En ocasiones uno escribe sin querer ser escuchado, que no leído. Digo esto porque en la visión de esta serie sobre la Guineueta he intentado jugar, como siempre, a esa duplicidad de lo concreto y lo general, quizá más en estas últimas semanas para facilitar la comprensión de la zona, con muchas particularidades pese a su apariencia.
Tras tanto pasearla he asumido que es normal diferenciarla en dos áreas separadas por el passeig Valldaura y los años de construcción de los distintos polígonos, entonces logros del Franquismo y su voraz especulación, bien catapultada por el boom migratorio de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado.
Sin embargo toda esta acumulación de quilómetros por un mismo territorio, único modo de conocerlo con garantías, me ha llevado a reconsiderarlo, hasta abrazarlo como una verdadera oportunidad perdida que, mediante pequeños detalles, quizá pueda enmendarse.
El barrio tiene una elevada densidad de población que, sin embargo, se rodea de dos pulmones verdes, el parc Central de Nou Barris y el de la Guineueta, ambos sanadores ante tanta acumulación de verticalidades, más en el sector sur, pues el norte, el famoso triángulo de las vistas aéreas, es en su interior un remanso de paz, preludio de algunas ideas modernas vendidas con nombres pomposos.

Ya iremos a las súper illas. La cuestión radica en cómo esta combinación de factores, tener inicio y fin en dos parques junto a gozar de meollos sin apenas circulación interna de vehículos, podría ser muy triunfal por otro motivo.
El ideal de las fronteras de La Guineueta se desvanece si pensamos en cómo entre ellas figuran passeig Urrutia, vía Julia o vía Favència, todas arterias bien repletas de tráfico, magníficos focos de polución y contaminación acústica sí, pero limítrofes. Así es como el barrio, por casualidades de un incierto diseño, podría ser un ejemplo de entorno ajeno a malos humos, un oasis entre avenidas para motos y coches.
Esto puede detectarse, escribí en 2023 un artículo sobre el tema, en otras latitudes de Barcelona, como el trozo del Guinardó entre passeig Maragall y Verge de Montserrat, una gloria sin estridencias sólo cortada por la ronda Guinardó. Si piensan, sin mucho esfuerzo darán con muchas más, como la Vilapicina clásica, entre, de nuevo, el passeig Maragall y Fabra i Puig.
Estas dos islas no necesitan denominaciones efectistas para ser súper islas espontáneas. La Guineueta no fue concebida como tal, si bien es ejemplar por cómo ha ido desarrollándose, hasta condensar todas las esencias de una morfología muy barcelonesa.
En el caso que nos concierne hay otro triple salto mortal. Hace unos días explicaba a un grupo de paseos sabatino cómo Ildefons Cerdà proyectaba la plaça de les Glòries como uno de los centros de Barcelona; lo escribo en plural porque, entre otras cosas, la inesperada aparición de la plaça Catalunya, un hueco muy metafórico entre lo viejo y lo nuevo, arruinó una centralidad absoluta para las glorias catalanas.

En 2025 la suma de elementos positivos, de lo empresarial a lo arquitectónico, de lo comercial a lo museístico, ha convertido el conjunto de Glóries en una extensión con mimbres para cumplir el sueño del creador del Eixample, o más bien su reconversión.
La nova plaça de les Glòries podría ser un debut de todo este eje, cívica por cómo, al fin, las sillas a disposición de la ciudadanía permanecen ilesas. Sus verdes enlaces hacia la Meridiana, Aragón o la Diagonal, con Agbar y la grapadora omnipresentes, son una exhibición estética de mi hipótesis.
Glòries, plaça Catalunya, Francesc Macià, la encrucijada de passeig sant Joan con Diagonal, más aún con el tranvía, o la plaça d’Espanya, transitable en breve como si se hubiera producido un milagro, pueden encabezar esta diversidad de centralidades en su redundancia, pues no pertenecen a la periferia.
Barcelona puede tener infinitos formatos de federalismo. En más de un escrito he remarcado cómo deberíamos atrevernos con los ayuntamientos de barrio para desplegar políticas de proximidad con la ciudadanía y abordar problemáticas que no son iguales en todo el Distrito.

Esto también puede desarrollarse desde una visión global de la capital catalana. Cada centralidad tiene en sí las piezas para ser un punto de encuentro comunitario con personalidad propia, con la gran virtud de aunar barrios, algo fundamental, olvidándose en demasía los trasvases entre los mismos desde la cercanía.
En Nou Barris es demasiado evidente cómo esta centralidad, bien conectada con otras como Virrei Amat, corresponde a la plaça de la República. Esto ponderaría aún más cómo la Guineueta no se interpreta desde su totalidad. Esos dos parques y las súper illas espontáneas causadas por limitar el barrio con arterias de tráfico intenso podrían ser una punta de lanza.
El error puede entenderse sin reproche alguno. Las últimas noticias, recogidas en este mismo texto, se han hecho cómplices de las circunstancias históricas para ahondar en la división norte sur, cuando sería mucho más lógico reflexionar sobre cómo la junción de ambos sectores y un trabajo unitario, fusionándolos, podría cambiar la cara de La Guineueta, mejorándola con un impacto en sus vecinos de la red, pues el concepto de centralidades debería repercutir en cada barrio de manera positiva desde una cadena, por lo demás sin homologar la ciudad, sino más bien destacándose más su pluralidad.
Este foco podría, pongámonos poéticos, irradiar hasta otro centro, el de la plaça Karl Marx, a rebosar de alternativas que darían otro brillo a su monumentalidad escondida de encrucijada de la ronda de Dalt con la via Favència, Víctor Jara en un rincón y los rascacielos policromos sin explicación, no como las plaquitas colgadas en hitos históricos por asociaciones vecinales.

Quizá de tanto hacer invisible las Barcelonas ha cuajado en el imaginario que sólo son extrarradio. Si las contempláramos como centros no sólo mataríamos tópicos y prejuicios, una bagatela en la tarea de enriquecer la ciudad sin menoscabo para quienes la viven, ay.


1 comentari
MOLT INTERESSANT
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