La crisis climática ya no solo eleva el termómetro: prolonga las estaciones de riesgo, invade la noche y expone a mil millones de personas más al calor extremo. El estudio global más reciente del Servicio de Cambio Climático del programa Copernicus de la Unión Europea dibuja una nueva geografía física, sanitaria y política del mundo habitable y nos previene: no estamos ante una anomalía pasajera, esto es un cambio de régimen climático.

Aquí tens la versió en catalá


El calor ha dejado de ser únicamente una temperatura. Ahora es una noche sin tregua. Una jornada laboral que castiga más a quien trabaja al aire libre. Una vivienda que acumula grados como si almacenara deudas impagadas. Un cuerpo que busca en cualquier sombra una pausa que ya no llega.

La emergencia climática ya se ha instalado dentro de nosotros. Las sucesivas olas de calor que golpean el Mediterráneo, la península ibérica, toda Europa y el mundo no solo elevan los termómetros, alteran el sueño, erosionan nuestra capacidad de concentración, agravan algunos trastornos físicos y mentales; convierten la desigualdad social en una experiencia física extrema.

Esta es la idea más inquietante del nuevo estudio global publicado por el Servicio de Cambio Climático del programa Copernicus de la Unión Europea: la crisis climática está transformando la experiencia humana del calor en todas sus dimensiones —intensidad, frecuencia, extensión, duración e impactos— y está ocupando el último refugio fisiológico que aún nos quedaba: la noche.

La investigación, publicada en Nature Climate Change, analiza el estrés térmico entre 1950 y 2024. Su conclusión es inequívoca: el calor peligroso es hoy más frecuente, intenso y prolongado, y alcanza territorios y poblaciones que antes quedaban fuera de su radio de acción. No es una profecía. Es la descripción del presente.

El termómetro no tiene cuerpo

Solemos contar el calentamiento global en grados de temperatura del aire. Es una medida imprescindible, pero incompleta. El cuerpo no vive dentro de un termómetro: vive bajo el sol o a la sombra, con humedad o viento, trabajando o descansando. Dos días con idéntica temperatura pueden producir efectos físicos muy distintos.

Por eso el estudio utiliza el Índice Universal de Clima Térmico, el UTCI. Esta herramienta combina temperatura, humedad, viento y radiación solar con un modelo de respuesta fisiológica. El resultado no es una simple «sensación»: estima la carga térmica real que soporta el organismo. El UTCI sitúa el estrés moderado a partir de 26 °C; el fuerte, desde 32 °C; el muy fuerte, desde 38 °C, y el extremo, desde 46 °C. No son lecturas de un termómetro convencional, sino la traducción del ambiente al lenguaje del cuerpo.

Y esa traducción cambia toda la conversación. El peligro ya no depende solo de cuánto sube el mercurio, sino de cuánto puede enfriarse una persona, durante cuánto tiempo está expuesta y con qué recursos cuenta para protegerse.

La noche ya no «cura»

Desde los años setenta, la temperatura percibida máxima de los diez días más cálidos de cada año ha aumentado globalmente 0,27 °C por década. Pero las mínimas de las diez noches más cálidas han crecido aún más deprisa: 0,32 °C por década. La diferencia parece pequeña hasta que se entiende su significado biológico.

La noche debería permitir al cuerpo disipar el calor acumulado. Si la temperatura se mantiene elevada, esa reparación se interrumpe: dormimos peor, el sistema cardiovascular continúa bajo presión y la exposición deja de ser un episodio. Día y noche forman un único acontecimiento térmico. En Europa, los episodios de un día con estrés térmico seguido de una noche tropical han aumentado un 73% desde los años setenta. Los que duran entre 15 y 30 días son ahora 3,4 veces más frecuentes. Ya no hablamos de una mala noche, sino de semanas sin recuperación suficiente.

El calor no hace ruido, pero desgasta y modifica mucho nuestra manera de pensar, sentir y relacionarnos

El calor tiene una forma muy poco elegante de recordarnos su presencia. Lo impregna todo. Entra por las ventanas, se queda pegado a las paredes de nuestro cuerpo; nos interrumpe el sueño, nos hace sudar, reduce nuestra paciencia y convierte cualquier mínimo gesto cotidiano —trabajar, cuidar, estudiar, moverse, hacer deporte, descansar— en una pequeña gran prueba de resistencia. El calor no hace ruido, pero desgasta y modifica mucho nuestra manera de pensar, sentir y relacionarnos.

