Un polvorín, una olla a presión a punto de estallar, un coladero de delincuentes, una ciudad asediada por las mafias de la emigración, una moneda de cambio, un síntoma —otro más— de la insensibilidad europea ante la inmigración, la hipocresía política haciendo caja en el estrecho de Gibraltar. Entre otras muchas formas, así se ha calificado a Ceuta desde que el 30 de julio una avalancha humana saltó al mar en la frontera de El Tarajal y se desparramó por las calles de la ciudad. Cada cual es libre de elegir los calificativos que mejor se ajustan a sus prejuicios, a sus intereses personales e inclinaciones políticas para después verterlos a las redes sociales y sentir que cumple con su deber de ciudadano activo y crítico.

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Sin embargo, en estos días nadie o casi nadie recuerda que Ceuta es, por encima de todo eso, una frontera entre la parte rica del mundo y la parte pobre. Antes que nada, Ceuta es una frontera que cierra el paso a los que quieren tener la posibilidad de disfrutar de la abundancia que su tierra les niega. Un escaparate de ostentación imposible de alcanzar para miles de africanos. Conflictiva, sí, como todas las fronteras de la desigualdad. Un abismo que empuja a veces a comportamientos fáciles de manipular por los intereses de ambos lados. Como cualquier alambrada que impida el sueño de una vida mejor, la posibilidad de progresar. Una opción, por remota que sea, de salvar la vida para quienes huyen de una guerra o de una persecución política. 

La reciente avalancha de Ceuta ha sido un terremoto originado por la fricción entre la pujante demografía africana y lánguida natalidad europea. Una DANA demográfica que se origina en el mundo empobrecido, busca su cauce a través del desierto del Sahara y viene a desaguar en las puertas de Ceuta, Melilla, Tenerife, Lanzarote, Cádiz, Mallorca… Este es el primer dato que conviene no obviar nunca cuando se mira a Ceuta, a cualquier frontera de la desigualdad. En el pasado los flujos humanos procedían de Europa y desembocaban en América y Asia. Al contrario de lo que creen muchos, Europa no ha sido siempre tierra de abundancia. En la antiquísima historia de las migraciones, España ha sido durante siglos una de las principales emisoras de mano de obra barata. La prosperidad norteamericana se asentó sobre los pilares de los esclavos africanos. 

La reciente avalancha de Ceuta ha sido un terremoto originado por la fricción entre la pujante demografía africana y lánguida natalidad europea

En términos históricos, lo nuevo en el fenómeno migratorio es la dirección de los flujos. Eso y la dimensión de esta avalancha. Hasta ahora ha habido en Ceuta situaciones de menor envergadura, aunque de consecuencias también trágicas. Esta vez han participado alrededor de 70.000 personas, una cifra que difícilmente se congrega espontáneamente en dos días, con la escalofriante cifra de unos 150 ahogados frente al espigón de El Tarajal. En febrero de 2014 murieron 14 en el mismo lugar cuando unas 300 personas procedentes de Marruecos intentaron llegar a la ciudad y la Guardia Civil respondió con disparos de pelotas de goma y con gases lacrimógenos. La historia se repitió durante tres días de mayo de 2021, protagonizada en aquella ocasión por unas 10.000 personas. En todos los casos hubo señales de aviso en los días previos. Por ejemplo, el 25 de abril de 2021 unas cien personas cruzaron la frontera de El Tarajal a nado, ensayo general de lo que iba a suceder el 17 de mayo. Entonces estuvo claro que Marruecos incitó aquella avalancha como respuesta al ingreso en un hospital de Logroño del secretario general del Frente Polisario, Brahim Ghali.

En la avalancha de este pasado mes de julio no está claro que la mano de Marruecos meza la cuna, pero desde varios días antes algo se estaba cociendo: grupos de entre cien y doscientas personas intentaron cruzar a Ceuta. Todos los días del año hay migrantes dispuestos a aventurarse a alcanzar la ciudad a nado, pero suelen ser pequeños grupos o individuos que han conseguido hacerse con un neumático hinchado. En esta ocasión ha sido llamativo el incremento de las llegadas, especialmente tras conocerse una sentencia del Tribunal Supremo, del 8 de julio, que da la razón a un ciudadano argelino que en noviembre de 2024 denunció haber sido víctima de una «devolución en caliente» por cruzar El Tarajal a nado, algo que vulnera el procedimiento de la ley de Extranjería, que exige la apertura previa de un procedimiento administrativo de expulsión. 

