La UPEC ha dedicado su XXII edición a una idea subvertida: el optimismo de la razón. El lema da la vuelta a una máxima de Gramsci para reivindicar una razón que no se limite a diagnosticar la oscuridad del presente.
Abrir una puerta que sea capaz de reconocer los derechos ganados, las libertades conquistadas y las herramientas colectivas que pueden crear futuros.
Hablar de optimismo, hoy, no consiste solo en conservar la esperanza. Hay que preguntarse de qué está hecha: qué ideas la sostienen, qué formas culturales la hacen imaginable, qué metáforas ordenan nuestro deseo político y qué infraestructuras condicionan los espacios donde nos relacionamos, nos informamos y nos organizamos.
En este punto, cultura e internet son dimensiones centrales de una misma disputa: quién tiene hoy la capacidad de dar forma a nuestras vidas.
Mucho más que una decisión
“No están siendo útiles los llamamientos a la esperanza”, advierte la escritora y editora Layla Martínez como impugnación de una esperanza convertida en orden. Bajo el marco del coloquio “Cultura para una esperanza radical”, Martínez dice que “ser optimista no es una decisión. Tiene más que ver con el deseo que con una decisión racional”. El matiz es importante, ya que el deseo no aparece porque alguien lo prescriba. Necesita imágenes, formas, relatos, condiciones materiales… Necesita un mundo donde arraigar.
El filósofo Leo Espluga sitúa el debate en el terreno previo al mensaje: “me interesa mucho la forma además del contenido”. La esperanza radical, apunta, no tiene solo que ver con “plantear otras opciones imaginativas”. También tiene que ver con “experimentar con otras formas de hacer culturalmente hablando. Escribir de otra manera, hablar de otra manera”. En un momento de urgencias, la propuesta es mirar hacia aquello que a menudo la política da por supuesto: los lenguajes, los ritmos y las representaciones con las que se construye lo posible.
La capacidad de la metáfora
La cultura, a menudo, ha sido tratada como un vehículo para transportar ideas, denuncias y posiciones. Pero una forma puede vaciar un contenido y una crítica puede convertirse en muestra de estilo. Una imagen pensada para cuestionar el poder puede acabar haciéndolo atractivo. “La metáfora estructura nuestro pensamiento”, añade Layla Martínez. La metáfora es una manera de ordenar el mundo.

Espluga sostiene la idea con Maria Zambrano: “Las metáforas son cualquier cosa menos metáforas, son material”. Es decir, lo que una sociedad imagina no queda suspendido en el aire. Se traduce en deseos, jerarquías, instituciones, maneras de mirar y formas de vida. También el capitalismo tiene mitos y metáforas: relatos de éxito, promesas de progreso eterno, hazte a ti mismo. La diferencia es que, al tener el capitalismo como sistema, sus mitos acostumbran a presentarse como sentido común.
Despolitizar para mercantilizar
Martínez lo aterriza hablando de Succession, una serie escrita desde una mirada crítica sobre las clases altas que acabó funcionando también como objeto de aspiración. “La serie está hecha por gente de izquierdas, querían mostrar lo terrible que es esa gente, pero acabó siendo artículos de Vogue para llevar los outfits de la serie”, señala. La crítica a los ricos convertida en fascinación por los ricos. El poder es presentado como problema, pero también como atmósfera, vestuario y estilo.
Con el fascismo, este giro se vuelve todavía más delicado: dependiendo de cómo representes la violencia, se puede acabar reforzando su aura. La escritora lo contrapone con la estrategia de Pasolini en Salò, donde los fascistas aparecen deformados por lo grotesco: “Hace que los fascistas sean caricatura para que no puedas empatizar con ellos de ninguna manera”. La forma, aquí, es una barrera contra la seducción. No solo muestra que el poder y la violencia son monstruosos, impide que sean deseables.
La discusión sobre la forma atraviesa también la vieja oposición entre centro y margen. “La distinción entre mainstream y underground está en cuestión”, afirma Espluga. El capitalismo cultural ya no necesita negar el margen, si puede extraer su estética, separarla de su contexto y hacerla circular como tendencia. En el mundo de la noche, Espluga ve un gran paradigma: hay espacios “muy queer, muy potentes”, pero a menudo se extrae su superficie hasta que “acaba en la Fashion Week de Rick Owens”.

