La ciudad de Barcelona se convirtió durante el fin de semana del 17 al 19 de abril este en el epicentro de la política internacional con la celebración de la Global Progressive Mobilisation (GPM) y la IV Reunión en Defensa de la Democracia. El encuentro reunió a más de 15 mandatarios y líderes globales con el objetivo de articular una respuesta conjunta al avance de las fuerzas de extrema derecha y el autoritarismo.
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, han liderado la cita, que también contó con la presencia de Claudia Sheinbaum, presidenta de México, Gustavo Petro (Colombia) y Yamandú Orsi (Uruguay). Bajo el lema de «defender la democracia», los líderes han abogado por el multilateralismo, la gobernanza digital y la lucha contra la desigualdad social como herramientas clave para frenar el «odio» y la desinformación. Y defender la transición ecológica, la igualdad de género y “una nueva gobernanza económica que priorice a las personas frente a los mercados.”
El mensaje compartido por todos los participantes es la necesidad de defender de forma activa la democracia i los derechos humanos, amenazados por el auge de las fuerzas de extrema derecha a escala global. Cómo hemos llegado hasta aquí. Lo intentamos contar.
La sombra del fascismo
Si nos preguntamos cómo es posible que ocurra un genocidio retransmitido en directo, es lógico hacer memoria. No podemos banalizar palabras como nazismo, fascismo o estalinismo, que van ligadas a la muerte de millones y millones de seres humanos en el siglo XX. Pero debemos tener las alarmas bien encendidas cada vez que detectamos las brasas de aquellos viejos tiempos. Para que nunca puedan volver. Y estas brasas, ahora, están humeantes.
Cuando Vladimir Putin invadió el Dombas y se anexionó Crimea en 2014 rompió las reglas establecidas entre las grandes potencias después de la Segunda Guerra Mundial. Las alarmas no se activaron lo suficiente y en 2022 llegó la invasión de Ucrania. Adam Michnik, el prestigioso periodista polaco, ganador del premio Princesa de Asturias de Humanidades de aquel mismo año, avisaba (1) ya en 2016, de que “Putin es un fenómeno nuevo que aún no tiene nombre. De la misma forma que, cuando surgió el fascismo, tampoco tenía nombre”.
El fenómeno Putin aún no tiene nombre, pese a haber trastocado completamente el tablero internacional y a contribuir a establecer la ley del más fuerte. A debilitar las democracias y a potenciar las autocracias.
En los años treinta entraron en conflicto las grandes ideologías: las democracias liberales frente al nazismo; el nazismo frente al comunismo. Todos sabemos cuál fue el desenlace. La democracia venció. Pero los gérmenes antidemocráticos han seguido ahí. Y ocho décadas después de la Segunda Guerra Mundial, las democracias son cada vez más frágiles. Con la trágica novedad de que uno de los grandes focos que irradia totalitarismo y odio hoy está en la Casa Blanca, mientras que hace 80 años desde el despacho Oval se comandaba la lucha contra el nazismo.
El odio transformado en el motor de una sociedad ha sido la raíz profunda que ha llevado a naciones enteras al abismo, a las peores degradaciones que puede protagonizar el ser humano. En el origen quizás hay causas, razones, que explican la chispa que enciende el odio hacia los que la sociedad identifica como los otros. Es el preludio de una deriva que después ya nadie sabe cómo detener.
El odio convertido en política alimentó el monstruo de todos los fascismos de los años treinta. Alemania, humillada tras la Primera Guerra Mundial, tenía motivos para sentirse frustrada. Los nazis señalaron a los culpables: los judíos, los gitanos, los comunistas, los disidentes, los intelectuales, los extranjeros, los diferentes… Los otros. Y dijeron: “Tenemos que odiarlos hasta el fin”. Una minoría lideró la ignominia, pero una mayoría calló, lo consintió. El resultado todos lo conocemos.
