Desde tiempos inmemoriales existen voces que nos instan a no mezclar deporte con política cada vez que se quiere hablar de un certamen deportivo. Si bien esa estricta separación obedece siempre a un ejercicio ficcional en el que se obvian multitud de variables para hacer como si la competición deportiva discurriera libremente y al margen de todo, les concedo que en determinados casos nos podemos hacer los locos y, en aras del disfrute, se puede hacer el esfuerzo de obviar la dimensión política del deporte. No obstante, en otras ocasiones esto se vuelve prácticamente imposible, bajo riesgo de frivolidad o ignorancia. Ante el Mundial de 2026 nos encontramos claramente ante esta segunda situación.
Para ponernos en situación. Omar Artan es un árbitro somalí valorado como el mejor del fútbol africano durante el año 2025. En este sentido, estaba convocado a participar en la Copa Mundial de la FIFA 2026 pero finalmente no lo hará porque, a pesar de tener toda la documentación en regla, se le ha negado el acceso a los EEUU después de más de 11 horas de interrogatorio en un aeropuerto norteamericano. ¿La razón? El propio Omar Artan esgrime que no se le deja entrar porque la administración política de los EEUU sostiene un conflicto diplomático con Somalia. Si apenas tuviéramos solo esta información quizás no podríamos hablar de arbitrariedad, ni tampoco de xenofobia o racismo. Sin embargo, debido a que la verborrea de Trump le lleva a dar detalles en público de todo tipo de asuntos… Tenemos incluso declaraciones suyas en las que menosprecia a Somalia y directamente califica de “basura” a los somalíes que emigran a los EEUU.
No obstante, se podría argumentar que la situación de Omar Artan es un caso particular y que si acaso las tensiones con Somalia son también excepcionales y no se aplican, o no de la misma manera, al resto de países del mundo. El problema de esta réplica es que no está teniendo en cuenta que la entrada a los EEUU no solo se ha complicado mucho para los somalíes sino que, en una escala distinta, se está planteando un rígido acceso a través del control exhaustivo de las redes sociales de los individuos que quieren visitar el país de las barras y las estrellas.
En este clima político, con el genocidio en Gaza casi olvidado pero persistiendo, las agresiones al Líbano por parte de un Israel que no respeta ni las treguas que Trump les marca, el conflicto con Irán irresuelto… Sí, en esta situación se celebra el Mundial de fútbol del presente año 2026. No se trata de problemas puntuales o menores.
Por lo tanto, no estamos hablando únicamente de los habituales (aunque aberrantes) “maquillajes” de la pobreza que se producen antes de infinidad de eventos deportivos y que claramente interpelan a la dimensión política del deporte… Por cierto, también se están dando en algunos puntos de México para este Mundial de 2026, por desgracia.
Y en este punto alguien me podría plantear si al final no sería incluso peor cancelarlo o ignorarlo (boicotearlo), si eso no significaría renunciar a un entretenimiento que “no hace daño a nadie” y que, más al contrario, nos puede ayudar a distraernos de este cúmulo de problemáticas que tampoco se resolverán si el Mundial no ocurre. Y sí, debo conceder también que el hecho de que el Mundial se celebre o no se celebre no va a cambiar toda la situación anteriormente descrita. Tampoco se trata de flagelarnos y amargarnos infinitamente e indefinidamente pues hay quién disfrutará viendo los partidos y, tal vez, apoyando a la selección que considere.
Pero lo que aquí se escribe no es una suerte de alegato por la cancelación del Mundial, ni mucho menos. Más bien, se trata de poder vislumbrar el clima raro e incómodo que gira alrededor del mismo y como aquellos mismos que nos invitan a separar política y deporte desde la propia organización de la FIFA son precisamente los que conceden sedes mundiales obedeciendo a criterios no estrictamente deportivos (presuntamente). Y los que desde la casta política nos invitan a que disfrutemos del deporte sin darle más vueltas buscan alimentar el interés por cualquier evento deportivo para lavar su propia imagen, para promocionarse y, quizás, para ver si se puede hacer algún bonito negocio de entremedias.
Quizás aquello de pan y circo sea una fórmula un tanto sobreexplotada pero… ¿Hasta que punto nos hemos separado de ella? La respuesta quizás nos incomode un tanto: sí, nos separamos de ella porque el deporte ya no es solo un entretenimiento para distraer a las masas es, sobre todo, una oportunidad para endulzar las mentes de muchos y agrandar los bolsillos… De unos pocos.

