Hay generaciones que tienen el gran privilegio de construir un país. Y hay otras que tienen la responsabilidad, mucho más difícil, de reinventarlo. Cataluña se encuentra hoy en este segundo momento. Durante mucho de tiempo vivimos con una idea casi indiscutible del progreso. Pensábamos que cada generación viviría mejor que la anterior. Que la democracia se fortalecería con el tiempo. Que la educación y el progreso reducirían las desigualdades. Que la cohesión social era un patrimonio irreversible. Y que el futuro, con todas sus incertidumbres, acabaría jugando siempre a favor nuestro.
Hoy no estamos tan seguros de nada de todo esto.
Vivimos en una época atravesada por una sensación extraña de fragilidad. La crisis climática ha dejado de ser una amenaza lejana. Las desigualdades crecen incluso en sociedades ricas. Las democracias parecen más vulnerables que nunca. La tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para entender las consecuencias. Y el ruido, los gritos permanentes de las redes sociales y sus algoritmos, a menudo sustituye las conversaciones que permiten construir proyectos compartidos.
El gran cambio de nuestro tiempo no es solo económico ni tecnológico. Es emocional. Hemos dejado de confiar en que el futuro será necesariamente mejor. En esta nueva Conversación de Catalunya Plural, nuestro director, Pere Ortín, conversa con Marina Subirats, socióloga, filósofa, pedagoga y una de las intelectuales que mejor ha pensado la transformación de la sociedad catalana durante las últimas décadas. Una vida dedicada a estudiar las desigualdades, el feminismo, la educación, la cohesión social y los grandes cambios culturales que han ido redefiniendo el país.
Pero esta conversación no es una mirada al pasado. Es sobre todo una invitación a preguntarnos qué hacemos ahora. Porque hay momentos en que una sociedad necesita dejar de mirar por el retrovisor para empezar a imaginar un horizonte nuevo más allá del debates identitarios que definieron su pasado (reciente o lejano). Cataluña se encuentra exactamente aquí. Durante los últimos quince años buena parte del debate público ha girado alrededor del llamado «Proceso». Fue un periodo de una enorme intensidad política y emocional que movilizó a centenares de miles de personas y modificó profundamente la vida pública catalana. Pero también es evidente que aquel ciclo se ha cerrado y la pregunta inevitable es: ¿qué queda de él?

¿Qué energía colectiva todavía conserva sentido? ¿Qué hemos aprendido? Y, sobre todo, ¿qué hay que dejar atrás para poder empezar una etapa diferente? La conversación con Marina Subirats no busca nostalgias. Busca entender cómo se puede reconstruir un proyecto compartido en una sociedad mucho más plural, más diversa y también más compleja que la de hace solo veinte años. Porque Cataluña ya no es la misma. No solo porque ha cambiado demográficamente. También porque han cambiado las formas de trabajar, de comunicarnos, de consumir cultura, de entender la familia, de participar políticamente e incluso de imaginar el futuro. Y cuando cambia una sociedad, también tienen que cambiar los relatos que utiliza para explicarse.
¿Existe hoy un «nosotros» capaz de incluir toda esta complejidad? ¿O seguimos intentando explicar la Cataluña del siglo XXI con categorías que pertenecen al siglo XX o XIX? La cohesión social ha sido siempre uno de los grandes hilos conductores del pensamiento de Marina Subirats. Pero hoy esta cohesión ya no depende solo de redistribuir riqueza o garantizar oportunidades educativas y laborales. También exige construir espacios comunes en una sociedad donde cada cual vive cada vez más dentro de su propio algoritmo, de su propia burbuja informativa y de su propio universo emocional.
¿Cómo se reconstruye un proyecto colectivo cuando compartimos tan pocas experiencias comunes? Es una pregunta que interpela a la política. Pero también a los medios de comunicación, a la escuela, a la cultura y a todas aquellas instituciones que, durante décadas, actuaron como lugares de encuentro entre personas diferentes. La conversación también mira hacia el futuro con una honestidad poco habitual. Porque los grandes retos que Cataluña tiene delante no son independientes los unos de los otros. La crisis climática, las desigualdades, la inmigración, la revolución tecnológica, el envejecimiento de la población o la crisis de confianza en las instituciones democráticas forman parte de un mismo cambio de época y no se pueden afrontar por separado.
Necesitan una mirada nueva. Y aquí reaparece una idea que ha acompañado toda la trayectoria intelectual de Marina Subirats: la educación. Durante toda una vida ha defendido que educar no consiste solo en transmitir conocimientos. Educar es transformar la sociedad antes de que los conflictos sean inevitables. Es construir ciudadanía. Es formar personas capaces de convivir, de pensar críticamente y de cuidar aquello que es común. En una época dominada por la inmediatez, esta defensa de la educación como proyecto de país a medio y largo plazo resulta más necesaria que nunca.
Pero en la conversación no hay tiempo para el pesimismo. Al contrario. También aparece una idea que sorprende por su serenidad: Cataluña sigue disponiendo de una enorme capacidad de innovación, de creatividad, de solidaridad y de iniciativa colectiva. Quizás el problema no es la carencia de energía social. Quizás lo que nos falta es un relato capaz de orientarla hacia un horizonte compartido. Porque las sociedades no avanzan solo gracias a las infraestructuras de transporte o a la economía del supermercado. También necesitan imaginar un futuro que merezca la pena construir juntos sin dejar a nadie atrás.