El último Pleno del 2020 del Ayuntamiento de Barcelona empezaba de forma fría, mecánica. A pesar de que el ojo de la cámara siempre es presente, los políticos, como los futbolistas, se han acostumbrado a trabajar sin público. Las mascarillas esconden medias caras, y la situación pandémica ha convertido las majestuosas salas de plenos en tristes espacios burocráticos. No hay carrerillas en los pasillos ni choques entre fotógrafos para conseguir la mejor instantánea.
Esto ha hecho que la teatralización política disminuya y los debates se desarrollen de forma algo más sosegada. En el ámbito municipal, solo Ciudadanos mantiene el tono agresivo que los caracteriza. A su lado, Josep Bou – Portavoz del Partido Popular –, parecía un alto diplomático.
Pero el de hoy era un Pleno importante, puesto que Comunes, ERC y PSC aprobaban los presupuestos más expansivos de la historia de la ciudad. Esto ya seria, de por si, un hecho importante a ser analizado. Pero lo era todavía más porque era ERC quién le daba a Colau el apoyo que necesitaba.
Si Barcelona es el nuevo laboratorio político del país, el pacto por los presupuestos entre Comunes, PSC y ERC supone el primer paso para enterrar simbólicamente la política de fronteras del procés y permite imaginar otros escenarios posibles de cara el 14-F. De aquí que, el Pleno de hoy, fuera doblemente importante.
En el orden del día había hasta 22 puntos y un buen puñado de ruegos y preguntas. Toda la atención estaba, pero, en el punto 5: la aprobación de los presupuesto generales del Ayuntamiento de Barcelona para el año 2021. Un debate que iniciaba el teniente de alcalde Jaume Collboni: «La excepcionalidad de este año hace necesario un presupuesto excepcional con un acuerdo excepcional». Tres excepcionalidades: la pandémica, la económica y la de la alianza que lo ha permitido. Con una mirada política global, eran ERC y el PSC quien más se tenían que cubrir los hombros para justificar este pacto puesto que ambas formaciones tenían que cuidar sus respectivas fronteras electorales (JxCAT en caso de ERC y C’s en caso del PSC).
Jordi Martí, regidor de Presidencia y uno de los pesos pesados del Ayuntamiento–, tomaba la palabra justo después de Collboni: «Ninguna administración de España, ni en porcentaje, ni en términos absolutos, tendrá un incremento presupuestario como la que tendrá Barcelona». Los presupuestos del 2021 salen a 2000 € por habitante, lo que significa casi un incremento de 400 € por persona respecto a los anteriores presupuestos.
Del total de las partidas, Martí destacaba dos: los 160M destinados a «cambiar y cambiar el modelo de vivienda» y las partidas dedicadas a educación, «la única garantía para que los más pequeños puedan salir de la situación de vulnerabilidad no escogida». Martí, a diferencia de los discursos del PSC y ERC, no rehuía de destacar la importancia simbólica del acuerdo, y elogiaba los republicanos, pues «enseguida se vio en las conversaciones que con ERC había un importante margen de coincidencia…», a la vez que los emplazaba a «forjar una relación política verdadera».
Le tocaba a ERC defender el acuerdo bajo la mirada amenazando de Elsa Artadi, líder de Junts por Catalunya en el Consistorio. Lo haría en primer lugar Jordi Castellana para sacar pecho de la estrategia de ERC de establecerse como actor clave en todos los niveles de la administración: «hemos contribuido decididamente en los presupuestos generales del estado en el como y en el qué, consiguiendo 400 millones extras…». Seria Ernest Maragall, un par de intervenciones más tarde, el encargado de soltar una frase que resonaría en la sala: «Tenemos que asumir el riesgo de gobernar». Un primer paso para la “normalización” política entre ERC y el PSC.
Elsa Artari (JxCAT), en su turno, cuestionaría la utilidad del «nuevo tripartido». Pero a diferencia del discurso de Junts per Cat en el ámbito de país, Artadi se distanciaba un poco de la épica independentista. Al contrario, Artadi utilizaría un estilo, si acaso más convergente, al afirmar que «en esta crisis no hay gobiernos de izquierdas o derechas, sino gobiernos eficientes o ineficientes».
El Pleno continuaría y se aprobarían cuestiones relativas en la educación, a la vivienda, a la lengua, a la necesidad de tener una administración más transparente, etc.
De vez en cuando el Pleno se interrumpía durante unos instantes puesto que la conexión telemática de alguno de los ponientes no acaba de funcionar. Otras veces el micrófono del ordenador estaba apagado, y se podía ver algún político moviendo los labios sin emitir ningún sonido. Pero nadie se alertaba: después de tantos meses, estas cosas también forman parte de la “nueva normalidad”.
Al final, un recuerdo para todos los fallecidos producidos por la pandemia y, con esto, la sesión tocaba a su fin. La alcaldesa Colau tomaba la palabra: “El 2021, por poco que se esfuerce, seguro que será mejor que el 2020”. El último Pleno de un año excepcional.

