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Europa se queda sola en la guerra de Ucrania: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?
Análisis de la guerra de Ucrania: el papel de Europa, la expansión de la OTAN y la influencia de Estados Unidos en un conflicto que ha debilitado a la Unión Europea.

Llúcia Oliva17 de March de 2026 - 07:08
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Volodímir Zelenski | © European Union 2023 - EP

Ahora que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, defiende el “¡No a la guerra!” y recibe al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, es el momento de que convenza a sus socios europeos para poner fin a la guerra de Ucrania. De cumplir con la urgente obligación moral de ayudarle a trabajar por la paz en su país. En los cuatro años que dura el conflicto, ningún dirigente de la Unión Europea ha hecho el esfuerzo de proponer un plan de paz aceptable tanto para los ucranianos como para los rusos.

Durante estos años, los mandatarios de Europa no solo no han hecho nada para detener la guerra sino que han boicoteado todos los proyectos de negociación que se han presentado. Se han dedicado entusiastamente a armar a los ucranianos para que continúen resistiendo, a pesar de que la guerra provoca cientos de miles de muertos y heridos, millones de familias destruidas, ciudades devastadas, campos y bosques arrasados, aire contaminado por las bombas, miles de personas empobrecidas o arruinadas, y más de diez millones de refugiados o desplazados.

Ninguna de estas calamidades ha conmovido a quienes controlan el Parlamento Europeo, el Consejo Europeo, el Consejo de la Unión Europea o la Comisión Europea, instituciones todas responsables de la toma de decisiones en la Unión Europea. Han traicionado con total impunidad los intereses de los ciudadanos que los financiamos y a quienes no convenía ni esta guerra con Rusia ni ninguna otra. Han desertado de los mismos principios fundacionales de la Unión Europea, que nació como un proyecto para mantener la paz, la unión y la prosperidad de los europeos.

Vemos un gran sufrimiento humano en Ucrania y, aunque no nos lo muestran, también seguro que lo hay en Rusia. Sobre la tierra de Ucrania, los Estados Unidos han jugado su mortal partida de ajedrez contra los rusos y Europa ha sido una comparsa que se hace voluntariamente el harakiri. Los norteamericanos no hicieron nada para evitar la invasión de Ucrania porque les interesaba una crisis como esta para debilitar a Rusia y de paso hundir a Europa, y eso es lo que ha pasado. La Unión Europea nunca había estado tan débil y dividida. Sus líderes deberían rendir cuentas.

Evidentemente, Rusia es la culpable de esta historia y la invasión de Ucrania —como el ataque contra Irán— se realizó violando la legalidad internacional. El artículo 2, punto 4, de la Carta de las Naciones Unidas dice que todos sus miembros se abstendrán en sus relaciones “de recurrir al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. Ahora bien, el acuerdo de paz es imposible entre Ucrania y Rusia si Europa y los Estados Unidos se niegan a aceptar su responsabilidad en la guerra y no reconocen cuál es el origen del conflicto.

El conflicto en Ucrania viene de finales del siglo pasado, cuando la administración del demócrata Bill Clinton decidió que había que integrar en la OTAN a los antiguos países del Este que habían estado bajo influencia soviética. En aquel momento, asesores de Clinton ya advirtieron del peligro de que Rusia se sintiera agredida, pero aun así siguieron adelante.

Entre 1999 y 2004, la República Checa, Hungría, Polonia, Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia entraron en la organización de defensa transatlántica. Evidentemente, esto no agradó a Rusia, que veía cómo armas y soldados de la OTAN rodeaban sus fronteras. El problema grave llegó en 2008, cuando los Estados Unidos propusieron que también Ucrania fuera miembro.

En la cumbre de la OTAN en Bucarest, en abril de 2008, el presidente francés Nicolas Sarkozy y la canciller alemana Angela Merkel ya se opusieron a la decisión de integrar a Ucrania en la OTAN. Merkel sabía que el líder ruso Vladímir Putin lo tomaría como una declaración de guerra. El exembajador de Estados Unidos en Rusia, Bill Burns, también recomendó a su gobierno que no diera ese paso porque conduciría a un conflicto interminable. Y el propio Putin ya advirtió que esa decisión llevaría a la destrucción de Ucrania. Y así ha sido.