El gran relato del calor busca imágenes espectaculares: incendios destructivos vistos desde el aire, termómetros de plaza, playas abarrotadas. Pero buena parte del daño sucede fuera de cámara, de madrugada, en una residencia, un dormitorio mal ventilado o un piso bajo un tejado recalentado. La noche tropical no distribuye democráticamente su insomnio.

El cerebro tampoco descansa

Seguimos hablando del calor como si solo afectara al cuerpo, pero ¿qué sucede con la maquinaria que lo controla todo, el cerebro? La respuesta más inmediata comienza durante la noche. El cuerpo necesita reducir su temperatura para dormir, pero las noches tropicales y tórridas que se están viviendo a orillas del Mediterráneo dificultan mucho ese proceso.

Una investigación publicada en Nature Communications confirmó que las temperaturas elevadas disminuyen la duración total del sueño e incrementan el riesgo de descanso insuficiente. La conclusión científica es evidente en la práctica cotidiana de lo que sentimos todos los que vivimos cerca del Mediterráneo en estos meses: dormimos menos y mucho peor; se reduce nuestro sueño profundo y aumenta la sensación de agotamiento al despertar.

Una sociedad que duerme mal no piensa bien

Y la siguiente derivada del mal dormir también resulta muy razonable: una persona —y una sociedad— que duerme mal no piensa bien. La falta de descanso afecta a la memoria, la concentración, la regulación emocional y la capacidad para tomar decisiones razonables. Dormir mal nos vuelve más irritables, impulsivos y vulnerables. El calor no crea automáticamente un desequilibrio mental, pero puede deteriorar el comportamiento cotidiano y agravar los problemas previos ya existentes. La frontera entre el malestar térmico y el malestar psicológico es mucho más porosa de lo que imaginábamos, de lo que nos gustaría creer.

La relación calor-sueño-enfermedad mental no es un asunto nuevo. Una revisión sistemática publicada en The Lancet Planetary Health encontró diversas asociaciones directas entre el aumento de las temperaturas y un mayor número de urgencias e ingresos psiquiátricos, conductas suicidas y empeoramiento de diferentes problemas de salud mental.

Los mecanismos prácticos de esas relaciones aún son muy desconocidos y no sería correcto hacer explicaciones simplistas, pero, como muestra el estudio de la revista The Lancet, la evidencia acumulada durante años apunta siempre en una misma dirección: el calor extremo también constituye un grave factor de riesgo psicológico.

Europa ensancha su verano

Al comparar 2015-2024 con los años setenta, el estudio detecta que la temperatura percibida en los diez días más cálidos aumentó en la mayoría de regiones. Europa, el norte de África y la península Arábiga registran algunos de los mayores incrementos: hasta 4 °C y, localmente, 5 °C. El calor también conquista el calendario. En las zonas extratropicales del hemisferio norte, la temporada de estrés moderado dura hoy quince días más; la de estrés fuerte, doce; la de estrés muy fuerte, nueve, y la de estrés extremo, seis.

Visualización de la comparativa entre la década de 1970 y los años 2015-2024 por lo que respecta al aumento de días con estrés por calor de diferentes intensidades y de las noches tropicales.

En Europa, el estrés moderado empieza, de media, a mediados de mayo —antes lo hacía a principios de junio— y se prolonga casi hasta octubre. El estrés fuerte comienza en junio, no en julio. En la última década, incluso la temporada más corta de estrés moderado o fuerte fue más larga que la más extensa de los años setenta. El calendario heredado ya no explica el clima presente. Seguimos organizando escuelas, trabajos, ciudades, festivales y cuidados según estaciones que se están desplazando físicamente. El verano se expande, pero nuestras instituciones aún creen que solo ha cambiado de vestuario.

El termómetro también mide la desigualdad

Pero el calor no cae democráticamente sobre la población. Puede que el termómetro marque la misma temperatura, pero no todos habitamos el mismo verano. No es igual soportar cuarenta grados en una vivienda bien aislada, con aire acondicionado y posibilidad de teletrabajar, que hacerlo en un piso pequeño, mal ventilado y compartido.

No es igual pasar la ola de calor junto al mar que trabajar repartiendo comida, limpiando habitaciones, recogiendo fruta, levantando edificios o cuidando a una persona dependiente. Tampoco es igual disponer de una segunda residencia que no tener siquiera una primera vivienda digna.