Aquello que nace en comunidades concretas —disidentes, precarias, minorizadas— es convertido en lenguaje visual sin significados. La operación no siempre consiste en destruir; sale mejor vaciar y traducir: el mercado encuentra más fácil —y rentable— despolitizar que censurar. Hace llegar una estética muy lejos mientras borra las relaciones que la sostienen y la crean.
Un caballo de Troya para ocupar los espacios
En este panorama hay otra trampa. Ante el impulso de querer ir al margen del mercado, idealizar automáticamente lo independiente. “No nos hagamos trampas creyendo que si publico en un sello pequeño soy underground”, dice la escritora y editora. Explica cómo en este sector se pueden reproducir la precariedad, las jerarquías y la autoexplotación. “Cuidado con romantizar lo independiente”, vuelve a advertir, argumentando que a veces una gran empresa tiene sindicato y un proyecto pequeño solo tiene entusiasmo y jornadas imposibles.
La respuesta no pasa, por tanto, por una pureza del margen. Dentro de estrategias imposibles de equilibrio entre ideales y supervivencia, Martínez habla de “la estrategia del caballo de Troya”: entrar y salir, trabajar a diferentes escalas, intervenir en espacios amplios sin dejar de construir redes propias. Espluga añade una exigencia más de raíz: “Cuando estamos produciendo cultura tenemos que ser menos narcisistas, es un ejercicio sobre el mundo”. La cultura emancipadora no empieza y acaba en la expresión del yo: tiene que producir relación, afectación y comunidad.

La nube no es una nube
La metáfora más eficaz del capitalismo digital es, probablemente, la nube. Sugiere ligereza, inmaterialidad, disponibilidad infinita. “La nube no existe, es el ordenador de otro”, recuerda el colectivo Proyecto UNA, dedicado a investigar la cultura digital desde la escritura crítica, recuperando una advertencia clásica de la cultura hacker. Detrás de la imagen etérea hay servidores, energía, agua, minerales, cables submarinos, centros de datos, trabajo humano y propiedad privada.
La investigadora en derechos digitales Marta G. Franco señala cómo a menudo se habla de la concentración de las plataformas, pero menos de “la superconcentración de la nube”. Amazon, Microsoft, iCloud y Google sostienen buena parte de la infraestructura donde se alojan empresas, aplicaciones y servicios que parecen competir entre sí. La superficie digital puede parecer fragmentada, pero el fondo está cada vez más sólidamente concentrado.
Formas contemporáneas de imperialismo
Internet no es un concepto etéreo que nace fuera de la historia. Para Proyecto UNA, una imagen son los cables submarinos, que reproducen, en parte, las rutas de los antiguos cables de telégrafo, “los que permitieron que el imperio británico funcionara”, explica. La red global no es un espacio neutral suspendido sobre el planeta: tiene tanta geografía como genealogía y poder. El futuro presentado por Silicon Valley tiene formas antiguas de imperio.
Arnau Monterde, director de Participación e Innovación Democrática en el Ayuntamiento de Barcelona, describe internet como un sistema de capas: servidores, conexión, programación, sistemas operativos, redes sociales, dispositivos… “El poder intenta monopolizar todas estas capas”. Las grandes tecnológicas nunca han buscado controlar una aplicación; el negocio está en tener toda la cadena: infraestructura física, datos, algoritmos, inteligencia artificial, satélites. “No tenemos incidencia como ciudadanos para intervenir en estas capas, y si la teníamos en algún momento cada vez la perdemos más rápido”, añade Monterde.

