Yitzhak Rabin, el primer ministro israelí y líder del Partido Laborista, murió sobre la mesa de operaciones del hospital desangrado y con un pulmón perforado. Era un atardecer, el 4 de noviembre de 1995. Entonces no sabíamos qué nos traería el futuro, pero todos intuíamos que algo se había roto para siempre, que el asesinato había acabado con la esperanza de una paz que empezaba a perfilarse. Que nada sería igual.
Era el inicio de un cambio de época que nos ha llevado a donde estamos ahora, la diferencia entre estar en un proceso de paz que con grandes dificultades había ido avanzando, a ver cómo se aprueban leyes que significan retroceder en ese camino, que dan alas a quienes creen que la única opción para sobrevivir son las armas y la fuerza.
Ahorcados en la horca
Ha ocurrido recientemente, este mismo mes de marzo, cuando el Parlamento israelí, la Knéset, daba el visto bueno a una nueva ley que permite colgar en la horca a los palestinos acusados de terrorismo en una ejecución que debe realizarse dentro de los 90 días posteriores a la sentencia. Es el resultado de 30 años de carrera constante hacia la destrucción y la negación del otro. 30 años de evolución hacia el enfrentamiento y la muerte. Tras aprobar esta ley de ejecución en la horca, sus promotores, la extrema derecha de Israel, brindaban con champán en el mismo Parlamento.
Esta es una ley discriminatoria que no afectará a Yigal Amir, el joven de 25 años que con una pistola semiautomática, una Beretta, abatió a Yitzhak Rabin, el primer ministro de Israel, aquel 4 de noviembre. Yigal Amir fue condenado a cadena perpetua y ahora sectores de la extrema derecha piden su indulto. Amir era contrario al proceso de paz, que consideraba una traición. Era la tercera vez que intentaba acabar con Rabin y decía haber actuado por “orden de Dios”. ¿Les suena? Era contrario a perder los territorios ocupados ilegalmente, a desmantelar las colonias en territorios palestinos y consideraba el proceso de paz una capitulación.
Los conservadores religiosos y los líderes del Likud, el partido de Benjamin Netanyahu, habían representado a Yitzhak Rabin con un muñeco vestido con el uniforme de las SS nazis en manifestaciones contra los acuerdos. Gritaban “Rabin asesino”, “Rabin traidor”, en un ambiente cada vez más tenso. El propio Netanyahu, meses antes del asesinato, había dirigido una procesión simbólica con un ataúd y una soga en un mitin contra Rabin, donde los manifestantes gritaban “muerte a Rabin”. Una demostración de la falta de respeto hacia quien era el líder con mayoría parlamentaria en aquel momento. ¿Les suena?
El jefe del servicio de seguridad interna de Israel, Carmi Gillon, alertó a Netanyahu de un complot contra la vida del primer ministro y pidió que moderara la retórica en las protestas, pero Netanyahu se negó.
Un margen de cinco años
Los acuerdos de paz de Oslo daban un margen de cinco años para negociar los aspectos que habían quedado pendientes en las negociaciones de Camp David. Bajo la batuta y mediación del presidente estadounidense Bill Clinton, el primer ministro israelí Yitzhak Rabin y el presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Yasser Arafat, habían dado los primeros pasos para poner fin a un largo conflicto. Por primera vez se habían sentado a hablar y buscar una salida, se habían estrechado las manos y reconocido mutuamente.
Quedaban aún muchos puntos de desacuerdo como el retorno de millones de palestinos expulsados de sus hogares, el desmantelamiento de colonias ilegales o la capitalidad de Jerusalén, pero era un inicio, una ruta, una posibilidad abierta que debía concluir con la creación de un Estado palestino en los territorios de Cisjordania y Gaza. El asesinato de Rabin y los acontecimientos posteriores significaron el fin de este proceso que ahora parece imposible.
