En las últimas Barcelonas me muevo un poco por todas partes por dos motivos esenciales. El primero conduce al segundo. Al estar enfrascado en unos meses de intensa escritura me veo constreñido a no programar como quisiera mis desplazamientos urbanos, lo que crea otro tipo de percepción, muy útil al permitir centrarme en una visión a lo largo.
Esta coincide con algo comprensible. Entre tanta obra es lógico que algunas emblemáticas vayan finalizándose. Una de ellas, el Parc de les Glòries, colmará nuestro paseo de hoy, vinculándolo con uno de mis últimos pensamientos sobre la capital catalana: el de espacios útiles para generar sinergias entre barrios, gestándose múltiples centros que potencian un federalismo de cariz municipal.
Al trabajar cerca de la torre Agbar conozco muy bien cómo se ha transformado todo su entorno. El contraste es notorio tras bajar por el Clot y Escultors Claperós, donde aún se siente la morfología causada por tantas décadas de trenes.

Después llega una extrañeza que ha crecido en parcelas desde el 92. La jalonan muchos hitos reconocibles, del Centre Comercial Glòries al Fórum a remodelar en la lontananza, del TNC y el Auditori als Nous Encants. Todos estos elementos suman ahora uno nuevo que pretende actuar como eje.
Para seguir con cierto orden recomiendo acceder al parque desde la Meridiana, otra pieza del puzle, pues de horror con puentes criminales de una autopista indecente ha pasado a ser una vía agradable de transitar por el bienestar de su vuelco. Ojalá hicieran lo mismo con Aragó, Balmes o la misma Laietana para reducir decibelios y permitir un mejor mirar el Patrimonio.

El de nuestro protagonista de hoy es contemporáneo. Un vector de peso en toda esta ecuación es su ser abierto y rodearse de calles beneficiadas por su irrupción, como su sector de la Diagonal, si bien en otros aún quedan inconclusos, viéndose barracas con sombrillas en el interior del recinto, un clásico de la década.
He caminado por lo que es esta extensión durante años. Otros iconos, tan obvios como para poder olvidarlos, son la Grapadora de Bohigas y Agbar, puerta al 22@, fascinante en su arquitectura y gélido en su frialdad. En estas nuevas Glorias los vemos todo el rato mientras surcamos la arena junto al círculo verde y central, un ejemplo de cómo, al fin, los barceloneses se han civilizado, usándolo sin montar cristos con las sillas disponibles y comportándose individual o colectivamente de manera ejemplar.

Entre el resto de la vegetación, que precede a un pavimento más o menos amable, vemos tumbonas y sillas. Los usuarios leen, miran, duermen o, simplemente, viven. Más allá del barraquismo se ha eliminado la miseria y el ambiente es plácido, un verdadero oasis que es un nuevo meollo barcelonés, coronado por el llamado, no localicé más referencias, Chiringuito, una blanquísima pérgola con muchos números para ser referencial desde muchos ángulos.
Uno de ellos es civil. En primavera la luz del espacio es majestuosa y sus dimensiones las idóneas para convertirlo en un punto de reunión, con el solo defecto, por lo de su abertura urbana, de los botellones nocturnos.

Asimismo, es un lugar de reposo con el mobiliario adecuado, en sintonía con ese clima de relajo y libertad controlada del conjunto, en el que por supuesto hay zonas infantiles y para ejercitarse. Si lo paseamos de punta a punta sin menospreciar a ningún punto cardinal apreciaremos cómo dialoga con piezas de más pátina, de la inevitable Sagrada Familia a los bloques de Gran Via que ocultan la Monumental, otra de las divas que aparecen de vez en cuando por esta inmensidad.
En realidad, el parque es una continuación que lidera una totalidad urdida con el 22@, el centro comercial Glòries, Agbar, el Disseny Hub, La Farinera del Clot y la nueva Meridiana, ampliándose su radio de nuevo eje hasta los horizontes del Fòrum o, entre otros implicados, la plaça de Pablo Neruda.
Esta propiedad debería ser primordial para ponderarlo como es debido, sin descuidar como a su vera tiene els Nous Encants y un edificio capital en la transmisión de un mensaje: el mayor bloque de vivienda pública de este lustro. De hecho, analizándolo desde una utópica objetividad, tiene sentido contraponer todo este engranaje con Consell de Cent.

Ambos proyectos se enlazan en una misma sinfonía urbana. La arteria del Eixample no recibe tanta atención. Como esta legislatura todo se ejecuta en sordina se comenta más bien poco el Cafarnaúm de su trazado, con cargas y descargas en plan estelar y una densidad de obstáculos que rompe la supuesta magia, a priori en crecimiento por otro detalle ignorado por la mayoría: la calle tiene todo el aspecto de ser un nuevo centro cultural por la nueva La Central, el auge de Finestres, el guiño de la futura Thyssen y una piel que combinará el reclamo de su peatonalidad con un toque digno de aplauso.
Uno de los epicentros arrinconados de Glòries es la estatua que homenajea al Meridiano de Dunkerque, que siempre me recuerda a Ildefons Cerdà, quien quizá sonríe en sus cielos al ver cómo quizá sus intuiciones pueden refundarse como él hizo con la ciudad condal.

A la derecha, desde el Parc de les Glòries, els Nous Encants, a la izquierda la estàtua del Meridià de Dunkerque | Jordi Corominas i Julián.
En cualquier mandato un cortar la cinta no significa zanjar la carpeta. Glòries como un centro más de Barcelona y paradigma para forjar nuevos que interconecten la ciudad, federalizándola. Esto se ha logrado tanto con las bibliotecas y el tranvía. El siguiente escalón sólo puede brotar de una reflexión sobre Barcelona en su totalidad. El parque nutre y, si se escucha, puede proponer una remodelación que aunara mirar a los barrios, sin perjudicarlos, con una labor global, conjugándolos para respetar sus diversidades.