Norbert Bilbeny, catedrático de Ética de la Universidad de Barcelona, recuerda que el fascismo tiene, entre sus fundamentos, (2) “la producción de doctrina (nacionalista, racista, antiparlamentaria siempre) y la profusión de propaganda (partidista) por todos los medios posibles, con la consiguiente pérdida del respeto a la verdad y la sustitución de esta por consignas. La propaganda fascista se distingue por provocar tres emociones: el sentimiento de miedo, la incitación del odio y el desprecio de la verdad”. El fascismo responde a un fenómeno histórico concreto. A uno de los momentos más oscuros y trágicos de la historia de la humanidad. Y a la pregunta de si quedan brasas de aquel terrible incendio, la respuesta es que sí. Desgraciadamente, sí.
De Putin a Trump
A diferencia de Putin, lo que representa Donald Trump sí tiene nombre. Con su segundo mandato, ha demostrado que el trumpismo sigue bien vivo en el mundo y adopta múltiples formas. En el fondo, es la manera de dar un nombre contemporáneo a los fenómenos políticos que van desde el populismo hasta la extrema derecha e incluso nos enlazan con el fascismo. Trump es una versión moderna de pulsiones muy antiguas, pero el hecho de haberlas expresado desde el despacho más poderoso del planeta le otorga el dudoso honor de ponerle nombre en el siglo XXI.
La coincidencia en el tiempo y en el poder de dos mandatarios como Vladimir Putin y Donald Trump, con amplios apoyos populares en sus respectivos países, hace que el mundo sea más inestable, más peligroso. Y en ese contexto, un personaje como Benjamin Netanyahu encuentra el escenario ideal para ejecutar sus planes personales y los de la coalición reaccionaria y fundamentalista que le sostiene en el poder.
El delirio de Trump y Netanyahu llegó a su cenit cuando a principios de año defendieron que Estados Unidos debería tomar el control de Gaza y transformarla en una “Riviera” sin palestinos, una zona con resorts para turistas sobre la tierra donde han sido asesinadas 60.000 personas, 18.000 de ellas niñas y niños. La propuesta va mucho más allá de la frivolidad, y es una muestra de crueldad que hace solo unos pocos años nos hubiera parecido inconcebible. De la misma forma que un ataque coordinado entre Israel y Estados Unidos contra Irán, una decisión de Trump sin el aval del Congreso, un signo más de la deriva autocrática del presidente norteamericano.
Cuando la democracia está amenazada, el mecanismo siempre es el mismo: una élite utiliza los sentimientos de una población concreta para manipularlos en beneficio propio. Esta élite se sirve de una determinada confluencia de factores para crear procesos que consoliden el poder político, social y económico que ya ostenta; para que las emociones, a menudo sustentadas en hechos reales, se pongan a su servicio. Recurre a la propaganda, la manipulación y la mentira, a la complicidad de supuestos medios de comunicación convertidos en actores de adoctrinamiento. No sin antes acallar las críticas, el pensamiento libre. Impone la hegemonía cultural.
Sin este propósito, perseguido durante años y años, Putin no habría podido convencer a una parte importante de la ciudadanía de que la invasión de Ucrania era una acción militar especial para proteger, precisamente, a las que han sido sus víctimas. Sin reprimir antes toda expresión democrática, sin establecer una férrea censura, sin recurrir al viejo sentimiento nacionalista de la madre patria rusa, sin la represión de quienes tienen el coraje de plantar cara, Putin no habría podido ejecutar su agresión.
Contra la democracia
¿Y qué argumentos, relatos, justificaciones o supuestos principios morales utilizan quienes atacan la democracia? Recordemos que, salvando las distancias históricas y los contextos de cada caso, los enemigos de la democracia beben de las ideas y los métodos que vinculamos al fascismo, ya sea desde el exterior (totalitarismos) o desde el seno de los propios sistemas democráticos (extrema derecha). Por eso debemos cuidar nuestras democracias y denunciar todo aquello que contribuye a hacerlas más frágiles.
