«Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y sin embargo sigo jugando porque no tengo alternativa». Con estas palabras, el tenista Andre Agassi describía en sus memorias (Open) la paradoja de la presión psicológica: el abismo entre lo que uno desea y lo que en realidad hace. Él, como después la gimnasta Simone Biles —que renunció a defender su título olímpico— y, más recientemente, Carlos Alcaraz, Lamine Yamal o Rosalía, forman parte de una generación de talentos precoces que, antes de los 25 años, alcanzan la élite mundial. Ni sus millones de seguidores ni su fortuna los han librado de crisis psicológicas —de distinta intensidad— ni de críticas, a menudo despiadadas, en redes sociales y algunos medios.
La virtualidad amplifica sus éxitos, pero también exige un peaje: casi nada de sus vidas permanece oculto. Cada relación sentimental, opinión cultural, religiosa o social —o incluso gestos que pueden adquirir relevancia política— es escrutada con minuciosidad. Como si fueran sujetos transparentes, la audiencia digital reclama una disección constante para otorgarles aprobación o condena. Sienten, en palabras de Biles, «el peso del mundo sobre mis espaldas»: un mundo que funciona como un ojo omnipresente. Lacan se refería a ello con su tesis del mundo omnivoyeur: la mirada funciona como un objeto privilegiado de la satisfacción, miramos, somos mirados y nos damos a ver.
Las pantallas nos miran porque nos atrapan y suspenden nuestra atención en un fascinum que no termina nunca. Muchos de estos jóvenes incluyen en los contratos para sus colaboradores normas estrictas de confidencialidad que no solo prohíben difusión de imágenes, sino también cualquier contacto con ellos (hablarles, acercarse demasiado) como barreras ante esa mirada que sienten como una presencia inquietante.
Deportistas, cantantes, celebrities no compiten solo con sus rivales, sino, sobre todo, con la hiperexposición. ¿Cómo huir entonces de sí mismos, de esa imagen y de la mirada omnipresente que los persigue sin descanso, de ese deseo moldeado con las expectativas ajenas? O, simplemente, ¿cómo no decepcionar a quienes viven pendientes de ellos?
Satisfacer a ese «Otro» que ellos mismos han contribuido a construir puede resultar extenuante. Y, a veces, como explicaba Agassi, no excluye una forma de rebeldía inconsciente que conduce al fracaso. Por un lado, el sujeto persigue el éxito y trata de cumplir las expectativas; por otro, se resiste internamente y sabotea su propia meta para no quedar completamente alienado. Se trata, en parte, de un fracaso aparente del yo, pero también de un triunfo del sujeto, que se niega a convertirse en un mero instrumento del deseo ajeno. Ciertos «errores» o deslices de Alcaraz, Yamal o Rosalía no son solo torpezas de novatos, tienen su fundamento inconsciente y responden a esa lógica de rebeldía ante una exigencia, consentida y, al tiempo, rechazada.
Aguantar la presión —ese «siempre un esfuerzo más»— depende de factores externos, como la exigencia social, pero sobre todo de la capacidad de cada cual para tolerar la decepción respecto a lo que otros esperan de él. Quienes, desde muy jóvenes, han orientado su vida a complacer al otro son, por ello, especialmente vulnerables.
Quizá por eso una buena fórmula para soportar la presión sea aceptar que cierto grado de fracaso no tiene nada de patológico. El éxito está, en parte, sobrevalorado: el fracaso no es un destino, sino nuestro punto de partida —desde el nacimiento, que nos hace dependientes de quienes nos cuidan—. Fallar permite renovar el deseo de seguir en el partido de la vida o, como diría Biles, encontrar el coraje para volver a volar.

