Fatoumata Diaraye Diaby nació en Guinea, también conocida como Guinea Conakry para diferenciarla de su vecina Guinea-Bisáu y de Guinea Ecuatorial, todas ellas en África subsahariana. Fatou pasó su infancia con su abuela porque vivía sola y porque así lo acordaron sus padres, y cuando creció se trasladó a la casa de su hermana para ayudarla con el cuidado de sus hijos.
Le gustaba la costura y pasaba horas bordando sábanas, pañuelos, manteles y otros artículos para el hogar. “Después, me prometí, o me prometieron, porque prometerse es elegir. Por suerte, por decirlo de alguna manera, me lo propusieron, y accedí”. Así resume Fatou el noviazgo con quien se convirtió en su marido, un hombre al que había visto una vez y por el que se cambió de ciudad en Guinea.
La joven pareja tuvo una niña y poco después él se fue a trabajar a España. Llegó en avión, se estableció en Badia del Vallès (Barcelona) y consiguió el permiso de residencia y de trabajo al ser contratado en una fábrica de reciclaje en Sabadell.

Dos años después, en verano de 2004, Fatou, que no había salido nunca de su país natal, siguió a su marido hasta Badia y dejó a su hija al cargo de su madre. Desde entonces, la “pesadilla” de no estar con ella le ha ido persiguiendo. “Ahora tiene 21 años, ya no es una niña. Sé que está muy bien, está con mi familia, primero estuvo con mi madre, que murió en marzo, y ahora está con mi hermana. Hablamos siempre, pero me faltaba”.
“Cuando vine aquí, no entendía el idioma y estaba mucho en casa. También salía al parque, me sentaba, escuchaba algunas palabras y prestaba atención. No soy una persona que hable con alguien sin conocerla, además está la diferencia de cultura, esa falta de confianza cuando te miran, y a mí lo que menos me gusta es el rechazo. Es duro, piensas en tu situación, y te da miedo, porque no sabes cómo será el futuro, pero lo más difícil es cuando te acercas a una persona y ves que se aparta de ti, a lo mejor solo necesitas preguntarle por una dirección y ves que te mira como diciendo ‘tú quédate ahí’. También hay personas que enseguida te sonríen y te ayudan. No todo el mundo es igual, es cuestión de suerte”.
Un día, llamó a su casa un testigo de Jehová, pero no pudieron comunicarse ni en castellano ni en inglés. Al día siguiente, volvió con una mujer que hablaba francés, y ahí sí que pudieron tener una conversación. “Nos hicimos amigas, me acompañó a los sitios, me dijo dónde podía aprender castellano e hice una formación corta de cuatro meses”.

La necesidad y las ganas hicieron que Fatou aprendiera español con cierta rapidez. Siempre llevaba con ella un diccionario. Cuando iba a comprar, apuntaba los nombres de los productos y memorizaba su pronunciación para después comunicarse con la persona de la caja. “Aunque pronunciara mal, hablaba, y así me he ido espabilando, hasta hoy”.
En 2005, Fatou y su marido se trasladaron a Sabadell, y allí ella encontró un ambiente similar al de Badia, con muy pocas personas de su país de origen y con un vacío interior por estar lejos de su hija. A finales de 2005, empezó a trabajar en una fábrica de ambientadores, hasta que meses después dio a luz a su segunda hija, la primera en España, y, desde entonces, se sintió mejor acompañada. “Nunca se me quitó la pena del todo, pero disminuyó ese nudo que tenía. Ahora tengo tres hijas muy hermosas que han nacido aquí y viven conmigo.”
Limpiadora e intérprete
Fatou lleva 16 años viviendo en Sabadell y ahora tiene nacionalidad española. En este tiempo, ha realizado diferentes formaciones gracias a Cáritas, entre otras entidades, y ha tenido varios contratos, sobre todo como cuidadora de personas mayores y como limpiadora. En la actualidad, trabaja en un hotel de Barcelona como personal de limpieza de habitaciones y colabora con una ONG como intérprete en centros de acogida, ya que además de francés, español y catalán, habla diferentes lenguas africanas: bambara, mandinka, fula, susu y yulá, que se hablan, por ejemplo, en algunas zonas de Mali, Costa de Marfil, Guinea, Gambia y Senegal.
En estos años, la vida de Fatou ha cambiado mucho, y no solo por ser familia numerosa en un nuevo país. Poco después del nacimiento de su última hija, en 2013, la relación con su marido estaba bastante deteriorada y Fatou decidió divorciarse, algo que hubiera sido impensable en Guinea, donde algunos parientes siguen sin comprender por qué puso fin a su matrimonio de forma unilateral y sin tener en cuenta la opinión de las familias.

