Hay gente que se lo toma con humor. Están de nuestro lado y nos hacen reír: muestran en sus cuentas en redes sociales los horrores inmobiliarios que se esconden tras anuncios como “gran oportunidad de inversión”, “estudio acogedor” o “loft a pie de calle”. Entre quienes tiñen de mofa e ironía la tragedia de las casas, hay una arquitecta que me hace especial gracia, glosa en instagram las maravillas de cuchitriles con techo a los que inmobiliarias y propietarios se atreven a llamar viviendas. Váteres insertados en la cocina, ventanucos que dan a una pared, buhardillas solo aptas para liliputienses, imágenes del despojo que ilustran atinadamente la precarización material de las existencias de la mayoría mientras el capital no cesa de concentrarse.
Bajo la guasa ante las muestras más caricaturescas de la sinvergonzonería inmobiliaria, bulle un sustrato de indignación. Viene de la certeza de que si hay quien considera que puede sacar un suculento alquiler de un sótano desvencijado, o vender por encima de los 100.000 lo que parece una celda monacal, es porque del otro lado alguien lo comprará. No hay mejor garantía para el vigor del mercado (desde la perspectiva de los propietarios, claro) que comerciar con algo que la gente necesita para vivir, una demanda muy poco elástica para quienes no tienen otro remedio que pagar lo que sea para intentar hacer hogar
Si cada vez menos actores tiene más casas, y cada vez más gente no tiene nada, la mano invisible del mercado te hace la peineta mientras cotidianamente se oficia el despojo en modo de rentas absurdas, precios por metro cuadrado inasumibles, decididos al servicio de los únicos patrimonios que pueden acceder a esos inmuebles en vertiginosa y continua revalorización. Es de un evidente que aturde: tú necesitas sí o sí una casa, ellos (en sentido amplio) las tienen, una asimetría que claramente no juega a tu favor.
En este sentido, el capital insiste en su acecho voraz a los servicios públicos, herramientas pensadas para garantizar los Derechos Sociales, que a su vez responden a necesidades humanas: la Sanidad, la Educación, el cuidado de personas dependientes… porque así se garantiza la extracción de beneficios en ámbitos que no entienden de modas ni de astutos planes de marketing: la gente necesita curarse, educarse, que la cuiden. De ahí la importancia de la garantía universal de estos derechos.
Si las personas contaran con la garantía universal efectiva del acceso a una vivienda —haciendo real el artículo 47 de la Constitución española en el que se afirma: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”— si las personas tuviesen otra opción que someterse al impiadoso tormento de encontrar un rincón en el que guarecerse en un mercado inmobiliario regido únicamente por las leyes del lucro infinito, otro gallo cantaría. Multitenedores y buitres no podrían gobernar sobre la necesidad de casa de la población, pues el Estado se habría asegurado de garantizar ese derecho desde el criterio del acceso universal. La explotación inmobiliaria de los cuerpos se toparía con un límite.
A los perfiles en las redes sociales que se espantan y mofan de la avaricia inmobiliaria, les acompañan otras cuentas en las que lo que se expone, son las condiciones laborales esclavistas con las que algunos empresarios se acercan a sus potenciales trabajadores. Ofertas ilegales que se viralizan donde el principal argumento del lado empleador para ofrecer salarios y horarios incompatibles con una vida digna, es que detrás hay otros esperando. Porque de la misma manera que la gente necesita un techo, también necesita dinero para vivir, y la única forma de acceder a él, para la gran mayoría, es el trabajo remunerado. De nuevo la asimetría, en forma de creciente desigualdad, nos amarga la vida: cada vez menos manos concentran la riqueza, cada vez son más quienes no tienen un suelo sobre el que negociar. Lo tomas o lo dejas.
La uberización del trabajo, la amenaza de la IA, esa costumbre de poner a los consumidores a trabajar —pasando su propia compra por caja— la explotación laboral de las personas más vulnerables, producen el mismo efecto de intemperie que la privación de un hogar, porque no hay nada bajo lo que guarecernos del apetito insaciable del poder económico. La no universalidad del acceso a la riqueza, pese a los intentos regulatorios que intentan ponerle coto, nos sitúan cada vez más en un estado de desprotección al ritmo en el que el neoliberalismo se da golpes en el pecho, entrando en su fase más deshumanizadora. El acceso universal a la renta o, dicho de otro modo, la Renta Básica Universal, nos permitiría escudarnos ante esa ofensiva.
Y es que las personas necesitamos un techo que nos cubra, pero también un suelo material que garantice nuestras necesidades básicas. Una arquitectura necesaria para la vida que no puede quedar en manos del mercado.


1 comentari
gracias por denunciar de una manera tan clara, la agresividad y robo al que nos está llevando este capitalismo mortal que sabe disfrazarse en cada momento de la historia con aquel engaño en el que nos explota mejor a la gente.