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medios de comunicación

Palabras grandes, pensamientos pequeños
De TikTok o Instagram a las tertulias de radio y televisión, proliferan los expertos en todo y los especialistas en nada. Pensar se ha convertido en un espectáculo de dos minutos, mientras los algoritmos y la industria de la opinión premian las certezas rápidas y castigan las dudas.

Pere Ortin14 de octubre de 2026 - 07:36
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Bienvenidos a la época del «pensamiento vertical»

Una persona mira a cámara. Detrás de ella, una estantería, una pared blanca o una pantalla llena de libros. En la mano, un micrófono pequeño. Y entonces empieza: «Te explico en un minuto por qué…».

Tras estos puntos suspensivos cabe de todo. El problema de la vivienda, el genocidio en Gaza, la dopamina, el colonialismo, Nietzsche, la masculinidad tóxica, la ansiedad laboral o por qué aquella persona con la que tuviste tres citas probablemente tenía un estilo de apego evitativo. Sesenta y tres segundos. Noventa y cuatro. Casi tres minutos si la cuestión es muy compleja.

La periodista Laura Pitcher describe este fenómeno en un artículo publicado en septiembre en la revista cultural británica Dazed, titulado «We’re living through an explainer epidemic». Analiza el auge de los thinkfluencers, creadores de pensamiento que transforman libros, investigaciones, artículos científicoss e ideas geopolíticas complejas en pequeños vídeos para TikTok e Instagram. Algunos son rigurosos, imaginativos y estimulantes. Otros han leído cuatro cosas, le han preguntado una quinta a una inteligencia artificial y les ha hecho el guion. Pero, más allá de distinguir unos de otros, lo más interesante es descubrir cómo pensar se ha convertido en un formato.

Explicar historias complejas en pocos segundos

Lo pienso mientras preparamos nuestro Semanario de Anna Sánchez para las redes de Catalunya Plural. Necesitamos explicar historias complejas en pocos segundos, encontrar una frase que detenga el dedo, una imagen que funcione, una pregunta que despierte curiosidad. ¿Cómo conseguir que una noticia entre en un vídeo sin dejar fuera precisamente aquello que la hace importante? ¿Cómo convertir el resumen en una puerta de entrada y no en una pared?

¿Cómo conseguir que una noticia entre en un vídeo sin dejar fuera precisamente aquello que la hace importante? ¿Cómo convertir el resumen en una puerta de entrada y no en una pared?

Sería fácil repetir la vieja cantinela sobre la decadencia de la juventud. Que si TikTok nos destroza el cerebro, que si nadie lee, que si ya no sabemos concentrarnos. Los adultos llevamos generaciones diciendo cosas parecidas de los cómics, la televisión, los videojuegos y internet. Pero quizás nos equivoquemos otra vez. Bajo esta epidemia de explicaciones me parece que hay una idea importante: la gente quiere entender de otra manera.

Kaitlyn Gilbride, una joven creadora norteamericana que estudiaba psicología, biología humana y neurociencia en la Universidad de California en Berkeley, explica a Dazed que sus vídeos empezaron a tener éxito cuando convirtió aquello que aprendía en clase en pequeñas explicaciones sobre el cerebro humano. «La gente —explica— tiene hambre de conocimiento y de contenidos con sustancia». Ruby Thelot, diseñador y ciberetnógrafo entrevistado en el mismo artículo, lo resume con otra frase: «La gente quiere pensar»; y, si pasa una parte importante de su vida dentro del teléfono, también buscará allí preguntas y respuestas.

Nativos sociales

Los investigadores del Reuters Institute for the Study of Journalism, de la Universidad de Oxford, describen este cambio en el informe Understanding Young News Audiences at a Time of Rapid Change, publicado en abril. Denominan «social natives» (nativos sociales) a los jóvenes de 18 a 24 años que se informan cada vez más a través de redes y plataformas audiovisuales. Según los datos de 2025 recogidos en el estudio, el 51 % de estos jóvenes declara prestar más atención a los creadores individuales en las redes sociales que a cualquiera de las marcas periodísticas, que obtienen solo un 39 %.

Una guerra, una receta de cocina, una noticia sobre la crisis de la vivienda, cómo se ha hecho un anuncio, la dieta de tu mascota. Todo parece pasar en la pantalla ante nuestros ojos y con el mismo movimiento de dedo. Un gran cambio ha llegado: la noticia ya no es necesariamente un lugar al que vas. Es algo que te encuentras.

Pero las plataformas nunca son espacios inocentes. Tienen arquitectura económica, intereses políticos y una gramática que premia la rapidez, la frecuencia y la retención. Imaginemos a una investigadora que lleva veinte años estudiando las graves consecuencias actuales del colonialismo europeo en África. Ha leído cientos de libros, ha entrevistado a decenas de investigadores y pensadores y todavía conserva muchas dudas. Ahora pidámosle que lo explique todo en un minuto y treinta y seis segundos.