La inmigración y los intereses

Junto al dato fundamental de que Ceuta delimita el mundo rico del mundo pobre es necesario tener en cuenta siempre los intereses de unos y de otros. Intereses mueven a quienes usan a los inmigrantes como arma arrojadiza. Intereses llevan a algunos a azuzar el miedo para, acto seguido, ofrecerse como salvadores frente al caos que antes han alentado. Indiscutible es la rentabilidad política del odio contra los inmigrantes. En el horizonte siempre hay unas elecciones. Si el sismo que ha provocado la desestabilización de la política española no tiene su epicentro en Washington, vía Marruecos, bien que lo parece. Intereses también a ambos lados de la valla fronteriza. Marruecos ha usado siempre a Ceuta y Melilla —como en su momento hizo con el islote del Perejil— como moneda de cambio, como medio de extorsión para conseguir prebendas.

Si el sismo que ha provocado la desestabilización de la política española no tiene su epicentro en Washington, vía Marruecos, bien que lo parece

En eso, Marruecos tiene una comunión de intereses con la UE. A ambos les conviene retener a los migrantes en el territorio marroquí. A Marruecos porque eso le supone pingües ingresos gracias a la política de Bruselas de pagar a cambio de frenar la llegada. Externalizar el control fronterizo se ha convertido en un buen negocio. En ese negocio, la crisis de Ceuta evidencia que el Gobierno de España es verdugo a la vez que víctima. Los que hablan de mafias que se lucran del fenómeno migratorio deberían incluir también a quienes sientan sus reales en tronos y despachos de partidos políticos y de muchos gobiernos de África, a quienes aprovechan aquí el río revuelto para exigir mejoras salariales para los cuerpos policiales, a quienes siembran odio para cosechar votos y a quienes miran para otro lado ante la sangrante vulneración del derecho internacional y de los derechos humanos que muchos de esos gendarmes de la globalización migratoria cometen impunemente. 

A Einstein se le atribuye la sentencia que dice «si quieres obtener resultados diferentes, empieza a hacer las cosas de manera diferente». En políticas migratorias nadie hace nada diferente desde que el estrecho de Gibraltar empezó a cobrarse vidas humanas a cuenta de la emigración allá por 1990, fecha de entrada en vigor de la exigencia de visado para cruzar de Ceuta a Algeciras en ferri. Treinta y seis años y miles de muertos después, en Ceuta y Melilla siguen elevando los metros de la valla fronteriza o la longitud del espigón de El Tarajal, contando el número de los que logran cruzar y los que mueren en el intento —que pronto caen en el olvido— echándose la culpa unos a otros y tratando de sacar réditos políticos. Mientras tanto, la distancia económica entre los países ricos y los pobres no hace más que aumentar, en parte porque la inversión extranjera en África no para de caer —excepto la de China— y en parte porque muchos gobiernos africanos están abonados a la corrupción.

Nadie hace nada diferente, aunque todos piden resultados distintos. En picado ha caído la ayuda al desarrollo en los últimos 20 años, especialmente desde la primera llegada de Trump a la Casa Blanca en 2017, agravada aún más si cabe en este segundo mandato con la supresión de todos los mecanismos de ayuda humanitaria. Ha dejado de existir la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), creada en 1961 y considerada como la mayor distribuidora de ayuda humanitaria en el mundo. Varios gobiernos europeos han reducido o suprimido también las subvenciones a las oenegés que trabajan en los países en desarrollo y los pocos que aún las mantienen tienen los días contados ante el avance de la derecha y la extrema derecha, cuya principal bandera es acabar con las políticas sociales. 

Quedan pocas esperanzas al otro lado del estrecho de Gibraltar, mientras a este lado todos piden resultados distintos, pero nadie pone en marcha sistemas de contratación en origen, cosa que ayudaría a frenar las vías de llegada irregulares y contribuiría a reducir la explotación laboral de los que no tienen papeles. Tendrían contratos y derechos laborales, dos cosas de las que ahora carecen. Muchos menos se jugarían la vida en una patera o sorteando a nado El Tarajal si tuvieran la esperanza de que tarde o temprano conseguirán un contrato que les abra las puertas de Europa. Así claro que Ceuta es un polvorín. Seguirá siéndolo y explotará —como viene haciéndolo— cada vez que a algunos les interese. Porque los inmigrantes son una de las partes más vulnerables de una sociedad que está perdiendo el alma humana y que prefiere mirar el dedo que señala a la luna. 

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