“Tomé la decisión porque tenía muchas complicaciones. La que sufría era yo, la que estaba con las crías era yo. La situación no me favorecía y quise arreglarlo. En Guinea, y en la comunidad guineana de aquí, no todos lo entienden porque piensan que, antes de divorciarse, hay que intentar arreglar las cosas de otra manera. Las culturas son muy distintas. Dicen que hay que tener paciencia. ¿Paciencia, de qué? ¿Por qué una mujer tiene que ser sumisa? Yo sé lo que he visto, lo que he pasado y lo que he sufrido, así que la decisión es mía. Solo quiero arreglar mis cosas”.
Fatou es reservada sobre los motivos que le llevaron a divorciarse, pero se vio sola para tirar adelante económicamente con los gastos de la casa y la manutención de las niñas. “Si una persona aporta cuando es necesario, aunque no os llevéis bien, pues no pasa nada, cada uno que haga su vida, pero si no es así, tienes que hacer lo que te vaya bien. Si se hubiera comportado como un padre, aunque no le quisiera, a lo mejor no me habría divorciado”.
Poder tomar decisiones como mujer es una de las grandes transformaciones que ha vivido Fatou: “Lo que me ha gustado de aquí es la libertad, que puedes depender de ti misma. Tú puedes opinar, puedes pensar en tomar tus decisiones, no tienes por qué depender de lo que otra persona dice. Si tú quieres hacer una cosa que te parece que está bien, la puedes hacer. Esto a mí me ha pasado con el tema del divorcio, yo me divorcié sin el apoyo de nadie de mi familia. En el último momento, cuando se lo expliqué a mi madre, me dijo: ‘Hija, si es bueno para ti, hazlo’, pero yo ya había tomado la decisión. En este sentido, si hubiera estado en mi país, no habría podido tomar sola la decisión sin el consentimiento de ellos. No me parece justo que el hombre pueda hacer lo que quiera y que tú tengas que aceptarlo porque seas su mujer”.

“Sé lo que es casarse con alguien desconocido”
Fatou inculca a sus hijas que piensen por ellas mismas y que dirijan su vida. “Hemos hablado del matrimonio y me han preguntado cómo conocí a su padre. Les he explicado que a mí me casaron, que nunca estuve enamorada. Mi hija pequeña, que tiene ocho años, me dice: ‘Yo, si quiero a un hombre, me caso; si no lo quiero, no me caso’. Yo me río y le digo: ‘No te preocupes’. Sé lo que es casarse con alguien desconocido, porque éramos familia, éramos primos, pero no nos conocíamos, no estábamos en la misma ciudad. Solo le había visto una vez”.
Fatou ve su futuro en Sabadell, o en algún lugar cercano, porque es donde han nacido sus hijas, donde se han criado y donde están sus amistades. Cree que aquí tienen más oportunidades, “si las saben aprovechar”. “La educación de niños y niñas en Guinea hoy en día está más normalizada, no depende tanto del género, sino de la economía y de la familia. En mi casa apoyan a los hombres y a las mujeres en el tema del estudio. A veces, las niñas dejan la escuela para ayudar en casa, y también hay niños que si tienen que repetir curso no quieren seguir y tampoco se les presiona”.Durante todos estos años, Fatou ha enviado dinero para la educación de su hija mayor, que ha logrado entrar en la universidad y está estudiando Derecho. Fatou está intentando que se establezca en España lo antes posible, pero sigue lidiando con las trabas administrativas. Siempre han estado en contacto y ha ido yendo y viniendo de Guinea, pero no han llegado a vivir juntas.

Fatou no pudo ir al funeral de su madre en marzo porque no tenía con quien dejar a las niñas en plena época escolar, pero sí pudo visitar a su familia de Guinea en verano y acudió con la hija pequeña, que viajó con pasaporte guineano. Las otras dos tuvieron que quedarse en Sabadell porque tienen DNI español y necesitaban el permiso paterno para obtener el pasaporte y salir al extranjero, pero no sabían donde estaba el padre, por lo que no firmó los documentos necesarios. Para sus hijas españolas, Guinea es un lugar lejano que han visitado alguna vez y del que tienen algunos recuerdos sobre la casa en la que estaban y algunas anécdotas graciosas, pero poco más.
Desde 2015, Fatoumata Diaraye Diaby preside la asociación Femmes Guinéennes a Catalunya, que asesora y acompaña a mujeres guineanas y a sus familias tanto en temas burocráticos como anímicos, además de organizar jornadas culturales y fiestas africanas, con el fin de que los niños y niñas que o bien han nacido aquí o bien han llegado a corta edad conozcan sus raíces y costumbres.