Todo lo tecnológico es político
Hay consecuencias y son sobre la salud democrática. Los espacios donde nos informamos, conversamos, trabajamos, nos organizamos o construimos identidad están gobernados por infraestructuras privadas. La ciudadanía puede publicar, reaccionar, consumir y circular por ellas, pero no decidir sus reglas. Monterde recuerda que “todo lo tecnológico es político”.
Proyecto UNA toma esta idea para desmontar la neutralidad tecnológica. “Eso de que todo depende de cómo lo utilices… un cuchillo puede ser bueno o malo, pero está diseñado para cortar”. Ninguna herramienta llega vacía de sentido al mundo. Está concebida con valores inscritos, finalidades, intereses, imaginarios. Los algoritmos de recomendación, las redes sociales o la inteligencia artificial premian unas conductas, invisibilizan otras e incluso ordenan el tiempo disponible.
Marta G. Franco describe esta captura sutil desde la experiencia cotidiana. Las plataformas entran como servicios útiles y aparentemente gratuitos. Después, cuando ya tienen suficientes usuarios y los inversores reclaman retorno, cambian las reglas: más anuncios, funciones de pago, dependencia, degradación de la experiencia. La interoperabilidad —la capacidad de que diferentes sistemas cooperen entre sí— se convierte en un campo de batalla. “Aquí es donde los inversores pueden volver tu experiencia un terror”, explica.
Las redes, prohibiciones y pánico moral
El debate sobre menores y redes sociales muestra hasta qué punto la discusión pública tiende a buscar soluciones simples para problemas estructurales. Monterde critica que se ponga el foco en la edad de registro y no en “freír a normas y sanciones a las redes”. Se responsabiliza a menores y familias, pero se toca poco el modelo de negocio de las empresas que diseñan entornos adictivos, extractivos y opacos: “acabamos yendo a buscar a los más vulnerables en lugar de ir a por el poder”.
Marta G. Franco añade los riesgos de unir identidad legal e identidad digital. “Vincular nuestra identidad legal a nuestra identidad digital es un problema”. No solo por una cuestión de confianza en un gobierno concreto, sino porque todo dato acumulado puede ser filtrado, vendido o robado. “Que ese dato exista nos convierte en vulnerables”. Proyecto UNA define la prohibición como una respuesta de “pánico moral”: una medida aparentemente protectora que evita tocar el negocio que ha convertido la sociabilidad en extracción de datos. A la vez, es también una declaración de culpabilidades: internet lleva muchos años en funcionamiento, vetar es reconocer que no se ha prestado atención durante todo este tiempo ni se han asumido responsabilidades.

Recuperar un internet democrático
Las redes han amplificado el fascismo; para Proyecto UNA, internet se ha convertido en una televisión sofisticada y el ciberpunk ha dejado de funcionar como advertencia porque Silicon Valley lo ha leído como un manual de instrucciones. Pero también detectaba movimientos de fuga: gente joven que utiliza Instagram como chat privado, rehuyendo su diseño pensado para ser escaparate de nuestra identidad; retornos a newsletters y blogs; comunidades pequeñas; espacios menos expuestos. Es una especie de “bosque oscuro”: formas de retirarse parcialmente de los grandes espacios masivos sin desaparecer del todo.
Monterde recuerda que “el internet libre ya ha existido”. En los noventa, la red fue también espacio de ciencia ficción, comunidades raras, cultura memética, movimientos sociales y formas de encuentro para gente que no encajaba en otros lugares. “Hemos conocido un internet al servicio de la sociedad y de los movimientos”, reitera. Una vez más, la privatización no es un destino natural, es una operación de mercado.

“Si queremos un internet democrático necesitamos control e infraestructura democrática”, reivindica Monterde. También en el campo de la inteligencia artificial, construida a partir de una apropiación masiva de textos, imágenes, datos y conocimiento colectivo: “se ha privatizado el conjunto del conocimiento de la humanidad”.
Contra el capitalismo cognitivo
Proyecto UNA lo lleva al terreno del capitalismo cognitivo: en el ecosistema digital, “nosotros somos el producto, pero también somos la materia prima”. Cada interacción puede alimentar sistemas de extracción de valor. La soberanía digital se plantea como una cuestión técnica reservada a especialistas, cuando es en realidad una disputa cultural, democrática y laboral. Hablar de datos es hablar también de trabajo, de propiedad, de control y especialmente de derechos.
La salida no parece rápida ni pura, ni mucho menos una fórmula infalible. Por eso Marta G. Franco habla de alianzas amplias para generar redes descentralizadas y promover cambios de hábito.
Pasa por asumir que quizá no todo tiene que ser inmediato, que no encontrarlo todo al momento no es necesariamente una pérdida, que una tecnología más democrática puede exigir otra relación con el tiempo. Al mismo tiempo que la cultura intenta liberar de la productividad traducido como condición para salir de la dependencia digital.
De qué hablamos cuando hablamos de esperanza
El hilo entre cultura e internet podría ser una disputa material por las formas del presente. ¿Quién produce los mitos con los que imaginamos el futuro y vivimos el presente? ¿Quién controla las infraestructuras por las que circulan? ¿Quién convierte nuestras imágenes, palabras, datos y deseos en valor? Pero, sobre todo, ¿qué prácticas pueden abrir espacios que no acaben absorbidos por la fascinación del poder o por la propiedad privada de la nube?
Si tenemos que imaginar futuros donde construir formas culturales capaces de no hacer deseable aquello que se intenta criticar, sostener imaginarios colectivos, recuperar ritmos comunes y exigir infraestructuras digitales democráticas, quizá la esperanza no es una consigna, una idea abstracta o incluso una reivindicación política.
Quizá, en este caso, la esperanza sea una práctica.
