Recuerdo vagamente que en mi primer año de docente en el instituto tuve la oportunidad de asistir a la charla de un testigo de los campos del horror nazi. La Asociación L’Amical de Mauthausen se prestó a realizar una sesión divulgativa en la escuela con un superviviente que nos acercó a sus años de juventud, marcados por el período que transcurrió entre la Guerra Civil Española (1936-39) y la Segunda Guerra Mundial (1939-45). Una década convulsa en la que muchos jóvenes salieron del fuego para caer en las brasas, de guerra en guerra para acabar en un campo de exterminio bajo el yugo macabro de las SS. Adolescentes a los que se pedía la actitud de los adultos, obligados a madurar de golpe, atrapados a sobrevivir en un entorno muy duro que les dejó secuelas psíquicas de por vida. Desde Neus Català hasta Francesc Boix, pasando por cada nombre y apellidos de los cerca de 8000 republicanos españoles deportados a los siniestros campos de Mauthausen, Dachau, Auschwitz, Ravensbrück, entre otros. Se calcula que un 60% murieron en las condiciones más inhumanas y crueles.
Luego, y conmovidos por el estremecedor relato del testigo, los alumnos hicieron preguntas sobre cómo era la vida cotidiana en el campo. Visiblemente emocionado, el hombre respondió a cada alumno con unos ojos tan expresivos que hoy, con el uso de la mascarilla, todavía enfatizarían más su mensaje. Se dice que el paso del tiempo nos hace selectivos en la memoria y para quedarnos con las buenas experiencias que evocamos a veces con nostalgia, pero, por desgracia, también recordamos las vivencias traumáticas que nos acompañan para siempre.
Recordar para sacar a flote la verdad también implica reexperimentar la vivencia, provoca pesadillas, estados disociativos, angustia, y mucho malestar psicológico. Por eso nunca podremos agradecer suficientemente los testimonios orales de cualquier guerra, para aprender a no caer de nuevo en el pasado más oscuro de nuestra historia reciente.
Sin embargo, pronto todos los testimonios directos de aquella experiencia habrán cerrado los ojos para siempre y con su desaparición, se perderá la voz de los protagonistas del mayor genocidio de la historia contemporánea.
Como nos recuerda Francesc Marc Àlvaro: “Sin figuras de carne y hueso que acrediten los hechos y levanten puentes de empatía, el significado único de ese evento irá perdiendo grosor e intensidad, hasta confundirse con tantos otros fenómenos históricos. No será el olvido el que nos acosará sino la indistinción, forma suprema y voraz de la indiferencia” (Entre la mentida i l’oblit. Pág 20. 2012. La Magrana).
Porque el olvido y la ignorancia del pasado no sólo nos incapacitan para comprender el presente como nos decía el historiador francés Marc Bloch, precursor de la escuela de los Annales y asesinado por los nazis, en mi opinión también deja el campo abonado al revisionismo y la pseudohistoria.
En una época de incertidumbre como la actual, el discurso contra la diferencia penetra en el imaginario de mucha gente insegura e incapaz de admitir que el mundo se encuentra en estado permanente de cambio.
La extrema derecha en España ha penetrado con fuerza en el electorado del segmento de edad de entre 35 y 44 años, pero más recientemente se ha extendido también entre los mayores de 60 años. La normalización en las instituciones del discurso de odio hacia los grupos más vulnerables amenaza la convivencia social y supone un peligro de involución para el propio régimen democrático.
Sobrecoge leer algunos discursos que faltan a la verdad histórica donde se enaltece la “reconquista cristiana” ante la “invasión islámica” en la Península ibérica. Una manipulación del pasado para construir en el presente el marco mental de los invasores que tienen por objetivo acabar con nuestras creencias, tradiciones y costumbres. Un discurso que vuelve, y lo hace con la fuerza de épocas pretéritas de triste recuerdo.
Y no hace falta que nos traslademos a la Europa de los años 30. Hace tres décadas, se iniciaba la guerra de los Balcanes donde ocurrieron hechos terribles. Los serbios empezaron a decir que los musulmanes eran los enemigos, los trataron como extrangeros, que no pertenecían a aquellas tierras, cuando hacía siglos que vivían allí. Y, ¿qué ocurrió? Desgraciadamente, todos conocemos la historia y el genocidio de la ciudad bosnia de Srebrenica, la peor masacre en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
El periodista Lluís Foix nos recordaba hace unos días en un artículo en La Vanguardia (7.01.2022) que “la realidad de lo que ha ocurrido en la historia de cada pueblo es imposible de esconder, por mucho que ahora esté de moda revisar la historia, tanto en las democracias como en los regímenes autoritarios” al tiempo que alertaba del uso y abuso que se hace de la historia para justificar políticas del presente.
Es necesario reivindicar la historia contra el olvido y combatir su manipulación. Tal y como defendía el historiador Eduard H. Carr «la historia es un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado». Un oficio que viene de lejos, comprometido con el método científico, el rigor y la honradez intelectual, que crea opinión, pero que se aleja de los juicios de intención.
Hay que enseñar historia y enseñar a hacer historia, como decía Josep Fontana porque los historiadores somos parte activa del cambio social, críticos con los ojos de un presente que miran con preocupación la forma en que la intolerancia y la desigualdad se extienden como una mancha de aceite por el viejo continente y también en nuestro país.

