
Informo a la gentil audiencia que esta próspera primavera que termina con un calor virulento aún me impide pasear como me gusta para poder analizar y escribir al dedillo la Historia ágrafa de Barcelona, pero suele decirse que no hay mal que por bien no venga.
La solución que he adoptado, demencial para cualquier otro ser humano, consiste en darme brío casi de madrugada, cuando termino mi trabajo en la radio. Salgo a las once de la noche y aprovecho los quilómetros caminados para bajar toda la adrenalina de la emisión, calmándome al observar cómo la ciudad se transforma con gran celeridad, de modo casi invisible porque los logros en los márgenes venden menos y tienen alrededor muchas catástrofes ocultadas por la administración socialista, idéntica en eso, aunque más eficiente al no tener tantos detractores y gozar de experiencia, a los Comuns de Ada Colau.
Antes de comenzar una múltiple crítica argumentada, en realidad de persona que va a los sitios donde ocurren los hechos, lanzaré un elogio inesperado. Des del 22@ andé sin muchas prisas por el Clot y el passatge Gassol hasta Concili de Trento, nombre que los franquistas pusieron a la continuación de Consell de Cent porque en la periferia somos menos que en el centro hasta para el nomenclátor.

Una vez dejas atrás Bac de Roda la calle se adapta a la morfología y al llegar a la biblioteca Gatcía Márquez genera un ambiente propio que es una magnífica forma de salvar obstáculos y plantear un limbo integrado, aunque distinto al resto de todo este conjunto, más notorio de lo que a simple viste parece, en esencia porque nadie va y tampoco interesa a los medios, excepto en bodas, bautizos y comuniones.
De la Biblioteca ascendí hasta la iglesia de Sant Martí del Provençals, mientras pensaba en mi ruta de la mañana anterior, con visita a la torre del Fang, sin plan de rehabilitación al menos hasta 2027, debería dar vergüenza a los concejales, y muy bien rodeada del futuro parque, en la actualidad con árboles dalinianos y el puente de Calatrava al fondo. A su derecha subsiste un campamento de barracas, mientras la mafia de la chatarra enclavada hasta hace poco en la torre medieval tomó las de Villadiego.
¿Adónde fueron? Debo advertiros que en Barcelona, si no se efectúan deprisa las obras en los solares vacíos, estos se llenan de barraquismo espontáneo que luego se consolida, sin nada que envidiar a sus antepasados de los años 50.
Desde la iglesia de Sant Martí, bonita en cualquier tesitura pese a la vecindad de tanto bloque antiestético, prosigo por el pont del Treball Digne hacia la nau Bostik en la Sagrera y su homónima torre. En la curva precedente detecto no una apertura, sino metros y metros de barracas que la noche enmarca con muchos jalones posmodernos, del Calatrava a la torre Agbar. Hay chatarreros, hombres y mujeres del Este de Europa, negros africanos y al menos un albanés, con quien hablé el domingo por la mañana.

A esa hora, apenas pasada la medianoche, miré desde cerca y luego fui al otro lado para panoramizar. Retuve lo visto y las sensaciones, conminándome a retornar, como hice desde el Guinardó. Descendí por Garcilaso y fui directo al puente. Saqué las fotos primarias para este artículo y conversé con el albanés a cambio de reposar unos minutos la cámara. Él había aterrizado hacia poco y sí, algunos podían ser de la torre del Fang, como evidenciaban numerosos carritos, pero en el campamento había gente de todas las nacionalidades.
Me despedí y procedí a averiguar el perímetro de la barracopolis. El “algunos podían ser de la torre del Fang” tampoco me sorprendió porque toda Gran de Sagrera es un campo de miseria en el que, como en Vallcarca, acontecieron incendios. Lo hemos comentado en esta columna en decenas de ocasiones, sin respuesta y, dicen, sin escucha. Sin embargo, ese barraquismo intensivo ahora se concatena con el del pont del Treball Digne, que muere en Berenguer de Palou con Garcilaso, sin miradas ajenas al ubicarse detrás de un edificio de vivienda pública de nuevo cuño.
Antes de recorrerlo vi a una mujer sentada en el suelo con algunas pertenencias. Su domicilio estaba tras una verja. Debía ser la díscola del barrio improvisado e invisible para la mayoría de pasantes, no digamos para gobernantes y demás sospechosos habituales.

Ahora la cabeza es la mini urbe del pont del Treball Digme por el exilio de los del de Calatrava. Gran de Sagrera tiene un subsuelo detrás de muros ruinosos con ancianas que tienden la ropa, niños que juegan y señores que plantan palos en el suelo. Las banderas sirven para tapar vergüenzas. A la vera vemos la estación de mercaderías, según una fuente a demoler, cuando es un histórico que da identidad a la zona, además de poder reformularse desde lo habitacional o los típicos equipamientos. ¿Pot qué no un museo del ferrocarril que engarzaría con la Bostik y la Nau Iwanov para parir un nuevo eje cultural de periferia?
En una de las ventanas de la estación un cartel, del que no cuelgo la instantánea que saqué al no ser clara, clama por un poco de piedad hacia esas familias vulnerables con niños de 0 a 12 años. La piedad municipal estriba en dejar que malvivan hasta una emergencia de obras. Antes toleran sin temer por su imagen, pues los márgenes suelen caer en el ostracismo. ¿Conocían los barceloneses de los setenta las barracas de La Perona?

Algunos sí, mientras los demás continuarían en la rutina de casa al trabajo y del trabajo a casa. Ahora La Perona tiene sucesores. Es otro puñal de la crisis de crisis de nuestro siglo en Barcelona, Catalunya y España.
El consistorio de Jaume Collboni ama actos que vendan globalización de su tarea y la sordina en lo local. Curioso ese ir arriba abajo con el avión sin haber paseado por estos rincones tratados de manera arbitraria o desde la inacción. Esto se aprecia, asimismo, en cómo han cambiado el nombre del passatge de Bofarull, que recuerda a una calle de calado aún existente y sin ninguna memoria histórica pagada por el municipio, por Miquel Garralaga. Las naves de la izquierda, aún con los logos de empresas de antaño, se remodelan en su interior para gentrificar como dios manda.
Si esa promoción de medallas en el exterior beneficia a la ciudad no tengo nada en contra, aunque agradecería, sobre todo desde el socialismo barcelonés, un pensar en Maragall y su caminar todos los barrios. Él, en el funeral de Joan Brossa, me animó a perderse, señal que con los años entiendo cómo la manera ideal de encontrarme. En el paseo con seriedad de las setenta y tres barriadas no se va a remozar la fachada para que quede bonito, sino a romper la pared para resolver las problemáticas.


