Xavier Maneja tiene bien grabado el momento de la última vez que vio a su madre y la última conversación que tuvieron por teléfono, antes de su ingreso en el Hospital Arnau de Vilanova de Lleida. Mercè Gimbert falleció el 21 de abril de 2020, en plena primera ola y estado de alarma, a los 84 años, a causa de la infección por la Covid-19. Unos meses antes, había ingresado en un centro sociosanitario en Balaguer porque se había roto el fémur y necesitaba hacer rehabilitación, puesto que la caída le había dejado en un estado delicado de salud y tenía mucho dolor.
Con el inicio de la pandemia, en el centro donde estaba ingresada empezaron a llegar pacientes de Covid y, entonces, se optó por trasladar a otros pacientes a un casal de personas mayores que, a raíz de la alerta sanitaria, se había habilitado como hospital y centro de día. Este traslado, según explica Xavier, se realizó en una furgoneta con 12 personas, sin que los pacientes llevaran mascarilla y sin seguir el resto de recomendaciones sanitarias. Luego se supo que una de las personas que había en esa furgoneta era positiva en coronavirus.
«Mi madre y yo hablábamos todos los días por teléfono. Un día, mientras hablábamos, empezó a toser y estornudar. Yo aquí ya me preocupé. Nos tuvimos que despedir porque le llevaban la cena y, al día siguiente por la mañana, le llamé para desearle buen día, pero ya no me contestó. No me devolvió la llamada en todo el día», relata Xavier. Preocupado, por la tarde llamó al centro donde estaba ingresada Mercè y le informaron de que su madre estaba de camino a urgencias del Hospital Arnau de Vilanova de Lleida y que estaban esperando los resultados de una prueba respiratoria. Al día siguiente a primera hora le llamó la doctora y le dijo que su madre estaba grave y que la situación era preocupante. «Me dijeron que había llegado al hospital prácticamente sin oxígeno y que habían decidido aplicarle el protocolo Covid», señala Xavier.
Al día siguiente, a las 5.15 de la mañana, recibió una llamada. «Me dijeron que habían hecho lo que habían podido, pero que no habían logrado salvar la vida de mi madre. Me quedé paralizado. Helado. En completo estado de choque. No podía creer lo que me estaban diciendo», explica emocionado al recordarlo. «Cuando colgué me quedé unos minutos sentado en la cama, intentando asimilar la noticia. El hecho de perderla de hoy para mañana, cuando llevaba dos días hablando con ella, el hecho de tener que estar confinados y no poder estar a su lado durante los últimos momentos de su vida… era muy doloroso. No haber podido despedirme de ella aún lo hizo más traumático. La herida que tengo me acompañará siempre».
El confinamiento por la pandemia tampoco permitía organizar ceremonias de despedida, lo que intensificó la soledad que sentía Xavier ante la pérdida de su madre. Más adelante, pudieron realizar una pequeña ceremonia con la familia para despedirla. «Eso me ayudó, porque nos reunimos todos para recordar a mi madre y hacerle un pequeño homenaje. Fue bonito», sostiene.
A raíz de la muerte de su madre, Xavier empezó a asistir a sesiones de apoyo psicológico en el Servicio de apoyo al duelo de Ponent. «Asistir a terapia me ayudó a manejar mejor la pérdida. La tristeza y el vacío que dejó la muerte de mi madre la tendré siempre, pero ahora, por ejemplo, miro fotografías de mi madre y ya no me desespero, al contrario, las miro con mucho cariño, desde la tristeza de no poder disfrutarla más, pero con la tranquilidad que dejó de sufrir. La tengo muy presente siempre y voy a menudo al cementerio a visitarla. Me ayuda a cargar las pilas».

La importancia de la despedida
Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en España se registraron un total de 45.648 defunciones vinculadas al coronavirus entre enero y mayo de 2020, durante la primera ola de la pandemia. Abril fue el más difícil, con 26.305 muertos. Muchas de estas personas murieron solas, sin recibir el último adiós de sus seres queridos. Y es que, para los que se quedan, este último adiós puede ser muy significativo.
«El hecho de que no haya despedida no es, de por sí, un indicativo de que el duelo irá mal, pero, evidentemente, la despedida es una pieza más del puzzle. Cuando la vida se derrumba, toda la información de los últimos momentos es importante: saber que la persona no ha sufrido, que ha muerto acompañada, poder verla y cogerla de la mano, poder honrar la vida de esa persona…», explica Montse Robles, enfermera especialista en duelo y responsable asistencial del Servicio de apoyo al duelo de Ponent.
La especialista señala que en nuestra sociedad todo lo relacionado con la muerte está asociado a la cultura y religión que tenemos y que, en este sentido, la muerte tiene una vertiente social muy importante. «¿Cuántas veces hemos oído el comentario de ‘la iglesia estaba llena’ cuando alguien ha muerto, como una señal de que todo el mundo le quería? Hay cierto consuelo en los rituales que rodean a la muerte de alguien. Es una pieza más de toda esa recomposición de la vida que sigue después de la pérdida de alguien», afirma Robles.
