En 1964 Nelson Mandela es condenado a cadena perpetua por sabotaje y conspiración. Con anterioridad, este había agitado las calles llamando a la acción contra el régimen segregador y abominable del Apartheid que imperaba en Sudáfrica desde 1948. Por aquel tiempo, la mayor parte de la esfera internacional, encabezada por las potencias occidentales dominantes como Reino Unido o EEUU, no dudaba en calificar a Mandela como terrorista, así como, en general, a la ANC y a cualquier movimiento que tratara ya no solo de revertir el orden injusto existente sino incluso a protestar contra él (al fin y al cabo, toda protesta era vista como una insurrección en ciernes).
Al morir en 2013, huelga decir que Nelson Mandela era un icono político-mediático reconocido mundialmente y ensalzado de forma casi unánime e, incluso, de una forma más pronunciada por parte de aquellas fuerzas políticas y potencias internacionales que en su día no solo alentaron su entrada en prisión, sino que lo condenaron al ostracismo y al rechazo moral más absoluto.
Entre esos dos puntos, medio siglo en el que sucedieron muchas cosas. La masacre de Soweto en 1976 marcó un punto de inflexión; progresivamente las protestas se fueron tornando cada vez más masivas y generalizadas, a la vez que fue virando la mirada internacional a posiciones más matizadas. A principios de los años 90 el régimen del Apartheid fue tumbado entre protestas y una lucha creciente contra la injusticia del sistema. En 1994 Nelson Mandela, excarcelado poco antes, es elegido como primer Presidente de la nueva República de Sudáfrica.
Por supuesto, es imposible resumir en tan pocas líneas un proceso tan complejo, extenso y rico en detalles como el Apartheid sudafricano. Sin embargo, para la finalidad de este artículo estimo que lo aportado es más que suficiente. De hecho, es posible que usted que me está leyendo sienta ya una suerte de sudor frío recorriéndole, pensando que lo que se acaba de narrar le suena de algo, que le resulta incómodamente familiar.
Por si acaso, seamos un poco más explícitos. Año 2025. Desde el atentado de Hamas del 7 de octubre de 2023 la respuesta de Israel en la Franja de Gaza no para de escalar. Los bombardeos cada vez parecen más indiscriminados y, por lo tanto, parecen tener menos sentido (aunque realmente fueron barbaros desde el primer momento). Las muertes de civiles se incrementan a un ritmo frenético y se tornan cada vez más difíciles de verificar, antojándose, por desgracia, muy superiores en número que lo que los datos oficiales pueden registrar. La hambruna es una realidad cada vez más palpable porque Israel obstaculiza continuamente la llegada de camiones con ayuda humanitaria, lo cual agrava el problema de forma dramática, especialmente entre los niños de Gaza, que son aproximadamente la mitad de toda la población asediada.
Ante esta dantesca situación, Israel se enfada soberanamente cada vez que se tilda el genocidio que se está cometiendo como tal (pero solo hace falta revisar la definición de diccionario) y considera que cualquier cuestionamiento a su actuación no es sino un acto de antisemitismo y de complicidad con el yihadismo. Su mayor aliado internacional, EEUU, presiona a las universidades para que controlen las declaraciones de sus estudiantes en favor de la paz y la liberación de Palestina, considerando que este tipo de actos son apología del terrorismo (¿les suena esto de algo?). La Unión Europea, así como el resto de las mayores potencias mundiales, han mirado hasta ahora para otro lado, negándose durante mucho tiempo a suspender relaciones comerciales con Israel, a condenar el genocidio que están cometiendo y, en general, a presionar de forma real y efectiva a Israel de ninguna forma.
Pero, decíamos, es 2025. Y algunos gestos parecen tímidamente vislumbrar un cambio de paradigma a medio plazo. Reino Unido acaba de suspender las negociaciones comerciales con Israel e incluso la Unión Europea se está reuniendo para valorar cómo reaccionar ante la escalada exponencial y sin límite de la crueldad y la brutalidad israelí en la Franja de Gaza[1].
Por supuesto, todo gesto llega ya tarde y, en todo caso, todo gesto será siempre insuficiente si no culmina con el fin de la barbarie e, idealmente, con la depuración de las responsabilidades contraídas por quiénes han actuado criminalmente. Pero bienvenidos sean dichos gestos, si acaban conduciendo hasta dicho final.
En todo caso, lo importante a destacar de estos gestos, tal y como vimos con el ejemplo histórico del Apartheid en Sudáfrica, es que denotan que “el lado correcto de la Historia” es una suerte de alfombra que se va deslizando, que tal vez aquellos que hoy en día niegan el genocidio, e incluso alardean de su apoyo incondicional a Israel, serán los primeros en denostar al gobierno de Netanyahu y utilizarlo como arma arrojadiza con la que comparar toda política cruel del futuro e, incluso, tal vez, defiendan la causa palestina como la causa de la humanidad (a la vez que habrán tenido que borrar sus tuits sobre cómo se gastaron 20 euros en Eurovisión para votar por Israel).
El Apartheid cayó no porque fuera un sistema injusto, que lo era, sino porque se luchó arduamente de forma local y, también, porque finalmente se dejó de negar la evidencia de su criminalidad (internacionalmente). Israel se sostiene a día de hoy bajo la categoría de una potencia colonial que hace y deshace a su antojo en Cisjordania y Gaza, ante una población desamparada y a su merced.
Para terminar, no está de más recordar que el propio Mandela dijo una vez (1997) que: “Sabemos muy bien que nuestra libertad será incompleta sin la libertad de los palestinos”.
[1] No obstante, apenas unos días antes de estos gestos, Israel movió a sus aliados para promover el televoto en Eurovisión, un lugar donde reivindicarse, a pesar de ser claramente un certamen “apolítico” (como todos sabemos, claro está).