16 años en el poder
Poco después Benjamin Netanyahu llegó al poder en 1996 al ganar las elecciones. En distintos periodos ha estado más de 16 años diseñando y dirigiendo el destino de Israel y de la región con mayorías parlamentarias que le han permitido gobernar. Es el primer ministro que más tiempo ha ocupado el cargo en la historia del país recién nacido y que poco a poco ha ido escorando a su partido, el Likud, más y más hacia la derecha, aliándose con los sectores más radicales.
En el lado palestino Hamás nació en 1988, también contrario a las negociaciones de paz y al reconocimiento de Israel. Su momento álgido fue cuando ganó las elecciones legislativas palestinas en 2006 y un año después se hizo con el control de Gaza. El enfrentamiento estaba servido.
Antes había desaparecido el popular líder Yasser Arafat. En 2004 murió el dirigente que había apostado por la paz. Siempre se ha apuntado a que fue envenenado al encontrarse restos de polonio en su cuerpo. Arafat fue trasladado a un hospital de París tras más de dos años confinado en la sede presidencial palestina de Ramala, en Cisjordania, rodeado por soldados y tanques israelíes.
Todo ello fue otro golpe mortal al proceso de paz, amenazado por enfrentamientos cada vez más intensos que hacían imposible cualquier entendimiento.
Cuando Benjamin Netanyahu accedió a la Casa Blanca con la solicitud de pedir formalmente el Premio Nobel de la Paz para su gran amigo Donald Trump, intuyó que había llegado el momento de culminar todos estos años en los que ha hecho todo lo posible para cambiar el destino de la región y acabar con la posibilidad de un Estado palestino. Ha expandido las fronteras para tener un territorio seguro y, como dice su “mantra”, quiere construir la paz a base de la fuerza y la dominación.
Nunca había habido una sintonía tan evidente entre el presidente de Estados Unidos y su gran aliado en Oriente Medio. De hecho fue Donald Trump, en su primer mandato, quien ordenó trasladar la embajada norteamericana de Tel Aviv a la disputada Jerusalén. Un cambio que el presidente Biden no ha revertido.
Ahora se abría la puerta al asalto final a los cambios deseados por Benjamin Netanyahu y su gobierno, en el que dos miembros de la extrema derecha viven en colonias de Cisjordania, igual que 400.000 colonos de lo que debía ser la Palestina de los acuerdos de Oslo y que defienden abiertamente la expulsión definitiva de los palestinos.
Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional desde 2022, fue quien abrió las botellas de champán tras aprobarse la ley que permite colgar a los palestinos considerados culpables de muerte en ataques terroristas, y que vive en una colonia judía en Cisjordania. En el salón de su casa había tenido el retrato del asesino en masa Baruch Goldman, que masacró a 29 palestinos mientras rezaban y hirió a 125 más en Hebrón en la matanza de la Cueva de los Patriarcas en 1994, poco antes de que fuera asesinado Rabin.
Él cree en la supremacía del pueblo judío y en la ley divina que les da derecho a la impunidad por ser el pueblo elegido. Quiere ampliar las fronteras de Israel. Considera que está por encima de cualquier norma del derecho internacional y lo demuestra en cada acción. Su entrada en España está prohibida por el gobierno español, igual que la de Bezalel Smotrich, el ministro de Finanzas, partidario de expandir aún más los asentamientos en Cisjordania, donde reside. Él mismo ha dicho que “fue un error que David Ben-Gurión no terminara el trabajo y expulsara a todos los palestinos en 1948, cuando proclamó la independencia de Israel”. Esto es lo que está en juego. El 15 de mayo es la fecha oficial que marca la Nakba, el primer desplazamiento a gran escala de la población palestina, expulsada de sus hogares y convertida en refugiada.
El plan maestro
Cuando el pasado 11 de febrero por la mañana Benjamin Netanyahu bajó de un todoterreno negro y entró discretamente en la Casa Blanca por una puerta lateral, llevaba los deberes hechos. Volvía a presentarse ante Donald Trump y estaba convencido de vivir uno de los momentos cruciales de la historia de su pueblo y de su carrera política, ahora acusado de corrupción. Era ahora o nunca. Lo explica en detalle un artículo del “New York Times”, basado en testimonios anónimos que formarán parte de un libro de Jonathan Swan y Maggie Haberman.
