia verdad, discernir y aprender a ceder ante una razón más grande.
Parece difícil. De hecho, con frecuencia nos cuesta aceptar una razón más completa que la nuestra. Usted mismo se pregunta si puede existir un sistema educativo que pueda prescindir del ideal de un sujeto hiperracional. ¿Puede existir? ¿Se dan las condiciones?
Es cierto, inclinarse ante una mejor razón resulta demasiado racional. Hoy día se habla mucho de la inteligencia emocional. De hecho, los mejores maestros son aquellos que también saben seducir y suscitar emociones de entusiasmo, que saben transmitir historias tristes para ser compasivos ante el sufrimiento y la debilidad humanas. Pero sí, estoy de acuerdo, la comunicación dentro de la escuela debe considerar aspectos no tan racionales.
Recuerdo ahora a mi profesor Alberto Blecua, grandísimo maestro de literatura para muchas generaciones. Salíamos de sus clases con un deseo enorme de leer libros. Nos transmitía su pasión por la literatura.
La palabra exacta, pienso, sería admiración, que no es exclusivamente racional. Y la literatura introduce elementos no solamente racionales. Recuerdo una mujer que me explicó que, un día, leyó La Cabaña del tío Tom, y no podía dejar de llorar y llorar con la historia de un negro del Misisipi. Esa lágrima, sin duda, forma parte de su educación moral.
¿Qué profesores le han marcado?
Recuerdo un profesor de instituto: un viernes por la tarde nos leyó el cuento de La señorita Cora de Cortázar. Salí entusiasmado. También, admiro a Victoria Camps, por su actitud.
Señala que las mejores palabras son aquellas que permiten transformarnos. Parece difícil en un contexto de crisis de la alteridad, de fractura en la confianza.
Sí. De hecho, la transformación no se da hablando, sino escuchando. Si piensas en la comunicación y lo contemplas desde el punto de vista político y democrático, te das cuenta de que son más los que escuchan que los que hablan. Creo que la terrible colonización de la democracia a manos de la extrema derecha, que en realidad la quiere destruir, se puede combatir, entre otras maneras, aprendiendo todos a escuchar de nuevo, sabiendo elegir quién merece ser escuchado y quién no.
Me gusta esta idea. Pero ¿qué significa escuchar? Me pone un ejemplo, por favor.
Por ejemplo, si tu salías de las clases de Alberto Blecua con un deseo intenso de leer, o si te gustaban las clases de Victoria Camps y después leías sus libros, era porque tu decidiste escucharlos con atención a ambos. Ellos se lo ganaron, sin duda, pero tu decidiste escucharlos y reconocerles una autoridad. SI hablamos de la escucha libre, hablamos de la escucha responsable, aquella que elige qué voz escucha con atención para actuar en consecuencia. Consiste en elegir bien y saber a quién debemos escuchar.
Hoy, en un mundo cuajado de ruido, no nos escuchamos mucho ni sabemos a quién escuchar. Más bien somos prisioneros de las redes.
Sucede lo mismo que apuntó Platón cuando reflexionaba acerca de la democracia: hablan al mismo tiempo Miguel Bosé, el panadero de la esquina y el científico. Pero, además, se les equipara como si fueran tres autoridades iguales. Somos los ciudadanos quienes debemos ejercer bien nuestra libertad, de manera que podamos reconocer la autoridad a quien se la merece. Yo no puedo decir quién se la merece ni establecer ningún criterio externo de quién se la merece, porque en democracia, no se puede establecer este criterio, sino que se lo deben ganar las personas que hablan. Pero hay otro problema.
¿Cuál?
En nuestra sociedad todo se diluye. No hay sistemas que permitan identificar con claridad quién tiene autoridad y quién no.
Esto lo estamos viviendo con la epidemia: confluyen y se equiparan versiones diferentes sobre el COVID o sobre la garantía de las vacunas.
Sí, claro. En los grupos de whatssap, cuando alguien te envía compulsivamente vídeos sobre el virus, uno está tentado de enviarle los centenares de artículos sobre el COVID de la revista The Lancet. Es obvio que los artículos científicos tienen más autoridad que los vídeos, pero, claro, el vídeo es más rápido y lo consumes en dos minutos, mientras que el artículo requiere un tiempo y una dedicación. ¿Quién tiene más autoridad? Muchas personas se la dan al vídeo del tipo ‘Las 5 cosas que debes saber del Covid-19’.
Comenta que la transformación se da escuchando. Sin embargo, lo que nos gusta escuchar son las palabras que ratifican nuestras ideas. ¿Tanto nos asusta el otro diferente que nos defendemos de él? ¿Nos da miedo cambiar?
El otro supone un reto. Si lo relacionamos con la escucha y la transformación, tu solo quieres escuchar aquello que ya sabes. Y por lo tanto, la posibilidad de ser transformado por alguien que tu escuchas, se evapora, porque desaparece otro que te sacude, que te obliga a no repetir eso que siempre dices. A veces, puede ser el mismo miedo de transformarse.
¿Y por qué?
Porque parece que, si dejas de decir y pensar eso que siempre has dicho y pensado, dejas de ser tu mismo. Pero no es verdad, porque las personas se transforman. Por ejemplo, más allá de si el mensaje es sentimental o no, que es otra cuestión, el fenómeno de que un 48% de catalanes, de repente, se considere independentista. Es una transformación.
