Hay partidos de fútbol que no quieren acabar nunca. Partidos que entran en una especie de limbo futbolístico, donde los jugadores ya no corren y arrastran los pies como si llevaran plomo a las botas. Donde los entrenadores no dan órdenes y hacen gestos vagos, como si dirigieran un tráfico imaginario. Donde el público no anima y suspira, mira el móvil, se pregunta por qué ha pagado la entrada. Son partidos que entran en prórroga eterna, esa dimensión paralela donde todo el mundo finge que todavía hay partido, cuando en realidad sólo hay miedo en los penaltis.
La política catalana de hoy, y la española también, son exactamente eso: un partido (legislatura) que algunos no quieren acabar, porque acabarlo implica asumir riesgos, tomar decisiones y, sobre todo, dar la pelota a la ciudadanía. Y eso, para algunos, es más peligroso que un contraataque en el minuto 120 con el portero lesionado.
Día tras día asistimos a un carrusel de distracciones que provocaría envidia a cualquier trilero de la Rambla. Últimamente, la polémica del No a la guerra convertida en trending topic, como si fuera una revelación moral y no un recurso de humo para tapar otros incendios. Y en Catalunya, la retirada de los presupuestos: un movimiento que no resuelve ni aporta nada y que sólo sirve para mantenernos en esa prórroga infinita donde todo el mundo dice que quiere ganar, pero nadie chuta a portería.
El repertorio es amplio. Acciones como las de aquel lateral que, exhausto, finge una rampa para cortar el ritmo del rival. De repente, nos distraen hablando de un símbolo, de un gesto, de una frase sacada de contexto. Y así, mientras discutimos banderas y líneas rojas, nadie habla de políticas públicas. Se anuncian medidas que no llegan nunca; planes estratégicos que no pasan del powerpoint, reformas que no superan al titular, pactos que no van más allá del twit. Es la versión institucional del «ya casi estamos» que dicen los entrenadores cuando quedan diez minutos de prórroga y no tienen ningún plan real. Es como prometer un fichaje galáctico sabiendo que no tienes ni para pagar la luz del vestuario.
Y, para rematarlo, la política del VAR emocional. Cada partido, cada semana, se revisa una jugada polémica del pasado para mantener al público indignado. No para resolver nada, sino para mantener la tensión. Porque un público indignado es más fácil de gestionar que un público que piensa. Así tienes al público pendiente de la pantalla mientras el partido real, lo que importa, se juega en otro campo. Todo ello, movimientos que no buscan avanzar, sino ganar tiempo. Y el tiempo, como la paciencia, no es infinito. Ni siquiera en política.
Pero hay una verdad que todo el mundo sabe y que algunos no quieren aceptar: los penaltis llegarán. Guste o no, llegarán. Las elecciones son los penaltis de la democracia: imprevisibles, incómodos, arriesgados. Nadie quiere ser el jugador que falla, ni quedar retratado, ni asumir que quizás el público silbará. Y por eso alargan la prórroga, y luego otra, y finalmente otra. Pero el reloj institucional no es infinito. Y la ciudadanía, que no es tan ingenua como algunos querrían, lo sabe perfectamente.
El problema no es que haya conflicto político; el problema es que haya ausencia de política. Que los partidos prefieran sobrevivir que gobernar. Que la prórroga sea más atractiva que el partido. Que la táctica sea evitar el chut, no buscar el gol. Que la consigna sea «no perder», no «ganar». Pero aquí viene la parte que algunos prefieren ignorar: los penaltis también son una oportunidad. Los penaltis obligan a decidir. Olvidan las excusas. Igualan los equipos. Devuelve el protagonismo al jugador y al público. Son un momento de verdad. Y, sobre todo, son un final. Un final que permite empezar otra cosa. Otra temporada, otro proyecto, otro partido que quizás, sólo quizás, se jugará con más valentía.
Cuando finalmente lleguemos a los penaltis quizás descubriremos que no era tan terrible. Que la democracia funciona mejor cuando se vota que cuando se espera. Que la política es más sana cuando asume riesgos que cuando los evita. Que la ciudadanía prefiere un error honesto a una prórroga eterna. Quizás, incluso, descubriremos que se puede ganar. Y si no se gana, al menos se ha jugado. Al menos se ha decidido y se ha salido del bucle. Porque lo que es insoportable no es perder: es no acabar nunca.
Y si alguien todavía cree que puede evitar los penaltis, que recuerde algo bien simple: cuando el árbitro pita el final, no hay milongas que valgan. Y este árbitro, que se llama ciudadanía, no acostumbra a silbar tarde.

