En un contexto marcado por el aumento de la desigualdad, la crisis de la vivienda, las tensiones geopolíticas y el ascenso de la extrema derecha, el sindicalismo intenta reivindicar su papel como espacio de organización colectiva y contrapeso social. A los pocos días de la movilización del Primero de Mayo, la Fundació Periodisme Plural conversa con Camil Ros, secretario general de la UGT de Catalunya, sobre el estado del movimiento sindical y los principales retos políticos, económicos y sociales del presente.
Ros defiende que el sindicalismo sigue siendo un actor vigente en un momento de “desmemoria” colectiva, e insiste en que el 1 de Mayo y el 8 de Marzo mantienen una dimensión global única. “Son las dos únicas reivindicaciones en las que el mismo día gente de todo el mundo se moviliza para vivir mejor”, afirma.
Durante la conversación, Ros advierte también de los riesgos de normalizar los discursos de la extrema derecha —la catalana y la española— y de lógicas políticas basadas en la confrontación social y la “prioridad nacional”. Según el dirigente sindical, el auge de formaciones como Vox o Aliança Catalana no puede entenderse únicamente desde el eje identitario, sino también a partir del malestar social derivado de la precarización y la pérdida de poder adquisitivo. “La ultraderecha utiliza este malestar para llegar al poder”, sostiene.
Esta entrevista tiene lugar a pocos días después del Primero de Mayo. ¿Cómo están los ánimos dentro del mundo sindical?
Yo diría que muy bien, porque todo el mundo decía que la manifestación no iría bien. Siempre está aquello de que el Primero de Mayo coincide con puentes y festivos. Yo ironizaba con que el estaba haciendo cola en la AP-7 también lo hacía porque el Día del Trabajo es festivo, y eso también es fruto de reivindicaciones del sindicalismo.
Evidentemente, siempre es mejorable, pero me gusta explicar el 1 de Mayo para que seamos conscientes de que, en el mundo en el que vivimos, donde todo se consume muy rápido, hay simbolismos y tradiciones importantes que reivindicar y explicar. El 8 de Marzo y el 1 de Mayo son las dos únicas reivindicaciones globales que, el mismo día, movilizan a gente de todo el mundo para vivir mejor, trabajar mejor y por la igualdad.
También tienen una función de memoria en estos momentos de desmemoria. Y, al mismo tiempo, la vigencia del 1 de Mayo consiste en saber situar cada año cuáles son las reivindicaciones del momento. A pesar de quienes quieren acabar con el sindicalismo o con cualquier forma de organización social y política de la gente, seguimos siendo vigentes.

El manifiesto de este año llevaba por título “Contra las guerras y el fascismo, más derechos y más sindicalismo”. En este contexto, ¿cómo valoras las medidas económicas impulsadas por el gobierno ante la tensión internacional derivada del conflicto con Irán y el cierre del estrecho de Ormuz?
Lo primero que hay que situar es que ya tenemos una experiencia previa, que es la crisis inflacionaria provocada por la guerra de Ucrania, cuando llegamos a niveles del 10%. Ahora ya sabemos qué ocurre en estos escenarios. Por tanto, hay que actuar de forma preventiva y con un escudo social para evitar llegar a esos niveles.
Las guerras actuales tienen una derivada económica global muy fuerte. Antes las guerras podían tener impactos más localizados, pero ahora la globalización hace que cualquier conflicto afecte a la economía mundial. La mayor parte de mercancías se transportan por mar y el petróleo sigue siendo un elemento central, no solo por la gasolina, sino porque de él derivan miles de productos químicos.
Por eso existe el riesgo de volver a tener sobreinflación y una nueva pérdida de poder adquisitivo. Y la experiencia anterior nos ha enseñado algo importante: los precios de las materias primas bajaron, pero los precios finales, no. Esto significa que hay sectores que han aprovechado la situación.
Por tanto, creo que debe haber control de precios y también control de intermediarios, especialmente en sectores como la alimentación. La gente que trabaja en el campo o en la pesca cada vez tiene más dificultades para cuadrar cuentas, mientras los precios siguen subiendo. Hay intermediarios que se están quedando esos márgenes.
Las medidas del gobierno están bien, pero faltan más. El gran problema en estos momentos es el poder adquisitivo.
En paralelo, también aumenta el gasto militar en Europa y en el Estado español. ¿Cómo se puede compatibilizar esta dinámica con la necesidad de reforzar el gasto social?
Aquí debo empezar diciendo que soy insumiso a la prestación social sustitutoria, porque me objeté al servicio militar en los años noventa. Por tanto, seguramente ya tengo una tara de origen.
Siempre pienso que el mundo estaría mejor si estos recursos se destinaran a sanidad y no a las guerras.
Creo que los conceptos actuales de defensa deberían replantearse. No sé si es necesaria tanta inversión militar o si harían falta otro tipo de inversiones vinculadas a la seguridad y la prevención.
La obsesión por el rearme no parece llevar a ningún sitio. La guerra de Ucrania se está cronificando, y eso es lo que suele pasar con las guerras.
También creo que a veces no valoramos suficientemente el papel internacional que está jugando el Estado español. Participé en un encuentro global de progresistas y allí había representantes políticos y sindicales de todo el mundo. Se valoraba mucho que España hubiera plantado cara en cuestiones como el reconocimiento de Palestina o determinadas políticas migratorias.
Por ejemplo, una sindicalista de Estados Unidos explicaba que allí Trump está deteniendo y expulsando migrantes, mientras aquí se está planteando un proceso de regularización. Esto demuestra que existen modelos distintos posibles.
