Es bastante probable que sólo leas en este artículo una opinión capaz de mezclar la visita papal con el centenario del atropello de Gaudí de la siguiente manera: ninguno cambiará nada en cualquiera de sus tesituras. La política permitirá a Salvador Illa sentirse contento por acompañar a uno de sus ídolos mientras se omiten las problemáticas que preocupan de verdad a los habitantes de Catalunya. Asimismo, la imagen del arquitecto seguirá desdibujada mientras se vende el triunfalismo en torno a la Sagrada Familia, fantástico para no plantear debates en la mesa que van del urbanismo a la religiosidad, según algunos medios de moda por una película y la ínclita Rosalía, nombre que sirve para llenar casi cualquier hueco.
Hará cosa de dos semanas preparé un reportaje en el cual argumentaba bastante a las claras la concepción catalana sobre Antoni Gaudí. Este año se montarán exposiciones y hasta se publicarán libros sobre su figura, pero lo cierto es que su perfil biográfico da igual, pues es un producto desde hace decenios y, por lo tanto, su misión es la de aumentar la caja recaudatoria.
Los souvenirs relacionados con su persona suponen unos 240 millones al año. Es el éxito de una fórmula, a la que debería poner mi copyright pese a que ya me la copiaron, la del MessiGaudí, combinación de panem et circenses. En el caso del Barça la rueda seguirá sin el argentino, pero si la estrella es el arquitecto tenemos un fenómeno propio de cualquier centro turístico, como Barcelona, una de las princesas que mejor sabe ofrecerse al mejor postor.
A partir de esto se hilvana un discurso donde el autor de la Pedrera ha sufrido un absoluto vaciado de sus esencias, quedándose como un cuerpo idóneo para manipular con el objetivo de exprimirlo en pos de grandes beneficios económicos, recaudados con esmero por la Iglesia, una tesela más del parque temático.

Si lo recorremos por zonas quizá comprenderemos con más garantías su dimensión. El barcelonés ha sido educado para conocer, a lo sumo, el nombre de tres arquitectos. Uno es nuestro protagonista y los otros dos son Domènech i Montaner y Puig i Cadafalch, ambos cada vez más desdeñados, no por el nivel de sus contribuciones, sino por el fomento de la ignorancia, tanta que pocos saben cómo fueron decisivos a la hora de forjar una identidad nacional mediante su arte, implicándose en la política de su época.

Por supuesto hay más nombres, pero ya realizamos la loa a los otros en todos y cada uno de los textos de las Barcelonas. Esta trilogía se reúne en una línea casi recta del Passeig de Gràcia. Domènech tiene la casa Lleó Morera, bellísima y concordante con la Ametller de Puig por el trabajo del escultor Eusebi Arnau. Gaudí atrae las miradas por la Batlló, una especie de atracción de feria que, como el camaleón, cambia de color no en función de las emociones, sino para contentar a la inteligencia contemporánea de Instagram.

Esta se parece bastante a los comentarios del experto condal David Uclés, quien, al mencionar la Sagrada Familia, usa adjetivos rimbombantes de elogio, porque, de este modo, se adhiere a ideas normativas y anula la que debería ser su papel de intelectual crítico, que nunca tuvo ni tendrá. Supongo que desconoce la casa Calvet del carrer Casp, una perla civil, si bien tampoco podemos acusarlo de nada, porque su conocimiento, precisamente por rebosar oficialidad, es idéntico al de los peatones, sean locales o turistas.

Son cosas de la autopista de consumo que no quiere mejorarse mediante métodos para propiciar el conocimiento y crear un espacio mucho más saludable en todos los sentidos.
Gaudí en esto sale perjudicado no sólo por ser una caricatura icónica. Bellesguard, los mosaicos de Sant Pacià en Sant Andreu y hasta las farolas de la plaça Reial quedan fuera de juego ante el resto de sus aportaciones condales. La crítica no es hacia su labor. Eso sería absurdo. El dedo en la llaga apunta a la prostitución de su legado, explotado hasta un abismo nulo de contenido, con dos agravantes extra, adorados por los ayuntamientos, encantados con tenerlo como un maná capitalista.
El primero es su aceptación como símbolo, eso sí, sin indagar de verdad en quién fue o qué hizo. Su retrato no es ni siquiera parcial. Aun así destaca, desde la nada, por encima de otros barceloneses relegados a las periferias intelectuales o geográficas, caso de Carlos Barral o Francesc Ferrer i Guàrdia, por no mencionar los nombres políticos del nomenclátor y la estatuaria más comprometida; no en vano, es sólo un ejemplo prístino: la plaça de la República se halla en Nou Barris, que así para el consistorio debe sentirse más de izquierdas mientras los políticos no la pisan y por eso sube VOX en ese margen ciudadano.
El segundo es desaprovechar a Gaudí desde el municipalismo. La desinformación sobre la escalinata, que quieren montar por activa y por pasiva, es de un cinismo asqueroso. Perderemos pasajes patrimoniales y otros elementos de valor para poner la guinda a un templo dentro de la ciudad laica, una basílica expiatoria contra el obrerismo y las luchas que vertebraron la capital catalana, antes sumisa a la Iglesia, ahora de rodillas ante el turismo.
¿Por qué no aprovechar el tema para lanzar un referéndum bien trabajado que inaugure una nueva era de democracia participativa en Barcelona? No hablo de votaciones con un 5% del censo implicado. Lo que propongo es dar la ciudad a sus habitantes, hacerlos partícipes de las decisiones para cambiar el pulso que caracteriza nuestro siglo. No lo harán porque tienen miedo. Quizá ese temor da esperanzas para comprender cómo aún puede existir una iglesia de los pobres, ahora sin Dios y quizá dentro de poco sin un techo donde vivir, dada la pasividad política ante la crisis de la vivienda mientras la postal se impone sobre el asfalto quemado.