El líder israelí llevaba meses presionando a Estados Unidos para realizar un ataque conjunto para acabar con el régimen de los ayatolás de Irán. En la sala estaban los principales dirigentes de la administración estadounidense, el director de la CIA John Ratcliffe y dos personas cercanas a Trump sin cargo oficial pero de máxima confianza: Jared Kushner y Steve Witkoff.
Los servicios de inteligencia israelíes del Mossad habían preparado su exposición ante la sala de crisis de la Casa Blanca. La presentó por videoconferencia su responsable David Barnea junto con oficiales del ejército israelí. Eran cuatro puntos: decapitación del régimen, destrucción del programa de misiles, activación de protestas y creación de una guerra civil interna mediante fuerzas kurdas.
Dudas o acción
El propio presidente Trump dijo que sonaba muy bien y durante días se discutió al más alto nivel, con reticencias por parte de los mandos del ejército, que no veían claro que todo fuera tan fácil como proponían los servicios secretos israelíes. Todo se precipitó en cuestión de días cuando el Mossad informó de que los principales líderes de Irán, entre ellos el líder supremo, se reunirían en Teherán a cielo abierto. Era la ocasión de oro para decapitar el régimen, para hacer realidad el punto uno de la presentación, y Donald Trump decidió dar la orden de ataque.
¿Quién podía dudar de unos servicios secretos que habían demostrado una y otra vez su fiabilidad y destreza a la hora de eliminar adversarios? Su capacidad de infiltración en las altas esferas de los países enemigos. Unos servicios secretos que, por poner dos ejemplos, habían asesinado al líder de Hamás, Ismail Haniyeh, en pleno centro de Teherán, la capital iraní, en 2024, o al líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah, en su casa de Beirut, dos meses después, también en 2024.
Unos servicios secretos que fueron capaces de hacer explotar simultáneamente miles de buscapersonas y walkie-talkies en Líbano y Siria, provocando 32 muertos y más de 3.000 heridos de personas vinculadas, de una forma u otra, al movimiento de Hezbolá, en una demostración impresionante de su capacidad de infiltración en los movimientos antiisraelíes. Ataques que Israel nunca ha reconocido.
Como nunca ha reconocido su esfuerzo por hacer crecer al propio Hamás en su momento para dividir la resistencia palestina, restar poder a la organización que aglutinaba a la mayoría de la población, la OLP. Lo argumenta el historiador israelí Adam Raz en el libro “El camino al 7 de octubre”. Adam Raz describe cómo durante años Netanyahu hizo llegar dinero a través de Catar a la organización extremista para dividir la resistencia. Lo describe como el enemigo número uno de la solución de los dos Estados. Dividir, debilitar, hundir y sembrar el caos alrededor.
Con estas circunstancias es difícil entender cómo el 7 de octubre Hamás pudo organizar la penetración en territorio israelí y el asesinato de unas 1.200 personas, además de la captura de más de 250 rehenes, sin que ninguno de los servicios de inteligencia lo detectara, y que se tardara tanto en reaccionar para socorrer a los atacados. La respuesta posterior ya la conocemos: la destrucción total de Gaza, pasando de ataques selectivos a la aniquilación de más de 70.000 personas, con la excusa de buscar a los terroristas de Hamás. La misma acción que ahora se está llevando a cabo en el Líbano para crear lo que se denomina una franja de seguridad en el sur del país, desde donde actúan los grupos de Hezbolá, respaldados por Irán.
