El diario The New York Times ha dejado de publicar la cartelera de televisión. Hace varios días que ya no ofrece este servicio, considerado hasta hace poco imprescindible en un diario. En España ha pasado lo contrario: las secciones de televisión de los periódicos fueron incrementadas, al inicio de la pandemia, con la oferta de las plataformas digitales, para hacer más amena la situación al lector que deseaba orientar su ocio durante el confinamiento forzoso. El gran periódico de referencia mundial, en cambio, muestra un signo que marca una época en la historia de la televisión: se acabó el tiempo en que la TV generalista reunía masas de ciudadanos sobre los que ejercía un poder homogeneizador.
Los que hemos trabajado en la programación de cadenas de televisión generalista conocemos las dificultades de reunir públicos numerosos, en contra de la superstición popular, que atribuye poderes de atracción irresistibles a las emisoras. La famosa «audiencia» no crece en los árboles, cada punto de cuota de pantalla obtenido hay que ganarlo con sudor y no existe una clave mágica que automáticamente active la afluencia de público a la emisión. Los miembros de esta masa de telespectadores, que se supone amorfa, toman sus propias decisiones, tal como puede constatarse para una mirada atenta si estudia, día a día, las relaciones de los resultados de audiencia en conjunto y comparativamente.
Hay bastantes intelectuales que han insistido en este supuesto poder homogeneizador de la televisión -que nunca ha sido demostrado con los métodos de las ciencias sociales en la mano- porque ha sido tentadoramente fácil trasponer ciertos conceptos elitistas, propios de la cultura conservadora , a una crítica de vocación progresista que ha creído que construía una visión alternativa al capitalismo. Al contrario, sin embargo, ha acabado por dar forma a ciertos discursos ideológicos incapaces, no ya de producir un cambio, sino de comprender la realidad de una sociedad cada vez más compleja. Sólo algunos observadores en posesión de una sólida cultura clásica y al mismo tiempo de una mirada aguda frente a la cultura popular, como Umberto Eco, han sido capaces de plantear la pregunta que el gran semiólogo hizo una vez: «Lo importante no es qué hace la televisión a la gente, sino lo que la gente hace a la televisión y qué hace con ella».
La nueva era multipantalla y transmedia
Proponer a las «masas» contenidos de gran éxito y además hacerlo con productos que convoquen a las personas en torno a cuestiones que creen un interés común es una tarea ardua. Y está por ver la «alienación» que se supone que produce en el entretenimiento popular. Un servidor, como muchos otros investigadores de la comunicación, sostiene que las telenovelas sirven, además para proporcionar un entretenimiento ligero, para que la gente comente sus peripecias en los espacios de encuentro común y cotidianos, cara a cara , en medio de su sociabilidad habitual.
Sería la misma función que la que se atribuye al fútbol -incluso antes de su difusión masiva por televisión, en época de la radio de entretenimiento- que constituye un extenso e importante campo de cultura popular de alcance global. El fútbol sirve para que alguien se presente en una aldea perdida de África o Asia y, sólo pronunciar la palabra mágica «Messi» o, antes «Maradona», afloren las sonrisas en las caras de la gente y se abran las puertas como si fuera un «ábrete, Sésamo» propio de la cultura popular globalizada por la comunicación.
La clausura de la información de servicios en televisión por parte del gran diario neoyorquino y la incorporación de las plataformas digitales a la información de los periódicos son dos caras de un mismo indicador: se acaba la prevalencia de un concepto de televisión, en cuanto a contenidos y audiencias homogéneas, y comienza otra era en la que la segmentación de los unos y las otras se da en un contexto multipantalla. Adiós a las telenovelas de bajo coste, hola a la producción de ficción que supera las factorías de Hollywood en complejidad de producción, presupuestos e interés y calidad de contenidos. Proximidad e incluso vinculación entre ficción seriada, videojuegos, autocomunicación en redes sociales y usos de internet, al menos en cuanto a estéticas, orientación de contenidos, hábitos de consumo y tendencias de interés entre las diversas formas de socialización audiovisual.
La televisión generalista que se suponía que tenía que dominar la comunicación popular entre finales del siglo XX e inicios del XXI ha dado paso a un nuevo tipo de audiovisual transmedia que aparece como segmentado pero que en realidad configura un nuevo espacio cultural en el que diversas plataformas, narrativas y usos convergen en una lógica de multipantalla. Poco a poco vamos abandonando la costumbre de reunirnos en torno a una pantalla única, el televisor doméstico omnipresente en el hogar, sino que nuestra atención se dispersa entre los diversos recursos comunicativos: vemos los programas de audiencia masiva con la tablet o el móvil en la mano, interactuando con nuestros amigos comentando su desarrollo o complementando el seguimiento con productos adyacentes propuestos en las redes.
El riesgo de la desaparición de espacios comunes de referencia
Dominique Wolton, uno de los autores más brillantes en cuanto a propuestas de políticas públicas de televisión en Europa, advirtió, ya en los años 90, los riesgos de la desaparición de espacios comunes de referencia de los ciudadanos en el campo de la comunicación. Wolton, miembro del CNRS, instituto nacional de investigación científica de Francia, indicó, con todo el acierto, que sin la oportunidad de compartir un diálogo sobre cuestiones de interés colectivo, los ciudadanos quedarían privados de un elemento fundamental del ágora democrática.
Aunque se trate de un diálogo en torno a temas intrascendentes e, incluso, triviales, como la televisión de entretenimiento, amputar este diálogo representa privar a la sociedad de una base de comunicación social necesaria para construir más tarde consenso en torno a cuestiones de mayor alcance sociopolítico. Hablamos de fútbol, reality shows, mientras mantenemos los canales abiertos para hablar de muchas otras cosas y terminar comprendiendo que la democracia, al igual que la comunicación, es una conversación.
Por eso los autoritarios y totalitarios, cuando quieren romper y hacer pedazos las sociedades, las naciones, los grupos sociales y las familias, lo primero que hacen es invadir las redes sociales y llenarlas de insultos para, a continuación, negar al disconforme la condición de conciudadano -ya no digamos patriota- en igualdad de condiciones de diálogo. ¿Os suena?
La televisión cambiará y lo hará muy rápido en muy poco tiempo. La programación impresa de la oferta de canales será muy pronto una reliquia, como el radioteatro, los cuentos infantiles radiados e incluso el hit parade musical. Y seguramente veremos aparecer una televisión generalista en funciones aún con su consumo segmentado en multipantalla y transmedia. Pero deberíamos saber apreciar y defender el beneficio de una televisión generalista entretenida, interesante para todos y no sólo dirigida a las élites o al público de la telebasura, que permanezca como espacio potencialmente conversacional.
Las izquierdas, con una concepción meramente instrumental de la comunicación que, además, es culturalmente elitista y políticamente innane, no son capaces de darse cuenta de ello. Las derechas neocapitalistas, en cambio, son plenamente conscientes. Por ello recortan las bases de la comunicación democrática popular segmentando los públicos y fragmentando los espacios comunes en los que este derecho se hace posible. Porque una sociedad que no dispone de un espacio de encuentro común de las diferentes clases sociales y generaciones es una sociedad desintegrada.

