Una de las claves del éxito de las redes sociales y de sus influencers es que se han convertido en prescriptores de conducta. Lo que cuentan —sea verdadero o falso, razonable o extravagante— funciona como brújula para muchos adolescentes y jóvenes, especialmente para los pertenecientes a las llamadas Generación Z y Alfa. No solo dicen qué comprar o qué mirar: también cómo vestirse, cómo relacionarse o, incluso, cómo llegar a ser uno mismo.
Uno de los mayores éxitos virales de TikTok fue #thatgirl, miles de vídeos que proponían un ideal de vida aparentemente alcanzable siguiendo un programa diario exigente: madrugar, dieta saludable, compañías «no tóxicas», cumplir con los deberes académicos o laborales y aprovechar cada minuto del día. La promesa era sencilla: si ordenas tu vida, puedes convertirte en la mejor versión de ti mismo.
Otra tendencia fue la de delulu is the solulu, una avalancha de vídeos que reivindicaban el poder de la mente y de la fantasía para cambiar la propia vida. Una manera de conjurar la angustia mediante el pensamiento positivo: si las cosas van mal, siempre existe alguna explicación externa o alguna nueva actitud que permite seguir adelante.
Ahora estamos en el momento de farmear aura. La expresión, tomada del lenguaje de los videojuegos, describe acciones, gestos, poses o actitudes destinadas a acumular simbólicamente puntos de carisma, presencia y reputación. Se trata de parecer seguro, tener estilo, actuar con decisión, tener carisma y dominar una situación. En definitiva, de proyectar ese savoir faire que hace que los demás reparen en uno y le atribuyan esa aura de «autenticidad».
¿Por qué esta generación parece tan necesitada de estas pautas? Hay razones atemporales y otras propias de la época. Como en cualquier otra generación ofrecen una respuesta a tres preguntas fundamentales para ellos y ellas: identidad (¿quién soy y qué deseo?), pertenencia (¿formo parte de una comunidad o soy un friki marginal?) y cuerpo y sexualidad (¿cómo controlo los embates pulsionales?). Para ello, estas performances son un escenario privilegiado para tratar esas cuestiones: ponen en juego la mirada, actúan el cuerpo y lo muestran al otro del que esperan su sanción.
Por otra parte, en nuestra época encontrar un lugar en el mundo resulta especialmente acuciante cuando fallan algunas de las condiciones que tradicionalmente facilitaban ese tránsito: vivienda, trabajo, emancipación. A ello se añaden las emergencias climática y política y la irrupción de la inteligencia artificial, que introduce nuevas incertidumbres sobre el futuro laboral y social. No son problemas exclusivos de los jóvenes, pero les alcanzan precisamente cuando deben empezar a confrontarse a ese escenario adulto.
En nuestra época encontrar un lugar en el mundo resulta especialmente acuciante cuando fallan algunas de las condiciones que tradicionalmente facilitaban ese tránsito: vivienda, trabajo, emancipación
Hacerse un nombre no equivale necesariamente a triunfar. Pero sí constituye una condición para vivir en sociedad. Cada uno necesita encontrar un lugar desde el que pueda reconocerse y ser reconocido por los otros: a través de una profesión, de una relación familiar, de un grupo de amigos o de cualquier comunidad de pertenencia. Ese lugar no viene dado de antemano. Se construye.
El aura, en su versión digital, es una representación acelerada y espectacular de ese reconocimiento. Lo que antes requería tiempo, presencia y vínculos aparece ahora condensado en una pose, una hazaña, una fotografía o unos segundos de vídeo.
Ahí aparece el engaño. El lado fake del aura es doble. Por un lado, se presenta como algo que depende casi exclusivamente del carisma, la actitud o el esfuerzo individual, como si todos partiéramos del mismo lugar y las condiciones sociales fueran irrelevantes. La paradoja es que ese talento debe viralizarse y recibir la aprobación masiva. Por otro, convierte el reconocimiento en algo necesariamente cuantificable y efímero: una escena que impresiona, unos likes, una mirada de admiración.
Hacerse un lugar en el mundo no es fácil, sabemos las dificultades presentes en muchos síntomas y malestares, pero sería un error creer que ese trabajo que requiere presencia, atención y deseo pueda externalizarse en un algoritmo.
