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Opiniones

Las ciencias sociales como dispositivos de pacificación
Las ciencias sociales no solo describen la realidad: también pueden contribuir a estabilizarla. Este artículo analiza cómo sus lenguajes y marcos interpretativos actúan como dispositivos de pacificación del conflicto social.

Jose Mansilla7 de mayo de 2026 - 07:16
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El marco desde el que nos aproximemos a un determinado objeto de estudio determina su análisis y las propuestas de transformación. Si entendemos, por ejemplo, el espacio público de las ciudades como ‘sinónimo de ciudadanía, calidad de vida, espacio de comunitario y de bienestar social’, las intervenciones en el mismo estarán destinadas a tal fin y las políticas de actuación pueden devenir clasistas y neohigienistas. Si, en vez de bajo tal consideración, nos acercamos a las calles y plazas como ámbitos potenciales de conflictualidad, entonces, un abanico más amplio, aunque no por ello menos potencialmente reaccionario, se nos hace presente. Términos como resiliencia, vulnerabilidad, calidad o sostenibilidad determinan la forma en que entendemos la realidad. En este sentido, el lenguaje contribuye a la creación de la realidad misma y el acompañamiento de unas ciencias sociales destinadas a comprehender las esferas de lo humano podrían llegar a contribuir a la desactivación de cualquier iniciativa de transformación social

En relación a todo esto, hay frases que funcionan como pequeñas fisuras en la superficie tranquila del conocimiento. Una de ellas, enunciada por el sociólogo urbano francés Jean Pierre Garnier, sostiene que ‘el papel de las ciencias sociales es contribuir a la desmovilización de las clases dominadas, produciendo interpretaciones del mundo social que hagan aceptable el orden existente’. Más allá de su formulación provocadora, lo que esta idea activa es una sospecha más amplia: la de que, como hemos señalado anteriormente, el conjunto de las visiones hegemónicas de las ciencias sociales —sociología, antropología, ciencia política, economía, geografía humana o estudios culturales— no solo ayuda a describir el mundo, sino que también participa en su estabilización. No como conspiración, sino como efecto estructural de sus lenguajes, categorías y modos de producción de realidad.

Desde una mirada crítica de lo urbano y lo social, cercana a ciertas tradiciones de la antropología urbana, esta cuestión se vuelve especialmente visible en la forma en que se construyen los relatos sobre la vida contemporánea. La ciudad aparece como laboratorio privilegiado: espacio donde las desigualdades se vuelven dinámicas, la expulsión residencial se traduce en movilidad, y la precariedad se interpreta como adaptación al cambio. El lenguaje técnico no niega el conflicto, pero lo reencuadra de tal manera que pierde su filo político.

El problema no reside únicamente en cada disciplina por separado, sino en su articulación como un sistema de producción de sentido. La sociología aporta marcos explicativos de la estructura social; la antropología traduce prácticas culturales en esquemas de inteligibilidad; la economía modeliza comportamientos bajo supuestos de racionalidad, olvidando su vinculación a la reproducción del capitalismo; la ciencia política clasifica conflictos en regímenes de gobernabilidad; la geografía organiza el espacio en términos de flujos y centralidades. En conjunto, estas miradas producen una cartografía compleja del mundo social. Pero esa cartografía no es neutra: delimita qué es visible, qué es explicable y qué queda fuera de campo. En ese proceso, lo social se vuelve objeto de gestión, no de gobierno. Las ciencias sociales devienen herramientas de una tecnocracia. Las tensiones se convierten en indicadores, los conflictos en variables, las desigualdades en diagnósticos. El mundo no desaparece, pero se traduce en un lenguaje que tiende a hacerlo administrable. Y lo administrable, por definición, es aquello que puede ser gestionado sin necesidad de ser transformado de raíz. Ejemplo clave de ello, en relación a Barcelona, serían las propuestas de gestión turísticas que obvian la necesidad de un decrecimiento articulado y consensuado.

Aquí es donde la frase citada adquiere su potencia crítica. No porque afirme una intención explícita de control, sino porque señala un efecto posible: la transformación del conocimiento en un dispositivo de pacificación simbólica. Las ciencias sociales no necesitan negar el conflicto; les basta con integrarlo en narrativas que lo hagan tolerable, comprensible o inevitable. En este sentido, el riesgo no es la ignorancia, sino el exceso de explicación. Un mundo completamente explicado puede convertirse en un mundo difícil de impugnar. Cuando cada desigualdad encuentra su marco teórico, cuando cada exclusión tiene su modelo interpretativo, el orden social adquiere una textura de racionalidad que dificulta imaginar su reverso.

Sin embargo, esta crítica no puede convertirse en un rechazo simplista del conocimiento social. Sería un error pensar que las ciencias sociales son únicamente un mecanismo de neutralización. También han sido —y siguen siendo— herramientas fundamentales de desnaturalización del poder, de visibilización de lo invisible y de apertura de conflictos que el sentido común intenta cerrar. La tensión es constitutiva: el mismo aparato conceptual que puede estabilizar el mundo es el que puede hacerlo tambalear. Depende de cómo se use, desde dónde se enuncie y con qué horizonte político se trabaje. Quizá el punto más incómodo de la frase no sea su acusación, sino su advertencia: que incluso el pensamiento crítico puede ser absorbido por aquello que critica. Que la producción académica de saber puede terminar funcionando como un sofisticado lenguaje de convivencia con lo intolerable.

Frente a ello, la cuestión no es abandonar las ciencias sociales, sino mantenerlas en estado de fricción permanente. Evitar que se conviertan en lenguajes de cierre y sostenerlas como prácticas de apertura. Recuperar su capacidad de incomodar, de desajustar, de hacer visible lo que el orden tiende a normalizar. Porque cuando el conocimiento social deja de interrogar lo evidente y pasa a explicarlo demasiado bien, corre el riesgo de convertirse en lo que la frase denuncia: una forma refinada de hacer habitable el orden existente, incluso allí donde ese orden produce expulsión, desigualdad o sufrimiento.

antropología urbana desigualdad social gentrificación tecnocapitalismo
Jose Mansilla
Jose Mansilla

Antropòleg urbà, professor universitari. El seu últim llibre publicat és "Los años de la discordia. Del modelo a la marca Barcelona" (2023).

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