Y la defensa debe empezar por Palestina o Ucrania, pero debe seguir por la actitud militante en nuestros propios países, en nuestro trabajo diario, en nuestros compromisos. Porque aquí, en Occidente, también tenemos graves fisuras democráticas. Los delirios de Donald Trump nos pueden recordar a los de Vladímir Putin. Pero Estados Unidos es una democracia consolidada, con contrapesos, con un potente sistema mediático comprometido con los valores democráticos, y la esperanza es que pueda resistir a su propio presidente.
El uso perverso de las emociones por parte de élites sin escrúpulos resulta un hilo conductor que explica las amenazas que sufren la democracia y los derechos humanos. Cuando abrazamos la idea del bien superior, ya no hay posibilidad de discernir. Se aplica siempre. Y, poco a poco, sin darnos cuenta, vamos horadando principios básicos de la democracia y la convivencia. Se trata de una pendiente de la que sabemos dónde comienza, pero no hasta dónde nos lleva. La historia está llena de ejemplos de sociedades que, lentamente, se deslizaron —se deslizan— hasta el desastre. Por eso es tan importante reaccionar siempre que se encienden las luces de alarma. Especialmente cuando la emoción del odio se convierte en el motor de la historia.
La invasión de Ucrania por parte de un régimen autoritario como el de Rusia y la impunidad de Israel a la hora de perpetrar el genocidio en Gaza puso en evidencia los temores expuestos en plena pandemia (el 25 de junio de 2020) por 480 personalidades de 118 países. Los firmantes, entre ellos trece premios nobel, 58 exjefes de Estado o de Gobierno, jefes de organismos internacionales y representantes de organizaciones de la sociedad civil, redactaron una carta abierta global en defensa del sistema democrático.
Una llamada para defender la democracia denunciaba que «los Parlamentos están siendo dejados de lado, los periodistas están siendo arrestados y acosados, las minorías están siendo convertidas en chivos expiatorios y los sectores más vulnerables de la población enfrentan nuevos y alarmantes peligros a medida que el cierre de emergencia de la economía asola por doquier el tejido mismo de las sociedades. La represión no ayudará a controlar la pandemia. Acallar la libertad de expresión, encarcelar a los disidentes pacíficos, suprimir la supervisión parlamentaria y posponer las elecciones indefinidamente no servirá para proteger la salud pública. Muy por el contrario, estos ataques a la libertad, la transparencia y la democracia harán que para las sociedades resulte más difícil responder rápida y eficazmente a la crisis mediante la acción tanto gubernamental como cívica».
«Solo a través de la democracia —proclamaba el manifiesto— las sociedades pueden construir la confianza mutua que les permita perseverar en una crisis, conservar la resiliencia nacional ante la adversidad, sanar las profundas divisiones sociales mediante la participación inclusiva y el diálogo, y mantener la confianza en que los sacrificios serán compartidos y en que los derechos de todos los ciudadanos serán respetados. Solo a través de la democracia la sociedad civil independiente, mujeres y jóvenes incluidos, puede empoderarse para asociarse con las instituciones públicas y contribuir a los servicios públicos, ayudar a mantener a la ciudadanía informada e involucrada, y apuntalar el estado de ánimo social y una idea de objetivo común».
El manifiesto era la respuesta a la percepción de que las democracias se estaban debilitando en el mundo. De que las opciones autoritarias ganan terreno. Anne Applebaum, que vive entre Estados Unidos y Polonia, ya advertía en 2021 (3) de que «los sistemas democráticos, por primera vez en años, están siendo puestos en cuestión y afrontan una competencia con tintes autoritarios».
Entre las amenazas, Applebaum señalaba que «Rusia y China se muestran muy activas promoviendo la causa del autoritarismo en todo el mundo. Rusia lo hace con sus campañas de desinformación y China, comprando compañías o presionando a ciertos países». Y en el ámbito de la información avisaba de que «vivimos el mayor cambio desde los tiempos de la imprenta y eso afecta a la política y a la comunicación, a cómo votan los ciudadanos y perciben los problemas, lo que causa grandes traumas y cambios. Aunque eso no quiere decir que la democracia no los vaya a superar. Todavía posee una gran fuerza para triunfar».