«No se puede pensar profundamente deprisa»

Shuang Bright, teórica de la moda y creadora de vídeos sobre historia de la moda lésbica, denuncia esta contradicción en el artículo de Dazed: «No se puede pensar profundamente deprisa». Bright, de una forma tan directa y clara, explica que la presión por publicar constantemente y las limitaciones de duración que percibe en Instagram y TikTok le impiden desarrollar muchos de los matices y contextos clave de los temas que investiga.

Y, sin embargo, al contrario de lo que se dice habitualmente, el problema no es la brevedad. Simplificar siempre es necesario para pensar bien. Lo hace un buen profesor, un gran científico y un periodista. El problema aparece cuando la simplificación deja de ser una puerta de entrada a un universo y se presenta como el universo entero.

El escritor argentino Jorge Luis Borges lo explicó muy claramente en su relato «Funes el memorioso», un cuento incluido en su libro Ficciones donde el protagonista, Ireneo Funes, recordaba absolutamente todo, cada detalle, cada instante, cada pequeña diferencia de matiz. Pero aquella memoria monstruosa le dificultaba mucho pensar bien. El narrador de Borges lo expresa así: «Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer». Una paradoja magnífica y muy útil para nuestro tiempo: disponemos de cantidades extraordinarias de información, pero eso no significa necesariamente que pensemos mejor. Pensar no es acumular. Es relacionar, seleccionar, imaginar, dudar y, a veces, como nos dice Borges, olvidar.

Una paradoja magnífica y muy útil para nuestro tiempo: disponemos de cantidades extraordinarias de información, pero eso no significa necesariamente que pensemos mejor

Por ejemplo, la tradición japonesa del haiku lo sabe desde hace muchos siglos. Tres versos breves pueden capturar una luz, una estación o un silencio universal. No pretenden explicar el mundo entero. Lo dejan aparecer como pensamiento y conocimiento. Hago un intento…

Pantalla encendida.
El mundo pasa con el dedo.
¿Quién mira a quién?

El narrador guatemalteco Augusto Monterroso también consiguió algo parecido con las siete palabras de su microrrelato «El dinosaurio», publicado en 1959: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». Se puede decir muy poco y abrir mucho. El problema es hacer ver que, diciendo muy poco, ya lo hemos dicho todo.

Thinkfluencers y «periolistos»

Y aquí conviene dejar de mirar exclusivamente Instagram o TikTok y dirigir los ojos hacia una industria mucho más antigua. Porque mucho antes de los thinkfluencers, las radios y las televisiones ya habían fabricado una especie periodística particularmente resistente y que ahora se ha convertido en epidemia: los «periolistos». Son aquellos opinadores profesionales que saben de todo, hablan de todo y no parecen necesitar mucho tiempo para aprender nada. Personajes que confunden tener un micrófono con tener conocimiento y una silla en una tertulia con una autoridad intelectual.

Ayer explicaban una posible candidatura conjunta de Ada Colau y Rufián con los equilibrios parlamentarios. Hoy pontifican sobre los problemas estructurales de la red de Rodalies. Mañana impartirán al micrófono una nueva lección sobre Ceuta y pasado mañana analizarán el final de la guerra de Ucrania y las intenciones perversas de Putin. Todo con el mismo aplomo, la misma indignación calculada y una admirable resistencia a dejarse incomodar por alguien que realmente conozca la cuestión.

Opiniones que caducan antes de la publicidad

Naturalmente, un periodista tiene que poder hablar de muchas cosas. La curiosidad y la capacidad de relacionar conocimientos son virtudes de nuestro oficio. Pero una cosa es tener criterio y otra tener opinión sobre absolutamente todo. El criterio exige tiempo, lecturas, experiencia, duda y capacidad de rectificar. La opinión industrial audiovisual actual necesita urgencia, contundencia y una buena frase antes de la pausa publicitaria.

La ironía es deliciosa. Muchos de los que denuncian la gran superficialidad de los jóvenes en Instagram o TikTok llevan años practicando el mismo pensamiento de dos minutos, pero con mesas más grandes, decorados más caros, mejor luz y sueldos probablemente más altos.

Y entonces llega la inteligencia artificial. Una persona pregunta a una máquina. La máquina resume textos escritos por otras personas. La persona resume el resumen, graba un vídeo y lo publica. Alguien le comenta: «Me has abierto la mente». Quizás sí. Pero por el camino pueden haber desaparecido los autores, las fuentes, las dudas y el proceso que construyó aquel pensamiento y conocimiento.

Palabras grandes. Pensamientos pequeños

Pitcher observa en Dazed esta misma paradoja. Son creadores que utilizan capturas de respuestas de chatbots como prueba de aquello que explican, mientras las investigaciones originales quedan invisibles. Hemos inventado una máquina extraordinaria para transportar información que, a veces, borra las huellas del viaje. Parece que ya no se trata de cuántas cosas podemos saber, sino de si todavía podemos descubrir de dónde vienen las cosas que decimos que sabemos.

