Gabriel Ventura (Barcelona, 1988) es uno de los talentos más libres y creativos de la literatura catalana actual. Poeta, ensayista y creador multidisciplinar, su obra —desde Ignar (2011) hasta W (Ediciones Poncianes, 2020), pasando por Apunts per un incendi dels ulls (Documenta, 2017) y La nit portuguesa (Contra, 2019)— desafía las etiquetas con una voz propia que mezcla filosofía, poesía y crítica radical al capitalismo contemporáneo.
Ahora presenta El mejor de los mundos imposibles. Un viaje al multiverso del reality shifting (Cuadernos Anagrama), un trabajo que explora el fenómeno del reality shifting —esta práctica digital en la que adolescentes y jóvenes intentan «saltar» a universos paralelos— para hablarnos de nuestras urgencias más profundas: el deseo de escapar, la necesidad de imaginar alternativas y las paradojas de una rebelión que, a menudo, acaba hablando el lenguaje del sistema que quiere derrocar.
En esta entrevista, Ventura despliega su habitual potencia analítica y creativa: habla de la imaginación como acto político, revisita la tradición catalana desde los márgenes y nos invita a pensar cómo la ficción creativa puede ser una herramienta de lucha contra un capitalismo que ha colonizado, incluso, nuestros sueños.

Empecemos por el principio, con motivo del título del libro que publicas. Explícame primero, para la gente que no sabe qué es eso del reality shifting —como yo mismo hace cuatro días—, qué es y por qué te interesaste en este tema.
El reality shifting es una práctica que comenzó a extenderse, sobre todo a través de redes, en 2020, en pleno confinamiento, principalmente entre la Generación Z. Con el tiempo se ha ido expandiendo y no se ha quedado solo en ese sector, pero su origen está muy vinculado a TikTok, Instagram y otras redes sociales. En ese contexto de encierro, de un cierre tan extremo, emergieron necesidades muy intensas de evasión. No solo por el aislamiento en sí, sino porque el confinamiento —como ya sabemos— dejó al descubierto grandes fragilidades económicas, políticas y sociales.
Ante la imposibilidad de cambiar la realidad, mucha gente buscó una salida, y es ahí donde entra en juego la creencia en el multiverso. Pero, como explico en el libro, una cosa es que el multiverso tenga coherencia matemática o en el campo de la física de partículas elementales, y otra muy distinta es poder trasladarse a esos universos. Aun así, en ese escenario de encierro, muchas personas hacen lo que llaman un «salto cuántico»: imaginan vidas paralelas y las documentan en TikTok, contando sus experiencias en mundos alternativos.
Las maneras de acceder a esos mundos, como explicas, no solo son altamente creativas y sugerentes, sino que a menudo se construyen colectivamente.
La gente desarrolla métodos inspirados en la meditación o la autosugestión para «desplazarse» a mundos alternativos, a menudo basados en universos ficticios como Harry Potter, y estos se construyen a través de técnicas que se van perfeccionando de manera muy comunitaria, muy colectiva, en foros o plataformas como Reddit. Estos mundos se van puliendo a través de debates que, en ocasiones, rozan la teología… digital, digamos. Aunque algunos shifters tienen un gran conocimiento de técnicas meditativas, la mayoría son aficionados que desarrollan y perfeccionan estas técnicas sobre la marcha, de manera muy libre. Siempre me ha interesado la posibilidad de habitar otros mundos.
Mientras te leía, pensaba en el papel que le das a la tecnología: desde la filosofía de Heidegger hasta Black Mirror —incluso podríamos hablar hoy de inteligencia artificial—, la tecnología parece estar habitada por la sospecha de que, de alguna manera, será agente de nuestra destrucción. Sin embargo, en tu libro no adoptas una visión tecnófila, pero tampoco la contraria.
Claramente, no se trata ni de la visión distópica de Black Mirror ni de una perspectiva ingenuamente optimista sobre la tecnología. En ese sentido, la figura de Philip K. Dick que exploro en el libro me parece particularmente reveladora. Mi postura respecto a estas técnicas es dual: por un lado, las veo como una continuación de las técnicas de imaginación literaria, como formas de construcción de mundos narrativos. Lo que propongo es entender el reality shifting como una nueva técnica narrativa surgida en el contexto del capitalismo realista que analiza Mark Fisher. Sería, digamos, una técnica propia de este sistema.