Sí, es un cambio. Ahora que saca el tema, pongámoslo como ejemplo: si hablamos de escucharnos entre nosotros, el tema de la independencia resulta pertinente: aunque todo el mundo tiene un amigo de un bando u otro, resulta conflictivo hablar de la cuestión, como si se desterrara la serenidad para abordarlo. Debería ser más fácil.
Me sorprende eso de que, si sale el tema, las familias se separan. Esto demuestra que no estamos acostumbrados a hablar, a confrontarnos con otro que nos expone otra cosa. Además, demuestra que las personas internalizan un conflicto político externo del mismo modo que lo contemplan confrontado en el espacio público. Y entonces, empiezan a hablarse de la misma manera que los políticos, en lugar de sentarse y serenarse un momento. Es un ejemplo de los problemas de la devaluación de la palabra pública.
¿Las luchas políticas no pueden resolverse con una conversación?
Son luchas políticas y existe un antagonismo muy fuerte. La conversación requiere un preacuerdo, aunque sea la voluntad de convertirse. Y esto, en una situación política tensa, no se puede pedir. Nuestra sociedad se tensó porque se suscitó un antagonismo por parte de unos, y también, por parte de otros.
Esa rigidez y defensión respecto a las palabras del otro, de no querer asumir riesgos, de no querer transformarse, ¿tiene relación con un modelo de sociedad hiperconsumista que reclama la satisfacción individual?
Sí, del círculo satisfacción/ insatisfacción, de las pequeñas dosis de placer como ‘me compro una cosa y después otra’, del consumo televisivo, del deseo de llegar a casa, ver una serie y ‘desconectar de todo’… Gran parte de las personas vive agobiada y angustiada, con miedo de perder el trabajo y no poder perder el piso, etcétera. Pedirles que usen las pocas neuronas sosegadas que les quedan para probarse a sí mismos, no resulta operativo energéticamente.
En cualquier caso, el arte y la cultura poseen un poder transformador.
Sí, pero ¿quién se acerca a la cultura? El cine o la literatura suscitan emociones, pueden ayudarte a ver el mundo desde otra perspectiva para transformarte, pero, del mainstream lo dudo. Más bien, pretende entretenernos. En cualquier caso, es cierto que los chicos se crean sus universos narrativos, sus propias expectativas de vida, los patrones de sus futuras relaciones afectivas y amorosas…
En el libro señala una diferencia importante: ‘libertad de expresión’ no significa ‘discurso libre’. Cuando habla de discurso libre, ¿pone énfasis en la escucha, en el otro y en la responsabilidad de expresarse?
Sí, eso mismo. Con el discurso libre enfatizo la relación creada entre quien habla y quien escucha, y entre quien escucha y quien habla. Si hablamos de la libertad de expresión, nos centramos solo en la persona que habla. Y de hecho solo hablas porque existe otro que puede escuchar, porque si no, ¿qué sentido tiene hablar?
Ninguno. Ahora bien, si habla de discurso libre, plantea la noción de límite. ¿Proponer límites no equivale a coaccionar la libertad de expresión?
A ver, que la palabra sea libre no significa que uno tenga derecho a ser escuchado. Si eso que dice no gusta y no se comprende, nadie tiene la obligación de escucharle. Y eso no se debe confundir con la censura. De hecho, no existe el derecho a ser escuchado. Para hablar, se debe ser valiente, y si no te escuchan, no significa censura. La libertad reside en escuchar, y eso quiere decir que nadie te puede obligar a escuchar. Por ejemplo, expresar ‘no tengo ganas de escucharte porque me parece ofensivo lo que dices’, no es censura.
¿La censura solo puede ejercerla quien tiene poder?
Sí, quien tiene poder o desea ejercerlo. También, quien quiere cambiar una correlación de fuerzas.
Una democracia debe canalizar las mejores palabras. SI no lo hace, tiene problemas. ¿Hasta qué punto se necesitan mutuamente la libre expresión y el ordenamiento democrático?
No me corresponde realizar un diagnóstico, pero pienso que, en Europa, las palabras que deberían nutrir el debate político, se empobrecen. Más que enriquecer la democracia, la degradan. Parece que no existe una conversación pública, más bien ‘microconversaciones’ en las que cada uno habita la propia burbuja. Si Europa no puede construirse, en parte es porque no goza de una opinión pública europea.
¿Y en España?
Sucede lo mismo. Hay una especie de archipiélago, una atomización que las democracias no saben cómo unificar de nuevo, porque no tienen los instrumentos para hacerlo. Y parece un problema sin solución fácil. Quizá deberíamos a habituarnos a que, en nuestras democracias, la opinión pública esté en manos de estos vendedores de fast-food mental como Trump y Salvini.
Es una buena metáfora. ¿Estos vendedores de fast-food mental suscitan las bajas pasiones?
Sí, ellos quieren el poder y crear enemigos. Ahora bien, una vez lo obtienen, no saben qué hacer, porque necesitarían destruir todos los procedimientos democráticos. Suerte, pienso, que existen todavía instituciones que los pueden detener. Por ejemplo, ¿Por qué podíamos confiar en que Trump no se eternizaría en el cargo? Por las instituciones. Las libertades se mantienen por las instituciones que se resisten a ser colonizadas por estos productores de fast-food mental.