Para Rusia se trataba de una cuestión que afectaba a su seguridad, una cuestión existencial. La OTAN, sin embargo, liderada por Estados Unidos y con 30 países europeos dentro, ignoró primero las quejas y después las amenazas de Rusia. Para resolver el problema, líderes europeos pactaron los acuerdos de Minsk, que no se cumplieron. Merkel y Macron reconocieron que habían sido un pretexto para dar tiempo a Ucrania a rearmarse.

En 2014, Rusia presionó al presidente ucraniano Víktor Yanukóvich para que no firmara un acuerdo de asociación con la Unión Europea. La reacción popular en contra no se hizo esperar y las protestas degeneraron en un golpe de Estado contra Yanukóvich en el cual los Estados Unidos estuvieron implicados. La respuesta de Rusia fue anexionarse Crimea y apoyar a los separatistas armados de las regiones rusohablantes del Donbás.

¿Qué había detrás de todo esto? Por parte de los rusos, una cuestión de seguridad, ya que no quieren ni armas ni soldados de la OTAN en sus fronteras. Para los Estados Unidos está su política belicista y antirrusa, así como la lucha por mantener su hegemonía mundial evitando que potencias como Rusia o Europa, o ambas juntas, puedan hacerle sombra.

Hace cuatro años, para castigar la invasión rusa de Ucrania, Europa obligó a su ciudadanía y a sus empresas a suspender las prósperas relaciones que tenían con Rusia. Se tuvieron que buscar nuevos mercados, con el consiguiente coste económico y social que eso supuso. Europa decidió dejar de comprar mayoritariamente petróleo y gas a Rusia a cambio de comprarlo a Estados Unidos, aunque resultara mucho más caro.

Además, Europa no ha exigido responsabilidades por la destrucción de los gasoductos Nord Stream que debían suministrarle gas ruso directamente. Alemania lleva cuatro años investigando, pero todo indica que ucranianos y norteamericanos estuvieron detrás de esta pérdida millonaria, sobre todo para los alemanes, que eran los grandes beneficiarios y quienes los cofinanciaron. Y no hablemos de los veinte paquetes de sanciones de la Unión Europea contra Rusia, que nos han hecho más daño a nosotros que a ellos. Las sanciones han sido una excusa para no negociar.

En el último año, con el presidente Trump, ha quedado al descubierto la política de los Estados Unidos hacia Europa. Y se ha visto clarísimo que a los europeos no nos conviene seguir a Washington porque nos dejarán abandonados cuando les convenga. Los Estados Unidos ya tienen lo que querían: han debilitado a Europa y nos han dejado el problema de la guerra de Ucrania para que lo resolvamos los europeos. Mientras tanto, Trump continúa haciendo guerras para intentar conquistar el mundo y posicionarse frente a su verdadero rival, China.

Por lo tanto, líderes de Europa, es hora de mirar por nuestros propios intereses. Es una buena oportunidad para corregir los errores del pasado. Con una guerra en el Golfo Pérsico cuyo desenlace nadie conoce, y con la decisión interesada de los Estados Unidos de suspender las sanciones a Rusia para que pueda vender petróleo a quien quiera —a Europa, por ejemplo, y a mejor precio que el norteamericano— es el momento de negociar un alto el fuego que ponga fin inmediatamente a esta guerra indecente en Ucrania.

Después de cuatro años, con tanta sangre derramada y tantas calamidades, el diálogo y la diplomacia son más difíciles que nunca. Pero si Europa y Ucrania empiezan por reconocer que todos tienen derecho a sentirse seguros dentro de sus fronteras y que la seguridad de Rusia es tan importante como la suya propia, estaremos en el camino de la negociación y la paz.

Ucrania Unió Europea
Llúcia Oliva
Llúcia Oliva

Corresponsal a Moscú. Ha sido reportera del programa de TVE En Portada. Ha sido corresponsal de TV3 en los Estados Unidos y de TVE en la antigua Unión Soviética y Rusia

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