Por otro lado, reconozco que hay una paradoja fundamental: aunque estas prácticas pueden representar cierta emancipación imaginativa, el material simbólico que usamos para crear esos mundos alternativos —las imágenes, las narrativas, las estructuras mentales— proviene precisamente del mismo sistema que intentamos trascender. Es lo que llamo la «netflixación de la conciencia»: la contradicción de intentar escapar de un sistema mediante las herramientas que ese mismo sistema nos proporciona.
¿Existe la posibilidad de imaginar mundos paralelos que no estén construidos con ese material de la imaginación propia del capitalismo contemporáneo?
Es como el laberinto que describía Philip K. Dick. Sus personajes buscan constantemente la libertad, intentan rebelarse desde dentro del sistema, pero solo pueden hacerlo con las herramientas que el mismo sistema les proporciona —con el material imaginal, con las imágenes que su contexto social les ofrece. El fenómeno del shifting es especialmente revelador porque nos sitúa precisamente en esa encrucijada: manifiesta un deseo genuino de libertad y de evasión de la realidad, pero al mismo tiempo esa huida solo puede articularse a través de los imaginarios de nuestro tiempo, del sustrato cultural que nos rodea y nos condiciona.
Lo que encuentro fundamental en esta práctica —y aquí es donde creo que radica su núcleo más significativo— es que revela una necesidad auténtica, casi urgente, de escapar de este sistema. No se trata solo de un simple deseo, sino de una verdadera necesidad existencial que emerge en un contexto de capitalismo avanzado. El shifting se convierte así en un síntoma cultural: expresa al mismo tiempo la nostalgia de liberación y las limitaciones radicales que el sistema impone a nuestra capacidad de imaginar alternativas verdaderas.

Aquí es donde pienso que hay espacio para la crítica neoliberal, en el sentido de que esta práctica ofrece una salida radicalmente individualizada; que la evasión personal no parece cuestionar las estructuras colectivas.
Esta cuestión me preocupa especialmente, y es uno de los ejes centrales del libro: la paradoja que supone una evasión radicalmente individualizada. El shifting se articula como un acto solipsista, pero bajo su superficie esconde un deseo colectivo de romper con la realidad existente. Lo que encuentro más revelador es el fenómeno que llamo «permashifting» —esa expresión visceral de odio hacia el mundo actual que manifiestan muchos practicantes («I hate it here», «Odio este lugar»). Esta frase, que llegué a considerar como posible título, encapsula perfectamente la contradicción fundamental: en lugar de construir redes para transformar colectivamente el mundo real, la respuesta es una huida hacia la esfera imaginaria.
Sin embargo, hay que destacar el aspecto más potente de este fenómeno: la fe absoluta en la imaginación como herramienta de transformación. Aunque ahora se canalice hacia soluciones individuales, esta energía contiene el germen de una posible rebelión más profunda. La cuestión clave es si podremos trasladar esa capacidad imaginativa del ámbito personal a la esfera colectiva.
Para los que hemos leído toda tu obra, desde Ignar hasta W, pasando por Apunts per un incendi dels ulls y La nit portuguesa, diría que nos encontramos ante el Gabriel más filósofo. ¿Qué importancia tiene para ti el género literario? ¿Qué predomina: la voluntad de explicar una idea abstracta o, al contrario, el deseo de llenar una forma preestablecida con un contenido concreto?
Últimamente pienso mucho en la cuestión del género. Y siempre llego a la misma conclusión: mis obras nacen desde el hacer, no desde la forma. Tengo la intuición de que este libro, por ejemplo, tendrá un cariz más ensayístico que narrativo, pero no reflexiono mucho sobre ello. Los géneros, en realidad, nunca me han preocupado demasiado.
Lo conecto con una visión pop de la creación, como la de Andy Warhol: ¿el artista verdaderamente pop es quien se atreve a saltar entre disciplinas sin preguntarse «¿ahora qué hago?». Yo siempre me he movido así —ahora un libro, ahora una performance—, alejándome de la especialización técnica. Cada obra me exige aprender un lenguaje nuevo. Esta, por ejemplo, me ha obligado a adentrarme en la filosofía más que ninguna otra, aunque el puente entre pensamiento y poesía siempre ha sido esencial para mí. De hecho, mi proceso se asemeja más a una puesta en escena de ideas contemporáneas que a una búsqueda poética pura. Yo nunca he sabido desvincular poesía y pensamiento —son el mismo músculo—. La poesía, precisamente por su libertad formal, se convierte en el espacio ideal para articular ideas sin las limitaciones de los géneros académicos.
