Este verano hemos sentido hablar del cambio climático casi cada día. Todo es debido a la prensa escrita, televisión, radio… que hacen mención a que es el responsable de todo, del aumento de las temperaturas, incendios, sequía, falta de lluvia, incremento de la mortandad, fuerte temporales. Y que lo justifica todo. Al igual que en el pasado, cuando algo ocurría y no cuadraba con lo que se esperaba dentro del marco oficial acababa atribuyéndose a un tabú, a la obra del diablo. Y aquí surge una paradoja: cuanto más hablamos, menos parece que discutimos sobre qué implica realmente afrontarlo. Y el tabú no es hablar del cambio climático; el tabú es hablar de sus consecuencias políticas, económicas y sociales y de aquello que habría que cambiar.
Desde Adán y Eva, los tabúes han funcionado como mecanismos de control social, religioso y de supervivencia, delimitando aquello que una comunidad podía actuar, hacer e incluso pensar al poner prohibiciones y marcar peligros. Para controlar habían varias opciones: el diablo, el nombre de Dios, la blasfemia, el sexo, la muerte, la pureza… Pero no es, por lo tanto, un tabú en el sentido tradicional de aquello que no se puede mencionar.
Obviamente los tabúes han ido evolucionando y variando según la época y cultura y han pasado del castigo mágico o divino (enfermedades, catástrofes o la muerte) a un castigo en el ámbito social o psicológico. Hoy en día, la transgresión del tabú se castiga más bien con el aislamiento social, la pérdida de reputación o el silencio mediático.
En este contexto, la sociedad reconoce la existencia del cambio climático pero también los responsables políticos, económicos y sociales lo han convertido en el nuevo tabú del siglo XXI a pesar de que la evidencia científica es abrumadora. Reconocer el cambio climático y sus implicaciones reales obliga a cuestionar el dogma del crecimiento económico infinito y el estilo de vida global heredado del siglo XX. Consecuentemente se han activado mecanismos de negación, parálisis o desvío de la atención para evitar la conversación incómoda sobre las transformaciones sistémicas obligatorias.
Reconocer el cambio climático y sus implicaciones reales obliga a cuestionar el dogma del crecimiento económico infinito y el estilo de vida global heredado del siglo XX
A diferencia de los tabúes tradicionales, la crisis climática no se esconde bajo la alfombra: está en todas partes pero se aborda a menudo desde la superficialidad. Se asume un discurso institucional formal pero muy blando que maquilla la realidad y que realmente retrasa y retrasa la implementación de las reducciones de emisiones de gases invernadero necesarias y esenciales para realmente combatir al cambio climático.
Ni los gobiernos ni los mercados financieros se ven preparados para digerir abiertamente la lucha contra el cambio climático, lo cual implicaría pérdidas económicas inmediatas y cambios drásticos de consumo a corto plazo. Para ellos, resulta más utilizable ondear la bandera del tabú del cambio que no llevar a cabo los cambios para una transición energética. De muestra un botón. Los medios de comunicación actuales tratan el cambio climático oscilando entre la morbosidad por los potenciales desastres y la total dilución del problema, evitando casi siempre cuestionar las causas económicas estructurales vinculadas al uso de los combustibles fósiles. A pesar de que el tema tiene más presencia que nunca, el resultado del tratamiento que se aplica a estas noticias desactiva cualquier movilización ciudadana a través de narrativas específicas.
Cuando se analiza el peso o tiempo dedicado a cada noticia se encuentra una falsa equidistancia, al no darse frecuentemente el mismo peso a la comunidad científica que a lobistas, negacionistas o los «sí pero así no». Parece haber un falso equilibrio periodístico y muy frecuentemente se legitiman discursos sin base científica que son presentados sin ningún rigor como realidades verídicas. Se acaba generando parálisis en la sociedad por miedo o por fatiga informativa.
¿Por qué la crisis climática funciona como un tabú?
Está en juego el mayor de los intereses económicos, la energía. La crisis climática pone en entredicho la propia estructura del sistema, el propio corazón del capitalismo fósil (petróleo, gas, carbón…) y del modelo nuclear (uranio) que propone la idea de un progreso infinito.
Cuestionar este modelo da lugar a generar ansiedad profunda ante la realidad y se ha preferido secuestrar el debate científico para dejar esta temática en un debate que formará parte de la narrativa ideológica y que la emergencia climática acabe siendo considerada como una arma de confrontación política electoral.
Esta simplificación acaba desviando la lucha contra el cambio climático a acciones menores centradas en la biodiversidad, en recopilar datos, en simulaciones, en lugar de realmente abordar el reemplazo de las fuentes de energía fósiles por fuentes renovables y planificar un nuevo escenario energético. Antes, todo era atribuible sin más análisis al diablo, y ahora todo es atribuible al cambio climático y la elusión del debate evita entrar en el análisis y en las soluciones y actuaciones racionales. Claramente parece un tema tabú hablar de lo que habría que hacer.
Se evita el debate incómodo sobre los límites del crecimiento y los nuevos modelos energéticos y consecuentemente los nuevos modelos de la economía y del escenario energético. En una sociedad muy condicionada, en la práctica, por los intereses de las grandes corporaciones energéticas se mantiene el statu quo económico actual sin cambios y sin reducción en las tendencias del consumo. Se puede ser crítico, pero el miedo a la «catástrofe» paraliza muchas decisiones de transformación.
Se evita el debate incómodo sobre los límites del crecimiento y los nuevos modelos energéticos y consecuentemente los nuevos modelos de la economía y del escenario energético
El hecho de ser un tabú hace que se alivie la presión sobre las políticas publicas, y al igual que contra la obra del diablo se confiaba en la ayuda de la divinidad, mientras la estructura eclesiástica seguía actuando, aquí se hace creer que no hay que preocuparse porque la tecnología lo resolverá todo mágicamente mientras las grandes corporaciones energéticas, sin corregir su modelo, continúan adelante.
Conclusión
El tratamiento del cambio climático y la elusión del debate que opera como un tema tabú sobre las transformaciones necesarias genera en la sociedad un fenómeno de «saturación sin comprensión». Todo el mundo sabe que el problema existe y es grave, pero cada individuo se siente impotente, confundido o desconectado ante la carencia de análisis estructurales y soluciones colectivas viables con planificación y definición de infraestructuras por parte de la administración y los responsables del gobierno.
Hay que reclamar una actuación seria. Hace falta también reclamar un posicionamiento de los medios de comunicación para escuchar a todo el mundo, pero sin confundir pluralidad con equidistancia, y pedir que contribuyan a la formación e información sobre la realidad científica evitando la situación actual dentro de una esfera marcada por el cambio climático como tabú.
Solo el despliegue planificado de la transición energética con una hoja de ruta detallada proporcionará herramientas para hacer frente al cambio climático y superar el hecho de que las actuaciones para combatirlo estén controladas por el tabú climático en pleno siglo XXI.