El calor multiplica desigualdades que ya existían. Afecta especialmente a las personas mayores que viven solas, a la infancia, a quienes padecen enfermedades crónicas o trastornos mentales, a las personas sin hogar y a quienes trabajan a la intemperie. También a quienes no pueden pagar la electricidad necesaria para enfriar su casa. La pobreza energética ya no consiste únicamente en pasar frío durante el invierno. También significa no poder escapar del verano.

La geografía desigual del calor

En áreas subtropicales de América del Norte, el sur de Europa, África, América del Sur y Australia se registran hasta cincuenta días más al año con estrés térmico fuerte. En Europa y América del Sur, el estrés extremo ocurre 2,5 veces más a menudo; en América del Norte, el doble. Pero el porcentaje puede engañar: África soporta la mayor carga absoluta. Durante la última década, el estrés fuerte alcanzó allí el 70% de los días y lugares analizados.

No es lo mismo que un riesgo antes infrecuente se multiplique que vivir ya dentro de un calor crónico. La aritmética climática también necesita contexto.

Aquí emerge la dimensión poscolonial de la crisis. Muchas de las regiones más expuestas —África subsahariana, el sur y sudeste de Asia, la península Arábiga y el Mediterráneo— disponen de menos recursos para adaptar viviendas, redes sanitarias, espacios públicos y condiciones laborales. Quienes menos contribuyeron históricamente a llenar la atmósfera de carbono suelen afrontar el calor con infraestructuras más frágiles. El clima es global; la protección continúa teniendo código postal, clase social, pasaporte y color de piel.

Incluso la forma de las ciudades distribuye el sufrimiento climático. Los barrios urbanos con menos árboles, más tráfico, mayor densidad y peores viviendas acumulan temperaturas superiores. Un estudio de ISGlobal sobre 93 ciudades europeas estimó que la isla de calor urbana estuvo relacionada con el 4,3% de las muertes estivales analizadas y calculó que una tercera parte podría haberse evitado aumentando la cobertura arbórea hasta el 30%. Plantar árboles no es decoración urbana: es política sanitaria y también salud mental.

Lo que el mapa no ve

El estudio se basa en ERA5-HEAT, un conjunto de reanálisis que combina observaciones y modelos en una cuadrícula global. Su consistencia permite estudiar siete décadas y cruzar fronteras, pero la escala impone límites. Los autores advierten de que no capta completamente microclimas como las islas de calor urbanas. Las estimaciones pueden ser conservadoras, sobre todo en las ciudades.

El mapa ve la metrópolis; no siempre distingue el asfalto sin árboles, la parada sin sombra o el dormitorio abierto a un patio inmóvil.

La limitación no debilita la alarma: la vuelve más incómoda. Incluso una herramienta que puede suavizar los extremos locales revela una tendencia contundente. El estudio, además, analiza el pasado reciente; no proyecta futuros escenarios. Mide hasta dónde hemos llegado, no dónde termina el trayecto.

Mil millones de cuerpos más

En los años setenta, el 55% de la población mundial experimentaba al menos noventa días anuales de estrés térmico fuerte. En 2015-2024, la proporción llegó al 70%. La exposición a por lo menos un día de estrés extremo pasó del 16% al 22%. Al incorporar el crecimiento demográfico, el salto equivale a mil millones de personas adicionales expuestas cada año a un mínimo de un día de calor extremo. Pero no hay más personas en peligro solamente porque haya más personas. Hay más personas en peligro porque el peligro ha crecido.

Tampoco existe un cuerpo humano universal. La edad, la salud, la aclimatación, el esfuerzo físico y la vivienda modifican la vulnerabilidad. El UTCI permite comparar el planeta mediante una referencia común, pero no representa todas las desigualdades inscritas en cada cuerpo.

No estamos de mal humor: estamos sobrecalentados

Quizá deberíamos revisar también nuestra conversación pública. Cuando el cansancio térmico se prolonga, aumenta la irritabilidad, disminuye la capacidad de concentración y se debilitan los vínculos comunitarios. El calor encierra a las personas en sus casas, vacía las plazas durante buena parte del día y reduce los espacios de encuentro. La ciudad mediterránea, construida históricamente alrededor de la calle, la sombra y la conversación, corre el riesgo de convertirse durante meses en un territorio hostil.