Si las encuestas actuales se consolidan, en 2027 podría haber un gobierno de coalición entre PP y Vox. ¿Qué puede hacer el sindicalismo ante el auge de la extrema derecha?
El problema es que ellos te ganan con un titular o con un TikTok. Colocan una mentira muy rápido y luego tú necesitas mucho más tiempo para desmontarla.
Creo que a casi todo el mundo le ha pasado que alguien cercano le ha dicho últimamente que votará a Aliança Catalana o a Vox. Y muchas de estas personas no son tradicionalmente de extrema derecha. Llegan ahí porque encuentran mensajes simples que conectan con malestares reales.
Esto hay que desmontarlo. Nos falta pedagogía y nos falta hablar mucho más con la gente. Las organizaciones sindicales no podemos quedarnos encerradas en nuestros espacios internos.
Nosotros, como UGT de Cataluña, estamos preparando una campaña en este sentido. Hay que contraponer información y explicar qué representa realmente esta extrema derecha.
¿Qué piensan Trump, Abascal o Sílvia Orriols sobre Palestina? Lo mismo. Todos han apoyado al gobierno de Netanyahu. Cuando la guerra de Ucrania provocó la crisis de precios, la extrema derecha intentó capitalizar el malestar. Ahora, con el conflicto con Irán y el petróleo, ¿qué dicen?
En Estados Unidos ya se ve claramente lo que ocurre. Trump empezó con el discurso de “America First” y han acabado en una especie de “America Alone”. Las clases trabajadoras norteamericanas están pagando más caros los productos por culpa de los aranceles y de la guerra.
El mensaje debe ser claro: si no queremos que pase lo mismo que en Estados Unidos, aquí no se debe votar lo mismo.
En Cataluña, además de Vox, también crece Aliança Catalana. ¿Cómo explicas esta doble presencia de la extrema derecha?
Siempre decimos que en Cataluña somos diferentes y mejores, pero la realidad es que aquí tenemos dos extremas derechas, la catalana y la española.
En el Parlament, Aliança Catalana y Vox prácticamente nunca votan distinto en cuestiones sociales y económicas. Como mucho, uno de los dos se abstiene. En temas identitarios pueden marcar distancias, pero en el resto coinciden.
Lo que me preocupa especialmente es que el catalanismo político históricamente siempre había tenido la cohesión y la integración como elementos centrales. Desde Paco Candel hasta el “Somos un solo pueblo” de Josep Benet, pasando por sectores muy distintos del catalanismo.
Ahora esto se está rompiendo. Y es especialmente grave porque los primeros modelos de inmersión lingüística los impulsan las izquierdas en Santa Coloma de Gramenet, no en Girona.
Los catalanes no somos diferentes del resto del mundo. También estamos viviendo esta deriva reaccionaria. Pero aún estamos a tiempo de revertirla.
Sin embargo, también es evidente que existe un malestar social profundo. Aunque suban los salarios, cada vez cuesta más llegar a fin de mes. Todo es más caro: el dentista, el alquiler.
La extrema derecha aprovecha este malestar para llegar al poder. Pero la pregunta es: ¿quién gana realmente con ello?
¿Qué país gobernado por la extrema derecha vive mejor después?
La vivienda es hoy uno de los principales problemas sociales. ¿Qué medidas crees que habría que impulsar?
Es un problema global. Cuando vino a Barcelona una comisión del Parlamento Europeo sobre vivienda, al hablar con representantes de distintos países todos tenían problemas similares.
Las medidas que se han tomado hasta ahora han servido para frenar ciertas dinámicas, pero no son suficientes. Los topes a los alquileres han frenado la subida, aunque no han logrado bajar los precios.
Sin embargo, creo que hemos asumido demasiado el discurso de los sectores inmobiliarios. La idea de que todo se solucionará construyendo más vivienda pública es parcialmente cierta, pero el problema principal no es la falta de vivienda pública, sino la especulación inmobiliaria.
Esta crisis es distinta de las anteriores porque el alquiler, que antes era un refugio, ahora también se ha convertido en un problema. Yo siempre he vivido de alquiler por decisión personal, pero hoy mucha gente no puede emanciparse.
En marzo, la empresa Anthropic publicó un informe en el que se afirma que la IA está destruyendo —y destruirá— más puestos de trabajo de los que genera. ¿Qué hacer con la IA? ¿El problema es la tecnología en sí o el marco económico en el que se aplica?
Tenemos que decidir si usamos la IA para avanzar o para retroceder. Recordemos las revoluciones industriales: se decía que las máquinas destruirían todos los trabajos, y por eso nacieron los sindicatos (el nuestro, en 1888). Al final, los sectores industriales, hasta las últimas crisis, tenían las mejores condiciones laborales.
A la UGT, por ejemplo, en el área externa —la gente que prepara documentos, busca estadísticas, redacta informes— no hemos destruido puestos de trabajo, sino que utilizamos la IA. Si la entrenas y la haces tuya, puede servir como motor de búsqueda interno.
El objetivo es que no destruya empleo. Y aquí debemos hacer lo mismo que con el cambio climático: tenemos dos transiciones que gestionar, la climática justa y la tecnológica de la IA. Hay que hacer una auditoría para saber qué empleos se crean, cuáles se destruyen y cuáles se pueden reconvertir.
Esto debe trabajarse como sociedad. Si no, no estaría donde estoy; estaría en una organización llamada “Unión General de Pesimistas”, pensando que el mundo se ha acabado. Pero estoy militando para construir un mundo mejor. La herramienta debe ponerse al servicio de la sociedad y bajo control democrático.