La gran oportunidad
Para Netanyahu, ahora es su oportunidad definitiva. Opuesto a la creación de un Estado palestino, se ha encargado durante sus más de 16 años en el poder de hacerla completamente inviable, poco a poco, de forma taimada y constante. Ya en 1996, al llegar al poder, aprobó la construcción de 24 nuevos asentamientos en los territorios ocupados y la colonia de Har Homa en Jerusalén Este. Ha ido imponiendo más controles que hacen la vida cada vez más difícil y dura para los palestinos, condenados a vivir bajo la ocupación en su propia tierra.
La destrucción, con impunidad, de tierras de cultivo o viviendas se justifica siempre con el mismo argumento repetido: la seguridad y la lucha contra el terrorismo. Así ha ido estrechando el cerco, buscando la respuesta a la provocación para actuar con contundencia. Poco a poco, paso a paso. Sin dar aire para respirar, sin dar ninguna oportunidad a la paz y en busca de la rendición total.
En los Acuerdos de Abraham, durante el primer mandato de Trump, se firmó el reconocimiento mutuo entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Sudán y Marruecos. Se rompía así el principio de que el reconocimiento de Israel por parte de los países árabes dependía de la creación de un Estado palestino. Justo cuando Hamás lanzó su ofensiva, Arabia Saudí estaba negociando, bajo los auspicios de Estados Unidos, el reconocimiento de Israel. La causa palestina iba quedando cada vez más fuera de la agenda global.
Una nueva perspectiva
Acabar con el poder regional de Irán gana así una perspectiva histórica. Sería acabar con el único país que continúa apoyando vital a la causa Palestina, en una región donde la guerra constante ha llevado a la destrucción de países enteros.
Irak, que no tenía nada que ver con los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York , vivió la invasión norteamericana y la muerte de 200 mil personas. Todavía ahora vivo volcado en la reconstrucción. La guerra civil Siria, que tiene una parte ocupada por Israel, provocó más de 600 mil muertos. La guerra civil en el Líbano, que ahora tiene una parte ocupada por Israel, se estima que causó entre 120 mil y 150 mil víctimas a lo largo de 15 años.
Ahora toda la región vuelve a vivir bajo la amenaza de un conflicto a gran escala. Algunos han decidido dar la batalla definitiva, jugárselo todo para cambiar definitivamente la región. Es ahora o nunca. Benjamin Netanyahu ha vuelto a enviar sus soldados en el Líbano, ha bombardeado Irán con el apoyo de un presidente norteamericano que también quiere salir a los libros de historia, pero que quizás tendrá que sacar el pie del acelerador por la proximidad de las elecciones de medio mandato.
Trump no se puede permitir perder una guerra que ha empezado en el Despacho Oval en contra del criterio de algunos de los asesores militares más próximos, a quién Trump despidió -como siempre hace con quién le lleva la contraria. Algunos psiquiatras como *Bandy Lee, que publicó “El peligroso caso de Donald Trump”, no lo consideran apto para tener 5 mil ojivas nucleares en su mano: la capacidad de destruir el planeta siete veces.
Quién ganará la batalla todavía es una incógnita, pero el que es seguro es que esta forma de solucionar los problemas, a base de la horca y la guerra, no augura nada de bono para el futuro de nuestro planeta ni por el futuro de la humanidad, empezando por los 90 millones de personas que viven en Irán.
Nadie esperaba el inicio de la primera guerra mundial, después del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, el 1914, a manos de un nacionalista serbobosnio. Poco después, Europa vivió horrorizada la primera y la segunda guerra mundial, con millones de muertes en todos los continentes. De aquí nació la necesidad de establecer un sistema de reglas internacionales, para evitar que las disputas acabaran arrastrarnos a los errores del pasado.
Cuando se dispara el primer disparo, como el que acabó a traición con la vida de Yitzhak Rabin, nunca sabemos donde nos llevará. No sabemos si se podrá parar el que está para venir. El que sabemos es que el mundo ha caído en manos de los que únicamente vuelan “su nación primero”, la arrogancia se ha convertido en un lenguaje habitual, y la extrema derecha está cogiendo peligrosamente impulso para marcar los próximos pasos.

