En los últimos años, el debate sobre el refuerzo de las capacidades militares ha ido ganando peso en Europa, en paralelo a la escalada de tensiones geopolíticas y la crisis del modelo de seguridad internacional. Ante la invasión de Ucrania, los ataques a Gaza o la amenaza de un nuevo conflicto global, las instituciones europeas y varios gobiernos estatales han defendido un aumento sostenido del gasto en defensa, presentándolo como un imperativo ineludible. España no es una excepción: el presupuesto militar ha crecido notablemente y se suman voces que reclaman una «cultura estratégica» más robusta. ¿Pero hasta qué punto esta deriva responde a una demanda social real? ¿Y qué imaginarios, miedos o fracturas ideológicas se activan cuando se habla de seguridad y defensa?
Percepción de amenazas a la paz mundial
Una encuesta reciente de 40dB para El País y la Cadena SER ofrece un retrato significativo sobre cómo interpreta la ciudadanía española el actual orden internacional. Ante la pregunta sobre qué países representan una mayor amenaza para la paz mundial, Rusia encabeza la lista con un 78,3% de menciones, seguida de Estados Unidos (70,8%) e Israel (69,2%). El dato no solo refleja el efecto duradero de la guerra en Ucrania, sino también una creciente desafección respecto a potencias tradicionalmente aliadas de España. El papel de Israel en la invasión de Gaza y el apoyo explícito del gobierno estadounidense al ejecutivo de Netanyahu parecen haber activado una percepción crítica más extendida. Más allá de casos concretos, estos datos podrían interpretarse como una señal de desconfianza hacia el modelo de relaciones internacionales vigente, y en particular hacia las estructuras tradicionales de seguridad colectiva como la OTAN. La paz —o su ausencia— se percibe así no solo como un asunto de potencias lejanas, sino como algo en disputa dentro del espacio político que hasta ahora se consideraba aliado.
Opinión sobre el gasto en defensa
A pesar de esta percepción crítica hacia algunos actores clave del sistema internacional, no hay un rechazo frontal hacia el refuerzo de las capacidades defensivas. Un 55% de los encuestados se muestra favorable a aumentar el gasto en defensa, y un porcentaje similar apoya la idea de un ejército europeo. Esta posición puede leerse como un intento de reajuste estratégico: una apuesta por una mayor autonomía militar del continente frente a un entorno global volátil. No obstante, el apoyo al gasto militar no parece asociarse a una lógica belicista, sino más bien a una idea de preparación o de disuasión. Propuestas más explícitas, como la reimplantación del servicio militar obligatorio o el despliegue de tropas en conflictos activos, reciben un rechazo mayoritario. El respaldo ciudadano, en este sentido, se sitúa más cerca de una cultura de seguridad que de una narrativa de guerra.
División ideológica en torno al gasto militar
El debate sobre el gasto militar reproduce con nitidez las líneas de división ideológica. Mientras los partidos conservadores —Partido Popular y Vox— apoyan abiertamente el aumento presupuestario en defensa, los espacios de izquierda mantienen posiciones más críticas. Podemos y Sumar, aunque con estilos distintos, han expresado su oposición a esta agenda, argumentando que el incremento del gasto militar es incompatible con una política exterior centrada en la diplomacia, los derechos humanos y la justicia global. En un acto reciente, dirigentes como Ione Belarra o Irene Montero reclamaron una izquierda con un perfil antimilitarista claro. En el caso del PSOE, el compromiso con los objetivos de la OTAN convive con la necesidad de no alejarse del electorado pacifista, lo que se traduce en una posición ambivalente y tácticamente contenida. El resultado es un debate público donde el gasto militar se convierte en un marcador ideológico de fondo: entre quienes entienden la seguridad como una cuestión de fuerza, y quienes la conciben como un equilibrio frágil basado en la cooperación.
Preocupaciones sociales y marco general
Las respuestas recogidas en la encuesta deben interpretarse también en un marco más amplio de malestar social. Más del 80% de los encuestados manifiesta preocupación por dos vectores principales: la evolución de la situación económica —especialmente la inflación y la pérdida de poder adquisitivo— y la posibilidad de una escalada bélica global. Estos dos planos —el económico y el geopolítico— no se perciben como independientes: al contrario, la sensación dominante es que los conflictos internacionales tienen consecuencias inmediatas sobre la vida cotidiana. El coste de la energía, la presión sobre los alimentos o la volatilidad del empleo están directamente vinculados, en la percepción pública, a las dinámicas de conflicto. Esta lectura alimenta un cierto pesimismo estructural: la mayoría de los encuestados imagina un futuro más autoritario, más inestable y más desigual. En este contexto, el debate sobre la defensa y el gasto militar ya no se presenta como un asunto técnico o especializado, sino como una expresión visible de las ansiedades colectivas, de las estrategias imaginadas ante la incertidumbre y de los límites —o las posibilidades— del proyecto europeo.

