“Un día, todos siempre habrán estado en contra.” Esa frase —lanzada por Omar El Akkad (El Cairo, 1982) en un tuit que se difundió como la pólvora— funciona como diagnóstico y como condena. Un retrato incisivo de la hipocresía que impregna el relato occidental sobre Palestina. Ahora, este periodista y escritor de origen egipcio la desarrolla sin concesiones en “Algún día todos siempre habrán estado en contra”, una recopilación de ensayos y memorias que no busca complacer, sino incomodar.
El libro es una acusación clara contra el silencio —y la connivencia— del mundo occidental ante la matanza sistemática del pueblo palestino. El Akkad no habla desde un despacho ni desde la distancia. Ha estado en Afganistán, Guantánamo y en las rutas de la diáspora. Pero también ha crecido entre Catar, Canadá y Estados Unidos. Conoce el poder de la narrativa y el peligro de creerse neutral. Por eso afirma sin rodeos: “Mis impuestos pagan esas bombas”.
Este es un libro que corta. No solo por las imágenes que evoca, sino por la lucidez con la que desnuda el discurso humanista de Occidente. Un humanismo condicional, excluyente, que se desactiva cuando las víctimas no encajan en el canon. Lo que ocurre en Gaza no es un accidente, nos dice El Akkad. Es el resultado de una arquitectura narrativa pensada para relativizar, deshumanizar y justificar al opresor.
Los medios de comunicación juegan un papel central. Con un lenguaje aséptico y eufemístico, contribuyen a construir una “equivalencia moral” entre verdugos y víctimas. “Hay toda una industria dedicada a hacer que el sufrimiento de los palestinos parezca ambiguo”, escribe el autor. El libro desmonta ese mecanismo con una mezcla de crónica, análisis político y vivencia personal que hace imposible la indiferencia.
El Akkad no solo señala hacia afuera. También se mira al espejo. Habla de su paso por el liberalismo norteamericano, del proceso de ruptura con sus propias convicciones, y de la responsabilidad de quienes viven en los márgenes del conflicto, pero participan en él por omisión. El silencio, nos recuerda, no es neutralidad: es complicidad.
Leer este libro es un ejercicio incómodo. Y debe serlo. No hay espacio para la comodidad cuando lo que está en juego es una masacre retransmitida en directo. Este libro no reconforta. Golpea. Y, sobre todo, obliga. Obliga a dejar de mirar hacia otro lado. Obliga a hablar, a actuar, a elegir. No nos redime. Pero nos fuerza a empezar.
El genocidio en Gaza no necesita más análisis técnico ni metáforas ambiguas. Necesita voces que rompan el cómodo consenso del silencio. Voces como la de Omar El Akkad. Su libro es una denuncia clara y contundente, pero también un llamamiento a la responsabilidad. Cuando todo esto acabe, ¿podremos mirarnos al espejo? Y lo más importante: ¿podremos decir que hicimos algo?

