Las batallas de aura revelan cómo los adolescentes convierten la hipervigilancia digital en juego y trasladan a la calle los lenguajes con los que construyen pertenencia online.
Viendo: redes sociales
La expresión, tomada del lenguaje de los videojuegos, describe acciones, gestos, poses o actitudes destinadas a acumular simbólicamente puntos de carisma, presencia y reputación.
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Imaginarizar lo real es la estrategia del simulacro, borrar los interrogantes e imponer su “verdad”. Nada que ver con la fórmula que Lacan proponía para manejarse con lo real (entendido como dificultad e imposibilidad), que no era otra que saber hacer con el semblante para vincularse al otro. Lo real no es visible totalmente —nadie dice siempre y en todas partes lo que piensa, es conveniente cierto disimulo para facilitar la convivencia— porque contiene algo opaco que requiere un bien decir. Los poetas sí son maestros en bordear con sus metáforas ese imposible de decir, sin caer en el simulacro.
El anuncio de que el Gobierno de España se propone establecer un mínimo de edad para acceder a las redes sociales ha enfurecido algunos “oligarcas digitales” que hasta ahora han sido acostumbrados a operar sin regulación alguna y ninguno, o escaso, sometimiento a las legislaciones y normativas europeas. No quiero pensar pues cuál habría sido la reacción de Pavel Durov o Elon Musk –y otros que se callan– si el propósito del gobierno hubiera sido emprender alguna medida más ambiciosa. Pero el aviso ya está lanzado: a nuevas realidades sociotécnicas corresponden nuevas legislaciones democráticas.
El periodista del New Yorker Andrew Marantz analizó en Antisocial cómo las grandes plataformas digitales, nacidas bajo el tecnoutopismo, se convirtieron en herramientas clave para la desinformación, el auge de la extrema derecha y la degradación del debate democrático. Un libro hoy más vigente que nunca.