Existe, además, otra angustia más difícil de medir: la conciencia de que estos episodios volverán. Especialmente entre los jóvenes, cada ola de calor confirma que el futuro climático del que se hablaba en condicional ya ha llegado. La ecoansiedad no es una extravagancia generacional. Puede ser una respuesta perfectamente racional ante la percepción de que las instituciones conocen el peligro, pero siguen actuando con una lentitud casi geológica.

El Mediterráneo siempre ha sabido vivir con el calor. Inventó las persianas, los patios, las fuentes, la siesta, las calles estrechas y la vida cuando cae el sol. Pero esto ya no es simplemente nuestro viejo verano. Es un verano transformado por el cambio climático, más largo, más intenso y más persistente.

Adaptarse no es rendirse

El diagnóstico del programa Copernicus exige medidas concretas: alertas basadas en estrés térmico y no solo en temperatura; planes sanitarios que incluyan el calor nocturno; refugios climáticos accesibles; sombra, vegetación y agua en el espacio público; rehabilitación térmica de las viviendas; horarios laborales adaptados y seguimiento de personas vulnerables.

La adaptación no puede limitarse a recomendar agua, persianas bajadas y evitar salir al mediodía. Necesitamos refugios climáticos accesibles, escuelas y residencias preparadas, viviendas rehabilitadas, horarios laborales adaptados, más árboles y menos asfalto, atención específica desde los servicios sanitarios y protocolos para las personas que toman medicaciones cuya respuesta puede alterarse con el calor.

La adaptación no puede limitarse a recomendar agua, persianas bajadas y evitar salir al mediodía. Necesitamos refugios climáticos accesibles, escuelas y residencias preparadas, viviendas rehabilitadas…

Sobre todo, necesitamos dejar de privatizar la supervivencia. El aire acondicionado individual puede aliviar una habitación, pero no resolverá una crisis colectiva; además, consume energía, expulsa calor a la calle y vuelve a separar a quienes pueden comprar protección de quienes solo pueden comprar resignación.

Pero, además, la adaptación encierra una trampa si se reduce a responsabilidad individual: hidrátese, cierre las persianas, no salga. Así, una crisis estructural se convierte en un manual de buenos modales meteorológicos. No todo el mundo puede dejar de trabajar al mediodía. No todo el mundo tiene persianas, árboles cerca, una vivienda digna o dinero para enfriarla. Sin derechos y servicios públicos, el consejo individual es apenas un paraguas de papel.

Adaptarse tampoco sustituye la reducción urgente de emisiones. Una ciudad puede plantar árboles, abrir refugios y rediseñar calles; debe hacerlo. Pero ningún municipio del mundo puede enfriar por sí solo una atmósfera cargada durante dos siglos de combustibles fósiles. Mitigar y adaptar son las dos manos con las que todavía podemos proteger el mundo habitable.

Surgen preguntas y no únicamente sobre cuántos grados más podremos soportar. La pregunta que suscita la lectura atenta del informe Copernicus de julio es: ¿qué clase de sociedad seremos bajo esos grados de más? Porque cuando el calor no nos deja dormir, pensar ni cuidarnos, la emergencia climática deja de ser solo una previsión científica con argumentos y razones claras: se convierte en una forma de sufrimiento cotidiano. Y también en una cuestión profundamente política.

El informe de Copernicus nos obliga, en definitiva, a cambiar la unidad de medida. La crisis climática se cuenta en grados, sí, pero también en noches perdidas, trabajos inseguros, veranos expandidos, ecoansiedad y cuerpos expuestos. Se cuenta en la distancia entre quien puede comprar frío y quien debe, obligado, resistir el calor como pueda. Durante mucho tiempo imaginamos el calentamiento global y la crisis climática como una línea ascendente en un gráfico de temperatura. Ahora esa línea ya ha entrado en nuestras casas, se sienta al borde de nuestra cama y, como una pesadilla, ya no nos deja dormir.


Si quieres profundizar en las ideas y reflexiones de este artículo, aquí tienes algunas fuentes y referencias que se han utilizado para su elaboración y que te pueden ayudar.

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Pere Ortín

Pere Ortín #PeriodismeDaDá Director de Catalunya Plural, es un periodista que hackea el periodismo. Hace escritura visual y ensayo collage «orgullosamente hecho a mano» buscando la belleza escondida detrás de todo signo de ?. Ha sido guionista, presentador y reportero de TV; ha escrito en diarios y dirigido revistas; ha publicado cómics y libros de ensayo; ha creado documentales y producido proyectos transmedia.

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