Casi tres años después, llega la segunda temporada de Euphoria. En el estreno de la serie en el 2019 vivimos un fenómeno que todavía dura, y ambos sabemos, lector, que no es la primera vez que escribo en esta columna. Estuvimos obsesionados, y yo la primera, aunque a día de hoy no sabría decir si es o no una buena obra; viéndola, a menudo siento que nos tragamos una especie de remake de Skins dirigido por Christopher Nolan. Imagino que alguien en Los Ángeles un día pensó «¿y si mezclamos Sensación de Vivir, Lizzie McGuire y Breakig Bad?». Y sin embargo, por mucho que los arcos argumentales parezcan escritos por los mismos adolescentes que supuestamente los protagonizan, no podemos negar que tiene algo que nos cautiva, y nos cautiva lo suficiente para encontrarnos siguiendo las peripecias de una gente que en un mismo grupito nos ofrecen problemas de adicción, violencia narco, relaciones abusivas, relaciones con menores, pornografía de menores, y una buena dosis de malísimas decisiones. ¿La clave? La estética. No puede negarse. El internet todavía está lleno del maquillaje “estilo Euphoria”, sinónimo de purpurina, formas, colores y un enfoque más artístico y expresivo de lo que estamos acostumbrados en el departamento de “belleza” femenina. Después del boom de la primera temporada, las maquilladoras de la serie explican en su instagram el concepto que hay detrás de cada look que hacen.
“Jules duda ante las preguntas de su padre, y por eso en vez de un eyeliner lleva tres puntos negros en el párpado inferior, son puntos suspensivos”, cuenta la maquilladora Doniella Davy en un post. “Con esta línea de color blanco buscábamos reflejar a una Cassie que intenta ser alguien diferente, pero tenía que quedar claro que en el fondo era ella luchando por ser otro”. Cada semana, Davy cuelga una pequeña explicación del razonamiento y técnica detrás de cada “look”. Será de las primeras veces que vemos una pieza de ficción mainstream que explora la “híper-feminidad” como una vía expresiva, y no sólo seductora y consumible. Llevamos años sintiendo la cantinela que “el maquillaje y la belleza no es para agradar a los hombres, es para nosotras mismas”. Desde 2010s, incluso las grandes marcas de la industria de la cosmética subieron al carro. “El maquillaje empodera. Compra mi pintalabios, empodérate”. En el momento en que se convirtió en una estrategia de marketing, deberíamos haber empezado a sospechar. Cuando te maquillas seguramente no lo haces pensando en ningún hombre en concreto ni mucho menos en la male gaze, pero a veces vale la pena detenernos a pensar qué es lo que nos empodera. ¿Por qué es que vernos más atractivas de acuerdo con las modas del momento nos hace sentir mejores, capaces, fuertes y, ehem, empoderadas? Pues seguramente esta seguridad que sentimos es la de vernos más válidas para el mundo que vivimos, un mundo en el que todavía imperan estructuras machistas, racistas, homófobas y tránsfobas que, por mucho que no nos hagan pensar de manera consciente en la male gaze, acaban configurando la presión estética que nos empuja a no atreverse a salir de casa sin pintarnos las cejas y taparnos las gafas. ¿Nos conformamos con que ser hermosas sea no ser feas?
Además de Euphoria, este mes también se ha estrenado la decimocuarta temporada de RuPaul’s Drag Race, un concurso televisivo que cada año evalúa la fuerza, interés, gusto y asertividad de diferentes artistas del mundo del drag para coronar la mejor. Resulta que en esta edición empezamos con un escándalo, y es que por primera vez en su historia participa un hombre cis-hetero, es decir, alguien que aparentemente no tiene ningún vínculo con la cultura lgtbi que da significancia a la práctica del drag. Maddy Morphosis, la reina en cuestión, explicaba en el primer capítulo que participar en el mundo drag y expresarse artísticamente de una manera considerada “femenina” (maquillaje, pelucas, etc), le había acercado a la experiencia lgtbi aún sin ser parte. Contaba que yendo y volviendo de sus shows, vestido y maquillado, ha sufrido alguna agresión verbal y ha tenido miedo por su integridad física. Desafortunadamente, para ser respetado en nuestra sociedad no sólo debes ser hombre y hetero sino que debes parecerlo. La feminidad, sobre todo la feminidad no consumible por la mirada masculina, todavía es vilificada y por eso el maquillaje que no es concebido para ser atractivo dentro de unos parámetros muy concretos, no tiene cabida dentro del canon de lo femenino ni mucho menos de lo masculino. Maddy Morphosis explicaba que con su participación en el drag quería expandir los horizontes de lo que quería decir ser hombre hetero. Ser hombre hoy, decía, sigue estando más definido por no ser femenino que por otra cosa. No ser expresivo, no ser creativo, no ser sensual… Salir de ninguno de estos parámetros te atribuye una identidad considerada disidente, aunque seas un tio hetero de Arkansas con novia desde hace años.
¿Es posible que llegue a ser liberadora, la estética? El éxito de Euphoria y de Drag Race parece sugerir que estamos sedientos de la posibilidad de hacer arte de un medio históricamente restrictivo y machista como es el maquillaje. Hacer de la belleza una vía de expresión podría ser el verdadero empoderamiento que nos prometían L’Oreal y Maybelline, pero no debemos olvidar que, aunque vaya cambiando, siempre hemos entendido la belleza a partir del privilegio y el clasismo. En el s.XV las mujeres se rapaban las cejas y las pestañas para ser más guapas, hoy nos hacemos extensiones y microbladings para tener más pelo donde es necesario. En ambos casos hablamos de procedimientos accesibles sólo para quien se los pueda pagar. Y mientras pienso en si la purpurina puede romper los cimientos de estructuras represivas, no puedo evitar recordar a los personajes del capitolio en la saga de los Juegos del Hambre.