En el libro Twilight of democracy, Applebaum defiende la idea de que «la democracia es circular. Durante un tiempo, después de 1945, pensábamos que el progreso, el crecimiento y el aumento de las libertades eran imparables, pero no. La verdad es que se dan retrocesos. Las ideas van y vienen: desde los planteamientos anticientíficos hasta lo más retrógrado».
Y pone ejemplos: «Las ideas totalitarias no se evaporan. Esas ideas con las que fueron educados los ciudadanos, y que rigieron sus vidas, continúan ahí. Ocurre en cualquier país que ha sufrido una dictadura. Quienes las reactivan las encuentran, como hemos visto. Mire el caso de Vox con el franquismo. Cuando en Estados Unidos piensas que los confederados han desaparecido —¡los confederados!—, estos van y regresan. Esas ideas están ahí. Por un lado, tuvieron éxito en el pasado. Por otro, existe gente que lo sabe y que las reactiva para su propio beneficio político. La condición humana puede ser muy cínica. Hay personas a las que les asustan los cambios evidentes y rápidos, que detestan el feminismo, la transformación social…, temen la caída de ciertas jerarquías y quieren verlas restablecidas».
Crecen las dictaduras
¿Estamos ante el declive y desmoronamiento de la idea de la democracia tal como la hemos conocido? Los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en su ya clásico Cómo mueren las democracias (Ariel), recuerdan que «antes solíamos creer que las democracias fallecían a causa de la actuación de hombres armados, pero también pueden morir a manos de políticos elegidos, que las subvierten».
Los valores democráticos mantienen en todo el mundo un constante combate frente a los proyectos de tintes reaccionarios. El informe del instituto sueco V-Dem correspondiente al año 2023 constataba un claro retroceso democrático. El estudio aporta datos de 2021. En aquel momento el 70% de la población mundial vivía bajo autocracias más o menos rígidas, mientras que diez años antes, en 2011, eran menos de la mitad, el 46%. Solo el 13% de los ciudadanos disfrutaban de un sistema de democracia liberal plena. El mayor declive se había producido en las regiones de Asia-Pacífico, Europa Oriental, Asia Central, Latinoamérica y el Caribe.
El instituto de investigación sueco distingue entre autocracias cerradas (las más duras) y autocracias electorales (en las que se vota, aunque sea poco más que un formalismo). Las democracias son «liberales» —la categoría máxima— o solo «electorales». En estas últimas existen carencias claves en cuestiones de transparencia, separación nítida de poderes y otros atributos del Estado de derecho. Y, por supuesto, en libertad de información y expresión. El Inform democracy report de V-Dem emplea repetidamente el término «autocratización» y concluye que la invasión rusa de Ucrania acelera esta amenaza. El think tank estadounidense Freedom House coincide en gran parte con el análisis del instituto sueco. Según su diagnóstico, el 20% de la población planetaria vive en países libres, y el 38%, en dictaduras rígidas.
Al mismo tiempo que las dictaduras ganaban terreno, crecían los movimientos de protesta. Así ocurría en Irán, contra la opresión integrista que sufren las mujeres; o en China, contra las medidas anticovid. El instituto de prospectiva norteamericano Freedom House consideraba, a partir de este análisis, que los tres grandes países totalitarios con más poder de influencia en el mundo (Rusia, China e Irán) se enfrentaban en 2023 a un futuro de malestar social; es decir, que mostraban un cierto desgaste frente a la capacidad de resiliencia de las democracias.
La guerra en Ucrania, por ejemplo, pone en evidencia las grandes debilidades militares de la Rusia de Putin y su vulnerabilidad económica y política. Mientras, en Irán el régimen de los ayatolás está (2023) desestabilizado por una indignación que trasciende las clases sociales y las etnias. Incluso la China de Xi Jinping, a pesar de la demostración de fuerza en el XX Congreso del Partido Comunista Chino (octubre de 2022), está afrontando «grandes problemas estructurales», según Freedom House.
