Anabella Giracca es una escritora, filósofa y, ahora, ministra de educación de mi país, Guatemala. Es una mujer de mi generación con la que no siempre estoy de acuerdo, pero cuyo pensamiento siempre me ha interesado. Hace unos años nos decía que “Hay que detenerse a observar la realidad y no inventar una que no existe. Escapar de ella, barrer las cosas y esconderlas bajo la alfombra no conduce a nada”. Pues bien, eso es exactamente lo que está ocurriendo en el reino del rey naranja.
El rey naranja estaba enfadado, muy enfadado, porque él y sus colegas de juerga aparecían en las listas de Epstein. Qué cosa tan inimaginable que al prepotente —ay, perdón… omnipotente— monarca se le torcieran las cosas de forma pública. Él que simplemente admiraba a las púberes, él que quizá había ido un poco más allá pero que no es para tanto, él que… él que todo lo puede y todo lo arregla, ahora tiene que verse en esos papeles.
Toma a su amiguito Marco, el Rojo, en pleno ataque de rabia por este señalamiento capcioso que le hacen a él, ¡Taronja I el grande! Y le propone una pequeña escaramuza para cambiar el relato histórico. Él, el rey Naranja, será quien de una vez por todas cambie los regímenes de los clérigos islámicos y los convierta en una democracia a medida y, de paso, se quede con su petróleo, que su Cadillac tiene mucha sed.
El rey y su caballero Rojo ponen en marcha el plan “Furia épica”, que se prevé infalible, perfecto, y lo activan. Pero no todos los periodistas olvidan los papeles infames y se trata de ensuciarlos, insultarlos, demandarlos, avergonzarlos. Su ira no tiene freno y pretende hacer prevalecer su verdad y hacer triunfar sus objetivos: nada ni nadie podrá manchar su nombre.
Pero las cosas no siempre salen como uno quiere, ¡ay pobre rey!, y aunque Marco, el Rojo, en un ejercicio de cinismo dice que su escaramuza bélica en Irán termina porque han logrado sus objetivos, lo cierto es que ni los clérigos dejan de gobernar, ni hay desarme ni acuerdo nuclear y, además, el estrecho de Ormuz está bajo control iraní y las bases militares de ese gran país del rey, los Estados Unidos de América, han sido destruidas. ¡Ay pobre rey!
La batalla no ha salido bien y ahora sus adeptos están asustados y divididos, ¿qué hará el pobre rey? Pero Taronja I el grande no se amilana, él saldrá adelante y hará el país a su imagen. No os preocupéis, súbditos, vuestro gran rey, al menos, ha podido asesinar a miles de enemigos y su caudillo en la región no dejará a ninguno: los tortura, los condena a muerte, los arrincona, les llena de cemento las fuentes de agua… ¡Cómo se ríen Taronja y el Rojo cuando el polaco genocida les envía los vídeos que ha hecho para TikTok!
Bueno, aparte de entretenimiento y diversión tienen una pantalla que esconde los papeles, que los deja fuera de los medios. ¡El pobre rey naranja puede respirar tranquilo! Pero como decía aquella canción: “¿Y el pobre caballo qué? ¡Eh, eh, eh, eh!”

