Hace dos semanas dedicamos las Barcelonas a comentar cómo la ciudad mejoraría, no sólo desde su visión federal, mediante la creación de una red de centros para acercar el meollo a la periferia. Esta propuesta, que por supuesto nuestro querido Ayuntamiento jamás contemplará al considerarla muy cara y no tener interés verdadero en desarrollarla, serviría para reducir las desigualdades existentes entre barrios, tanto económicas como en asuntos relativos a la convivencia, entre los que por desgracia figura la criminalidad.
Los ciudadanos condales desconocen la capital catalana, atiborrados de tópicos y con una matemática de desplazamiento bastante limitada. Algunos van de casa al trabajo y otros ni siquiera son capaces de decir en que barrio viven.
La cosa va a peor cuando se trata de los márgenes, que, no está de más recordarlo, empiezan en la parte Besós en Pi i Margall. He contado en más de una ocasión cómo me cabreo a lo bestia con eso de “ah, eres de Horta-Guinardo”, una expresión idéntica a no decir nada y prueba evidente de ignorancia. Estas personas no saben entre pereza propia y desidia municipal por dar a conocer la ciudad más allá de la postalita.

De hecho, lo de Horta-Guinardo, con un enjambre de barrios más que variopintos entre sí, es más clamoroso en otras latitudes, como la protagonista de esta serie. Es conocido como Nou Barris es un invento moderno fruto de la acción vecinal. Más tarde, concretamente en 1984, la nueva división administrativa no supo adecuarse a las realidades, un error mayúsculo e idóneo para enrevessar la gestión.
Els Nou Barris de la actualidad son trece: Vilapicina, Porta, La Guineueta, Verdum, Torre Baró, Roquetes, Vallbona, Ciutat Meridiana, Turó de la Peira, Can Peguera, Canyellesm Trinitat Nova y la Prospe. Cada uno de ellos goza de su idiosincrasia y para gobernarlos mejor deberían efectuarse parcelaciones para adecuarlos desde un sentido .Toda esta inmensidad es una ciudad en sí misma y sin duda ganarían sus habitaciones si la troceáramos.

En ocasiones me sorprendo diciéndome para mis adentros expresiones del estilo “dios mío, cómo ha mejorado todo esto”, pero es una falsedad, pues no es oro todo lo que reluce y, si tiramos de tópicos, las apariencias engañan.
Vayamos a las estadísticas, una fuente, nunca mejor dicho, bastante razonable. Cojo un mapa con los índices de pobreza. El baremo de clase media es cien, bastante escaso en toda Barcelona. En Nou Barris ninguno de sus trece barrios alcanza la cifra de 80, siendo Vilapicina, que es más bien Horta a partir de todos fallos de Huertas y compañía, el más adinerado con un paupérrimo 74.
Este contagio de pobreza, una lacra de desigualdad, se extiende en otras barriadas limítrofes, como el Bon Pastor, La Trinitat Vella, la Verneda, Sant Martí de Provençals o Baró de Viver.

Todos estos sitios podrían mejorarse a lo grande, pero el mal es crónico y viene de lejos. Este artículo, si queréis, es una continuación de tantas críticas de otros autores. El mejor siempre será Manuel Vázquez y Montalbán. En su novela Los mares del Sur, galardonada con el Planeta de 1979, esos autobuses para ir a trabajar y volver de noche mostraban un desastre de planificación, nada raro si atendemos a cómo la acción se ubica por Bellvitge, creado hacia 1965 sin equipamientos de ningún tipo, algo poco a poco enmendado.
Otro interrogante, que en principio debía ser la base de estas Barcelonas de hoy, es la criminalidad. Tras navegar por las hemerotecas he localizado varios asesinatos en La Guineueta, algunos tremendos. En mayo de 2006 un hombre fue asesinado en el 48 de la rambla de la Guineueta. En 2009 una mujer fue asesinada por su pareja. La muerte de la mujer conllevó la de su hijo, recién nacido.
Ese mismo año se repitió un clásico de la Negra barcelonesa, cuando en Sants unos Ñetas, ¿se acuerdan de esas bandas?, se cargaron por error a un joven de 18 años, un peruano nacionalizado español con aspiraciones a ingresar en los Mossos. Estudiaba informática en La Guineueta.
Su caso responde a una violencia juvenil de ese decenio. Poco antes, en el passatge de Catalunya, Ronny Tapias había padecido la misma equivocación a manos de otro grupo. Si nos aproximamos a nuestra época otro titular, de 2019, comenta el miedo de muchas vecinas de la plaça de la República ante un violador.

Si continuara podría escribir una tesis doctoral para la cuestión. La prensa, en general, ha usado un tono moralista con los crímenes de los suburbios, nefasto por olvidar con velocidad los hechos y emplearlos para demonizar más si cabe a esta población. Lo vemos con frecuencia en TV3, donde no se preocupan siquiera por decir los barrios en que sucedieron los sucesos al englobar todos los del extrarradio en el mismo saco, De este modo, consiguen cronificar una exclusión bestial.
Carecer de recursos es un acicate para la desesperación. En los años 70 Pier Paolo Pasolini se horrorizaba porque los chicos del extrarradio querían ser como los burgueses de la Roma bien y al estar vetados por los mismos optaron por configurarse en bandas, como la de la Magliana, para controlar el juego, la prostitución y las drogas.

¿Os aturde? No debería. El actual Consistorio gestiona mejor que el anterior, si bien sus miras son muy de cara a la pasarela. Lo vimos con la Copa América, exhibiciones de F1 en passeig de Gràcia y otros eventos como la salida del Tour 2026. El turismo es prioritario y la imagen de marca ni os cuento, esa BCN traidora de Barcelona. ¿No sería mejor destinar todos esos fondos a la redistribución de la riqueza para evitar lo narrado en estas páginas? El otro día en la radio nos salió del alma hablar de la Sagrada Familia y la beatificación de Gaudí, surgiendo al final el tema de la escalinata de la discordia. La basílica podrá concluirse no por devotos, sino por guiris y quién sabe si el colofón nace por esos ingresos. ¿No sería mejor consultar a los barceloneses, que pagan impuestos? La verdadera santidad en el siglo XXI sería zanjar de una maldita vez todas estas desigualdades para que nosotros mismos podamos admirar la ciudad en la que vivimos, todo lo demás es negligencia, solucionable desde el conocimiento de los espacios y las necesidades de aquellos que los habitan, algo poco practicado por nuestros gobernantes.