El analista político Moisés Naím publicó en el año 2022 el libro La revancha de los poderosos (Debate). En este ensayo defendía la tesis de que el populismo, apoyado en la polarización y la posverdad, pone en riesgo las democracias más consolidadas del planeta: «Creemos que el progreso es un cuento con final feliz asegurado, pero en realidad es muy frágil. Depende del acierto de las comunidades para resolver sus problemas y de los líderes para evitar los disparates. La historia no siempre avanza hacia adelante, también va para atrás. De hecho, la etapa de paz que se ha vivido desde la Segunda Guerra Mundial es una excepción en la historia de Europa. Pensar que el progreso gana siempre es iluso. Mire Irán o Afganistán. O Putin y su invasión a Ucrania, ¿quién lo habría imaginado? Uno se arruina poco a poco, hasta que de pronto se hunde en la bancarrota. Los colapsos funcionan así» (4).
Tiempos de individualismo
Planteamos la gran pregunta. ¿Si resurge el fantasma del fascismo por qué la reacción en contra es tan frágil? Para preservar la democracia, es decisiva la convivencia, y la esperanza de la humanidad reside en que sigamos tejiendo vínculos entre los ciudadanos. ¿Está en crisis esta vida en común? Pankaj Mishra (5), autor de La edad de la ira. Una historia del presente y una de las nuevas voces intelectuales más respetadas en Europa, considera que sí. ¿Por qué? “Porque hemos creído durante mucho tiempo en esta ideología del crecimiento individual, de la expansión individual. Se abrazaron a ella personas procedentes de sociedades que siempre habían apostado por algún tipo de bienestar colectivo, al que había situado por encima de cualquier otra cosa. No eran sociedades que cultivaran el individualismo, esa visión desoladora de la vida humana que desprecia el papel de la sociedad, la acción colectiva, el papel de la solidaridad o la empatía, el de la compasión. Hoy vemos cómo ese contrato social ha estallado, se ha deslegitimado. Y mucha gente se siente desesperanzada”.
La filósofa Marina Garcés profundiza (6) en una etapa anterior, cuando la conciencia de ser interdependientes transformaba el paradigma del siglo xx, cuando “la sociología, la política, la filosofía, el arte, etc., giraban en torno al culto al individuo o a su crítica. El paradigma individualista parecía confundirse con la existencia humana misma, como si nunca pudieran llegar a diferenciarse. Frente a ello, reivindicar el nosotros era una apelación a reencontrar la comunidad, lo colectivo, y a abrir los sentidos posibles de la vida en plural”. Si, como dice Pankaj Mishra, este mundo ya es historia, ¿cuál es la alternativa?
Para Marina Garcés, “mientras el yo se hunde en el malestar psíquico, la soledad y el consumo, el nosotros se rearma a partir de identidades reconocibles, de nuevas ritualidades políticas y de líderes fuertes […]. La colaboración, la cooperación, el apoyo mutuo, las resistencias, la hospitalidad, el aprendizaje… son prácticas sociales y políticas que no pueden partir del grupo cerrado, sino que abren e inventan los sentidos posibles de la vida en común”. La humanidad se juega su futuro entre estas dos pulsiones.
Para saber más
1. Galindo, C. (6/5/2023) Adam Michnik: “Los buenos periodistas saben que este es un oficio difícil”. El País
2. Bilbeny, N. (26/4/2021). «¿Qué es el fascismo?». XQ.
3. Applebaum, A. (2021). El ocaso de la democracia. Barcelona: Debate.
4. Fernández, J. (19/2/2022). «Moisés Naím:“Caminamos como sonámbulos hacia la autocracia ». El Periódico.
3. Galindo, C. (6/5/2023) Adam Michnik: “Los buenos periodistas saben que este es un oficio difícil”. El País
5. Miguel, R. de (23/10/2022). «Pankaj Mishra, ensayista: “El Reino Unido es el país de Europa que más se autoengaña ideológicamente”». El País.
6. Garcés, M. (2022). «Prólogo». En: Un mundo común. Manresa: Bellaterra.


1 comentari
El fascista de la Moncloa defendiendo la democracia con el resto de gobiernos más corruptos del mundo. El chiste se cuenta solo.