Esta presión también ha entrado en las redacciones periodísticas. Reaccionamos antes de haber acabado de mirar, publicamos antes de haber entendido y convertimos las noticias en opiniones antes de que los hechos hayan sedimentado. Hemos construido nuestra epidemia de la explicación periodística digital: «Cinco claves para entender…», «Todo lo que tienes que saber…», «Te lo explicamos en dos minutos…». Formatos útiles, sin duda, pero muy insuficientes cuando confundimos accesibilidad con superficialidad.

Reaccionamos antes de haber acabado de mirar, publicamos antes de haber entendido y convertimos las noticias en opiniones antes de que los hechos hayan sedimentado

Mientras tanto, contamos clics, retención, tiempo de permanencia y engagement. Necesitamos datos para entender a las audiencias, pero hay una frontera delicada entre utilizarlos para mejorar nuestro periodismo y empezar a mirar el mundo con los ojos del algoritmo. Cuando solo publicamos aquello que sabemos que funcionará, ya no es el algoritmo quien edita. Editamos nosotros para el algoritmo.

Escuchar antes de hablar

En Catalunya Plural queremos entrar en las redes y aprender sus lenguajes. Pero detener el dedo en la pantalla no puede ser el objetivo final. Un vídeo debería llevar a un artículo, una frase a una pregunta y una pregunta a una conversación. No se trata de saber cómo competir con TikTok produciendo vídeos más rápidos, sino qué podemos ofrecer que las plataformas no saben ofrecer lo suficientemente bien. Contexto, memoria, territorio, fuentes, contradicciones, voces invisibles, investigaciones que necesitan tiempo. Quizás estamos perdiendo algo que Laura Pitcher reivindica al final de su artículo: «el arte de ser estudiantes». Escuchar antes de hablar. Leer sin publicar. Investigar sin convertir cada descubrimiento en una marca personal. Aprender o descubrir algo y no sentir la necesidad inmediata de explicarlo a todo el mundo.

Agus Panzoni, responsable de estrategia cultural de la plataforma creativa Death to Stock, explica en el artículo de Dazed que observa un renovado interés por actividades intelectuales compartidas, como los clubes de lectura, las conferencias presenciales, las bibliotecas públicas (todavía en huelga en Barcelona) y los encuentros literarios. Lo resume con una expresión muy sugeridora: «Buscar conocimiento también se está convirtiendo en una manera de sentirse parte de algo».

«No lo sé»

En un mundo saturado de respuestas, el periodismo podría recuperar una frase extraordinariamente poco espectacular, pero muy potente… «No lo sé». Todavía no lo sabemos. Necesito leer más. Este dato no es suficiente. He cambiado de opinión. Quizás me equivoque. No genera mucho engagement, pero representa una forma de honestidad intelectual cada vez más necesaria en el mundo en el que vivimos.

No creo que el problema sean TikTok, Instagram o los micrófonos minúsculos y las luces LED circulares. Tampoco una generación de jóvenes que intenta entender el mundo con las herramientas que tiene más al alcance. El problema empieza cuando confundimos tener una opinión con tener conocimiento y hablar mucho con pensar bien.

Quizás la batalla informativa y, por tanto, política de los próximos años ya no sea entre libros y pantallas, ni tampoco entre periodistas y creadores de contenido, ni siquiera entre humanos e inteligencias artificiales. Será entre el tiempo de la industria de la opinión y el tiempo del pensamiento.

Uno nos exige continuar. La siguiente noticia. La siguiente tertulia. La siguiente opinión. La siguiente respuesta. El otro nos pide algo mucho más difícil de hacer. Detenernos, mirar otra vez, escuchar a los demás, dudar más y mejor de nuestras certezas. Y aceptar que, a veces, después de tres minutos pensando sobre algo, la respuesta más inteligente sigue siendo… «No lo sé».


Referencias

Laura Pitcher. «We’re living through an explainer epidemic». Dazed, 10 de septiembre de 2026: https://www.dazeddigital.com/life-culture/article/70929/1/thoughtfluencers-hot-takes-tiny-mics-explainer-epidemic-instagram-tiktok

Reuters Institute for the Study of Journalism, Universidad de Oxford. Understanding Young News Audiences at a Time of Rapid Change, 9 de abril de 2026. Informe sobre los hábitos informativos de los jóvenes de 18 a 24 años, basado en investigaciones y datos recogidos hasta 2025. https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk/understanding-young-news-audiences-time-rapid-change

Jorge Luis Borges. «Funes el memorioso», dentro de Ficciones (1944). Cuento literario del que procede la reflexión del narrador sobre memoria y pensamiento.

Augusto Monterroso. «El dinosaurio», dentro de Obras completas (y otros cuentos) (1959). Microrrelato de siete palabras.

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Pere Ortin
Pere Ortin

#PeriodismeDaDá Director del Catalunya Plural, és un periodista que hackeja el periodisme. Fa escriptura visual i assaig collage, «orgullosament fet a mà», a la recerca de la bellesa amagada darere de tot signe de ?. Ha estat guionista, presentador i reporter de TV; ha escrit en diaris i dirigit revistes; ha publicat còmics i llibres d’assaig; ha creat documentals i produït projectes transmedia.

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