Los recuerdos se acumulan y pugnan por salir a la luz estos días, mientras con diversos actos, exposiciones, documentales, libros y otras publicaciones… celebramos el cincuentenario de aquellas míticas jornadas. Diarios, radios y televisiones están entrevistando a algunas de las participantes.
Entre la mayoría prevalece la memoria de un momento significativo, casi iniciático para muchas, la alegría de ver a tantas mujeres reunidas para hacer oír su voz y compartir agravios, vivencias y sentimientos hasta entonces silenciados, la constatación de la diversidad de las asistentes, la enorme participación en los debates, la larga fila de mujeres haciendo cola para coger el micro y proclamar en voz alta anhelos durante mucho tiempo ocultos o expresados solo en los círculos de amigas más íntimas. Y quienes participamos en la organización no podemos dejar de evocar la sorpresa por el éxito de la convocatoria: más de un año de preparación y la difusión previa de las ponencias ciclostiladas, con presentaciones en los barrios de la ciudad y por todo el país, habían dado buenos frutos. Y destacamos la aprobación por aclamación, con grandes y largos aplausos, de las conclusiones, con un encabezamiento que las definía como provisionales al tiempo que expresaba el deseo de que fueran el comienzo de toda una actividad.
Las hemerotecas con tono de maestrillos no nos dejan olvidar, sin embargo, que en las Jornadas también hubo enfrentamientos —e incluso “bofetadas”— y nos presentan acusaciones cruzadas de falta de democracia e intentos de silenciar las opiniones contrarias. Y es cierto que hubo debates intensos, gritos y enfrentamientos, sobre todo en relación con las propuestas sobre la familia y la futura articulación política del feminismo.
¿Cómo se explica entonces esta disonancia entre la memoria de lo vivido y unos incidentes que no encajan con las imágenes de sororidad y emoción compartida que muchas conservamos de aquellos días? Una confrontación que hace aún más remarcable que al final prevaleciera la voluntad de llegar a unas conclusiones compartidas y abrir la puerta a seguir trabajando para alcanzar una confluencia.
Obviamente, había el deseo de sacar adelante todas aquellas reivindicaciones y hacer realidad los cambios tan deseados y necesarios con la abolición de todas las leyes que discriminaban y penalizaban a las mujeres. Y la conciencia de que terminar aquel encuentro divididas y enfrentadas habría sido un fracaso y un paso atrás que no podíamos permitirnos.
Pero más allá de eso había también, pienso, todo lo que engloba el lema “Lo personal es político”: la necesidad de dar sentido político a nuestras vivencias y deseos, de hacer patente que la tarea de buscar una nueva manera de estar en el mundo, lejos de la definición restrictiva que nos ofrecían los modelos establecidos no era una labor individual sino colectiva y que nuestro malestar no era un problema privado sino el síntoma de un orden patriarcal que excluye a las mujeres y les niega la posibilidad de actuar como sujetos de su vida. Y a lo largo de las Jornadas habíamos visto reflejado este sentimiento y esta aspiración en muchas otras con experiencias de vida muy diferentes a las nuestras, un vínculo que nos unía pese a tener quizá propuestas divergentes sobre el camino a seguir.
Así, sin ser quizá del todo conscientes, un consenso de fondo en torno a lo que nos unía permitió dejar espacio para el disenso en propuestas concretas. Un camino que a lo largo de los años ha inspirado propuestas como la de la Xarxa Feminista, creada en 1996, veinte años después de las primeras Jornadas, y concebida como un entramado de vínculos diversos que, en los momentos dulces, cuando reconocemos que consenso y disenso no son antagónicos sino complementarios, nos permiten dar y recibir sin cortar las alas a los proyectos propios.
Vínculos que esperamos poder renovar y fortalecer en las jornadas “Feminismos en revuelta 1976-2026…” (Barcelona, 12, 13 y 14 de junio, en el recinto Fabra & Coats).

