En el año 2015, en pleno auge del Procés, Gabriel Rufián se convirtió en diputado del Congreso por ERC. No tardó mucho en darse a conocer en los medios al decir que “en 18 meses dejaré mi escaño para regresar a la República Catalana”. Estas fueron sus primeras palabras virales, unas que le generaron una profunda animadversión por una parte de la sociedad española que, aún hoy, le recuerda de vez en cuando estas declaraciones. Pero también fueron importantes en cuanto a la definición del carácter político de Rufián. Este iba a abanderar a partir de ese momento una forma de hacer las cosas diferente a lo que se acostumbraba: alguien sin miedo a confrontar directamente (algo que, huelga decir, en ese momento era bastante inusual).
Por supuesto, desde 2015 ha llovido mucho. El Procés creció, fue perseguido y finalmente colapsó sin conseguir la independencia de Cataluña. Y de mientras le iban apareciendo las primeras canas, Rufián fue virando su planteamiento político hacia una estrategia que él nunca tuvo reparos en explicitar: tratar de ser lo más útil posible al servicio del cambio socio-político progresista. Durante esta transformación Rufián mantuvo en todo momento su carácter directo y su estilo de confrontación, añadiendo a la ecuación una vocación de pragmatismo político.
El pragmatismo de Rufián se traduciría en la apuesta, como él comentaba recientemente, por el malmenorismo: no es la simpatía o proximidad hacia el PSOE lo que le predispone a darle su apoyo, pues lo comprende como un partido que no toma medidas de izquierdas a menos que se sienta realmente forzado a ello, sino el temor a una alternativa peor que abra la puerta al fascismo de la mano de PP y VOX.
A mi modo de ver, este malmenorismo es uno de los puntos más delicados de Rufián. Si bien es cauto al advertir del riesgo de que el ansía de pureza ideológica de la izquierda le lleve a la inacción y al derrumbamiento de sus posibilidades, lo cierto es que en el enfoque malmenorista se pierden infinidad de matices y variables, siempre en pos de evitar un mal mayor que, tal vez, solo se está posponiendo al intentar taponar las vías de agua (en vez de construir una nueva barcaza que sustituya a la ya agrietada).
A su vez, este pragmatismo en el que se simplifica la problemática con su estilo tajante, provocador y con un lenguaje accesible, le ha llevado a que su figura trascienda las ambiciones y la estructura de ERC. En este sentido, en las líneas anteriores he escrito sobre el apoyo de Rufián al PSOE, como si fuera esto una cuestión individual. Por supuesto, él sigue la tradicional disciplina de partido en España. Sin embargo, de un tiempo a esta parte su figura ha sobrepasado la esfera de actuación de su partido, viéndose de alguna manera como un aglutinador del voto de izquierdas en España. De hecho, la transparencia del personaje político es tal que ni siquiera en esto estamos leyendo aviesas intenciones: no hace muchos meses abogó por la creación de una coalición política de izquierdas plurinacional, sea lo que sea eso.
Desde luego, es imposible entender el auge de una figura como la de Rufián sin el clima reaccionario que se está viviendo internacional y nacionalmente. Su carácter directo es aplaudido porque, de alguna forma, hay un cierto clamor popular que pide que esta reacción sea contestada tajantemente, lo que le permite emplear a Rufián la brocha gorda sin tener que ir a los complejos matices y detalles de la ideología política, algo que escapa a su línea de actuación.
Su progresiva popularización ha conllevado incluso una cierta fetichización en la que sale a relucir, dentro de un contexto jocoso y subversivo, su carácter de sex-symbol (es recomendable seguir la sana fijación por Rufián de la influencer, artista y activista Gloria del Toro en Instagram).
En todo caso, más allá de sus célebres apariciones y confrontaciones presididas por su carácter directo y colisionante, cabe reparar en cómo Rufián ha aprendido a lidiar con la presión de los propagandistas de ultraderecha: con sarcasmo, ironía y humor. Esta es quizás su mejor, más nítida y original aportación. Hasta el punto de ganarse una suerte de pseudo-respeto por parte de algunos como Vito Quiles. Y si alguien llega hasta ese punto, habrá que concluir que algo de mágico hay en el fenómeno Rufián.