Sin embargo, con la primera ola estos rituales se vieron suspendidos para contener la expansión del coronavirus. Así, las personas que perdieron a alguien en ese momento se encontraron con que la mínima socialización que a menudo se recomienda no la podían hacer. Según la enfermera especialista en duelo, estas ceremonias deberían haberse recuperado antes. «Entiendo que la situación era muy nueva y se hicieron las cosas lo mejor posible dadas las circunstancias, pero también pienso que se reaccionó algo tarde en cuanto a permitir que hubiera más gente en los tanatorios y veladores y que se pudieran visitar a los pacientes en el hospital», opina.
Ante la incapacidad de reunirse con su familia y amigos para despedir a alguien, en algunas ocasiones se llevaron a cabo ceremonias alternativas vía telemática. También, en algunos casos, se pospusieron los actos de despedida para más adelante. «Hacerlo más adelante ayuda incluso más. En el momento en que se produce la muerte de una persona amada, a menudo no estás en condiciones de organizar ceremonias muy trabajadas; en cambio, si se hace unos meses más tarde, a veces suelen ser más personalizadas y reflejan mucho mejor a la persona que se ha ido», explica Robles.
La huella psicológica en los sanitarios
Dos años prácticamente ininterrumpidos de pandemia han tenido también un demoledor impacto en la salud mental de los profesionales sanitarios. Aparte del estrés físico por la elevada carga asistencial, el impacto psicológico derivado de la pandemia les ha golpeado de lleno, especialmente en momentos de alta presión como la primera ola donde, de algún modo, los sanitarios tuvieron que suplir a los familiares en momentos de final de vida. La soledad y el aislamiento de los pacientes, las dificultades para realizar un buen acompañamiento, la exposición al dolor y a la muerte… todos estos factores les han causado un malestar psicológico que se prolonga en el tiempo y que no muestra indicios significativos de recuperación.
«En el punto álgido de la primera ola, la mortalidad en la UCI era del 40%, cuando normalmente es del 10%. Había, por tanto, una mortalidad muy alta a la que los propios profesionales sanitarios no estamos acostumbrados», destaca Gabriel Heras, jefe de servicio de la UCI del Hospital Comarcal Santa Ana de Motril (Granada). «Tampoco estamos acostumbrados al colapso del sistema: a no tener camas suficientes, en momentos de ocupación máxima, a abrir nuevos espacios inverosímiles para salvar el mayor número de pacientes posible… todo ello tiene un gran impacto en la salud mental», añade el intensivista. Según Heras, la pandemia ha puesto de manifiesto una de las grandes carencias del sistema, que es la falta de atención psicológica adecuada a los profesionales sanitarios. «Muchos profesionales sanitarios han dicho: ¿realmente vale la pena dedicarse a esto?».
Y es que según los resultados de la última encuesta de la Fundación Galatea, que ha monitoreado el estado de salud física y mental de los profesionales de Cataluña desde que estalló la pandemia, uno de cada cinco profesionales sanitarios se ha planteado dejar la profesión. Además, durante este período desde el inicio de la pandemia, más de la mitad de los profesionales o bien han acudido ya a servicios de salud mental (un 39%) o bien se plantean hacerlo (un 15%).
La necesaria humanización de los cuidados intensivos
Tras la devastadora primera ola, la Sociedad Española de Medicina Intensiva Crítica y Unidades Coronarias (SEMICyUC), la Sociedad Española de Enfermería Intensiva y Unidades Coronarias (SEEIUC) y la Federación Panamericana e Ibérica de Medicina Crítica y Terapia Intensiva (FEPIMCTI) publicaron el Plan de desescalada para los servicios de medicina intensiva después de la pandemia producida por la Covid-19.
Uno de los principales puntos de este documento está dedicado a la humanización de los cuidados intensivos, en el que participaron miembros del equipo de Proyecto HU-CI, una iniciativa encaminada a la humanización de los cuidados intensivos creada y dirigida por Gabriel Heras. «En este plan se facilitan actuaciones protocolizadas para que las familias puedan ver y acompañar a los pacientes, especialmente en los casos de fin de vida. Porque nadie debería morir solo, salvo si es su deseo», explica Heras.
Con las olas posteriores, se fueron flexibilizando las restricciones en los hospitales y sí se permitió la visita de los familiares en momentos finales de vida, siempre con EPI y con las medidas de protección necesarias. Heras señala que con la pandemia se ha puesto de manifiesto lo importante que es la humanización de los cuidados intensivos y del sistema sanitario en su conjunto, así como el acompañamiento en el momento final de vida. Sin embargo, apunta que los protocolos existentes no son suficientes y que deberían ser uniformes. «Son casi aleatorios. Hacen falta protocolos comunes, porque no puede ser que en algunos lugares se permitan visitas y en otros no. Esto no puede depender de la sensibilidad del profesional», apunta.
En este sentido, opina que la formación de los profesionales es fundamental. «Adquirir habilidades no técnicas, como la comunicación, la empatía, la escucha activa, el estar presente… es crucial, y son habilidades a las que históricamente no se les ha dado la importancia que tienen», señala el director de Proyecto HU-CI. «La muerte es una parte más de la vida y el día que esto se entienda, que nos acerquemos al proceso de morir y que el objetivo sea morirse bien, el día que se deje de ver la muerte como un fracaso, habremos dado un paso muy importante en la humanización del sistema sanitario», concluye Heras.

