Cada gran transformación económica necesita de su propia religión. La revolución industrial tuvo el mito del progreso infinito, las fábricas convertidas en catedrales y una nueva fe en la máquina. El neoliberalismo prometió mercados omniscientes capaces de ordenar el mundo mejor que cualquier política.
La inteligencia artificial llega ahora con una promesa aún más ambiciosa: automatizar no sólo el trabajo físico sino también el lenguaje, el criterio, la creatividad y, progresivamente, la toma de decisiones. En medio de esa mutación histórica, un actor inesperado intenta ocupar el vacío moral: El Vaticano.
La primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, publicada coincidiendo simbólicamente con el aniversario de la Rerum Novarum de León XIII, es una intervención política en toda regla en la gran batalla contemporánea por el trabajo, el poder y el significado mismo del humano.
Desde la llegada de los primeros modelos de lenguaje, Silicon Valley ha logrado presentar su expansión como un proceso casi natural, inevitable, técnico en el que los algoritmos se presentan casi como una extensión evolutiva.
Las palabras de León XIV tienen la capacidad de romper con ese lenguaje. Cuando el Papa alerta contra la conversión de la tecnología en un “falso dios”, no está haciendo sólo una advertencia teológica, sino señalando una estructura ideológica falaz que reivindica que cualquier límite humano –el tiempo, el cansancio, el conflicto, la incertidumbre, incluso la conciencia– puede ser superado mediante computación, datos y automatización.
Artificial intelligences do not undergo experiences, do not possess a body, do not feel joy or pain, do not mature through relationships, and do not know from within what love, work, friendship or responsibility mean. Nor do they have a moral conscience, since they do not judge…
— Pope Leo XIV (@Pontifex) May 29, 2026
La paradoja es reveladora, teniendo en cuenta que el Vaticano, históricamente -y por decirlo con delicadeza- no ha representado efectivamente los intereses de las clases subalternas ni, mucho menos, ha hecho de vanguardia moral en la demanda de nuevos derechos sociales. Ahora, mientras buena parte de las instituciones políticas europeas todavía hablan de la IA casi exclusivamente en términos de competitividad, innovación y productividad, es el Vaticano quien recupera palabras prácticamente expulsadas del debate público contemporáneo: dignidad, límites, deshumanización, explotación, comunidad.
No es casualidad, tampoco, que la encíclica insista tanto en el trabajo. La irrupción masiva de la IA coincide con una etapa de precarización estructural que ya venía de antes. Plataformas digitales, externalización, falsos autónomos, vigilancia algorítmica, fragmentación sindical y una economía cada vez más dependiente de grandes infraestructuras tecnológicas controladas por un reducido número de corporaciones. La IA —se ve cada día— no hace más que acelerar este proceso.
La velocidad forma parte del problema. La revolución industrial destruyó oficios a lo largo de décadas, y la mal llamada inteligencia artificial, tiene la capacidad de alterar sectores enteros en cuestión de años. Al mismo tiempo, si quitar a la humanidad de tareas laborales no debería ser un problema en sí mismo, sí que lo es, y lo seguirá siendo, mientras la correlación de fuerzas entre los que más tienen y los que menos se siga ensanchando.
La razón es que mientras las grandes empresas tecnológicas prometen una nueva era de eficiencia, miles de trabajadores comienzan a experimentar una sensación más concreta y menos abstracta. Y es que como señalaba el informe de Anthropic, la desaparición paulatina de funciones administrativas, traducciones, atención al cliente, producción audiovisual, programación básica o redacción de contenidos es una realidad inmediata.
El debate real no es, por tanto, si los modelos de lenguaje (LLM) escriben mejor o peor que un periodista, ni si una IA puede generar imágenes más rápidamente que un ilustrador. El debate es quien controla las infraestructuras cognitivas de la sociedad, quien posee los modelos, y quien acumula los datos. Quien decide qué trabajos desaparecen y cuáles se mantienen. Quien concentra los beneficios de la automatización y quien puede vigilar a millones de personas en tiempo real. Y también quien define los límites de lo verificable, visible o creíble.
La palabra “tecnofeudalismo”, utilizada cada vez con más frecuencia por economistas y analistas, deja de parecer exagerada cuando se observa la dependencia creciente respecto a unas pocas plataformas capaces de controlar comunicación, consumo, infraestructura digital y conocimiento. La IA refuerza aún más esa concentración.
En este sentido, las palabras de León XIV no van dirigidas sólo a los católicos, sino que interviene en una discusión global sobre qué tipo de civilización está emergiendo. Y lo hace recuperando una idea que parecía anticuada hasta hace poco: que no todo lo técnicamente posible es socialmente aceptable.
Es aquí donde el Vaticano intenta construir un antagonismo moral. La cuestión central es — como siempre —, política.