Y a pesar de la irrelevancia del género, en tu obra sí hay un hilo conductor claro que tiene que ver con la potencia política de la imaginación, que si bien es más explícita en tu última obra, puede rastrearse en cada una de tus manifestaciones artísticas.
Hay una raíz autobiográfica en todo esto. Mi libro, aunque parte de una investigación filosófica precisa sobre temas contemporáneos, lleva la huella de una pregunta que me obsesiona: la posibilidad de rebelarse. Es una idea que ya aparecía en mis primeros escritos, pero que tiene un origen más íntimo.
Vengo de un contexto social complejo. Durante mi infancia y adolescencia, viví situaciones de gran fragilidad: inestabilidad familiar, desestructuración radical. Me gusta decir, en tono irónico, que no venía de una «familia desestructurada», sino de un collage dadaísta —una composición absurda y sin sentido aparente. En ese escenario de incertidumbre, la imaginación y la poesía se convirtieron en mi primer acto de rebelión política. Eran el único espacio donde podía construirme como sujeto con agencia, cuando la realidad exterior solo me ofrecía vulnerabilidad.
Recuerdo especialmente esos ocho meses a los dieciséis años que pasé en un centro de acogida —una experiencia que escondía de mis compañeros de instituto, como un secreto vergonzoso. En ese contexto, la imaginación no era escapismo: era supervivencia. Y ahí radica mi vínculo emocional con los practicantes del shifting. Rechazo la mirada condescendiente de algunos sectores filosóficos que ven en estas prácticas un simple «fracaso» o una renuncia a la realidad. Yo descubrí mi poder político precisamente en esos mundos alternativos, como bien describe Mark Fisher. La cuestión clave, sin embargo, es cómo trasladar esa experiencia individual al terreno colectivo. El shifting muestra esa dualidad: por un lado, una capacidad imaginativa extraordinaria; por otro, el riesgo de quedar atrapado en el solipsismo. El reto es aprovechar esa energía creadora para imaginar colectivamente nuevos mundos imposibles, con códigos distintos a los hegemónicos.

Mientras preparaba esto y leía tu libro, me venía a la mente aquella frase de Pla que dice que «la realidad es infinitamente superior a la ficción», y pensaba en el canon propio de la tradición literaria catalana —especialmente del siglo XX—, que se ha basado (con excepciones, por supuesto, ya que también podríamos hablar de la mística de Llull o del realismo mágico de Solà) en ese estilo de descripción realista que tanto amaba Pla. ¿Qué opinas tú de la tradición en el canon de la literatura catalana?
Nunca me ha interesado mi posición en el canon catalán. Me ha interesado, quizás, la idea de la excentricidad, de no seguir los caminos preestablecidos… En Carner, por ejemplo, hay un poeta que no me interesa en absoluto. Pero Ramon Llull me parece el primer gran autor de la literatura catalana precisamente por su rareza: un místico realista (o un realista místico) que cree en el poder transformador del pensamiento. Para él, el Ars Combinatoria no era una alucinación, sino una herramienta para cambiar el mundo —un proyecto tan utópico como radical. Ahí encuentro un hilo invisible en la tradición catalana: esa línea del loco, de la locura que bebe de fuentes intuitivas y que se encarna en figuras como Llull.
Y ahora tenemos figuras como Perejaume —artista plástico, poeta, pensador— que tampoco encaja fácilmente en ningún casillero. No es un «ensayista», sino un creador de lenguajes propios. Quizás lo que me fascina de estos rara avis es precisamente eso: su capacidad para escapar de las categorías, para demostrar que la imaginación sigue siendo radicalmente vigente. Y aquí la paradoja: aunque no he pensado mucho en el canon catalán, reconozco que me conmueven más los autores que lo desafían que los que lo conforman. Irene Solà es el ejemplo perfecto —su trabajo es la antítesis del realismo tradicional—, pero también lo son todos aquellos que, como Llull o el mismo Perejaume, fabrican sistemas nuevos para leer el mundo.
Déjame terminar con una pregunta de actualidad, seguramente un poco deprimente. Vivimos unos tiempos en los que parece que la lógica de la geopolítica y la rational choice, el hiperrealismo del aumento del gasto en defensa o el militarismo…
Sí. Y parece que el espacio para la imaginación se reduce a contextos en los que lo único que importa es cuántas latas de atún tenemos almacenadas.

