
Cada poco tiempo sale una u otra noticia en torno a cómo el actual Ayuntamiento se ha puesto en marcha para conmemorar el centenario de la Exposición Internacional de 1929, a la que loa con pasión para justificar y hermanar con el pasado unas intervenciones, que bien hechas, pueden ser providenciales para vincular más los barrios de esa centralidad a partir de medidas que combinen el recuerdo con lo útil.
Si vamos directos al primero es necesario hablar de cómo esos honores al 29 deberían ser muy rigurosos con la Historia barcelonesa durante la dictadura de Primo de Rivera, increíble por el sello arquitectónico que dejó tanto en lo bueno como en lo malo, desde ser una de las caras más desconocidas de la ciudad con el cooperativismo al reverso más que tenebroso de los polígonos como campos de concentración, del que resiste el de Can Peguera.
En esta memoria también debería figurar cómo la Exposición se gestó durante un largo periodo de tiempo con varios actores entrelazados de lo que hoy llamamos distintas sensibilidades, como el inventor Pich i Pon, del partido Radical, al que construyó su casa en rambla de Catalunya el president de la Mancomunitat, Josep Puig i Cadafalch, quien en realidad dejó su estela sin firma en la denostada plaça de Catalunya y en todo el proyecto monumental de la montaña, donde los cambios políticos comportaron demoler sus cuatro barras, devueltas en nuestra centuria.

Francesc Cambó, el gran político catalán del primer tercio del Novecientos pese a todas sus pestilencias, estuvo asimismo desde la partida en lo que debía ser una muestra de Industrias eléctricas y devino, sin desviarse de ese espíritu, una glorificación de lo español desde postulados de urbanismo medio fascista. Buena prueba de ello es cómo el Palau Nacional se enmarca por las torres venecianas, que dejamos atrás por la avinguda de María Cristina, la de los espárragos durante los fastos y escenario en 1933 de un desfile paramilitar de las Joventuts d’Esquerra.
Si se quiere reivindicar el 29 debe ser desde la autocrítica. En realidad, si quieren ser coherentes, lo lógico sería desplegar una actividad de pedagogía urbana de la mencionada Can Peguera a barrios cómo la França Xica y todos los jardines de la montaña, que en las décadas previas a la fiesta urbanizaron y dotaron de un verde característico al maná de merenderos para las clases humildes.
El ir de un siglo a otro, del 29 al 29, puede otra puerta para el progreso de Barcelona, en la senda de las que apuntamos durante las últimas semanas. En este caso el comienzo puede aplaudirse por romper con el muro de una plaça d’Espanya indigna de ese nombre al ser inútil para los peatones y la comunicación ciudadana, La mayoría, ni siquiera temerarios como servidor, jamás ha pisado su interior, así que la solución en marcha es óptima y sería de agradecer aplicarla en Francesc Macià, por citar una de tantas ágoras sin serlo.

Desde hace años medito sobre cómo el Paral.lel, que sigue con sus sempiternos claroscuros, tiene en su haber ser la conexión perfecta entre el Puerto y la Fira, un tranvía que partiría de la nueva estació de Sants, daría lustre al anodino carrer de Tarragona y haría de la de los teatros de antaño una línea recta con otra pátina mediante ese transporte público que facilitaría la movilidad para millones de pasajeros, no sólo los que irán a esos dos ejes económicos.
La operación apuntalaría otros, como la misma Montjuic, aún sin éxito en su comprensión como isla museística pese a tener muchísimos concentrados en pocos metros con programas no sólo dirigidos a los turistas.
¿Se piensa con lo del 29 en la ciudadanía? Ahora, mientras iba hacia otra parte, se ha aparecido en mi cabeza el aerobús. En otras ocasiones he escrito sobre cómo en otras ciudades, una de las paradigmáticas, sería Niza, el tranvía es el medio para llegar al aeropuerto.
Para muchísimas personas Barcelona termina en plaça d’Espanya. La Gran vía que sigue oculta las barriadas montañesas, como la hermosa Font de la Guatlla, y las esencias de Hostafrancs, Sants y la Bordeta. La carretera de esta última nace o muere, depende de cómo se mire, después de todo el ruido de ese epicentro, para surcar su itinerario de toda la vida, mítico y anónimo.

Durante décadas, cuando regresábamos desde el aeropuerto del Prat, reconocer el rostro en su ingreso fue algo más bien horroroso, más si cabe en su lado mar, algo remediado con la Ciudad de la Justicia y uno desea de toda corazón que estas parcelaciones transformadoras prosigan hasta poder cortar una cinta global en Can Batlló, uno de esos potenciales centros que aúnen barrios, en este caso tanto de arriba y debajo de la Gran Vía, que no debe ser un obstáculo. Lo mismo podría aplicarse con la Meridiana, que durante decenios dividió al Camp de l’Arpa y el Clot.
Si continuamos llegaremos a la estación de La Campana, a reivindicar por singular y con metros y más metros que urgen de ser narrados para todos como complemento a su cesión al vecindario, enhebrándose con este tramo de otra parcelación positiva de la Gran Via al imbricar mejor muchos barrios, no sin exhubir otro punto de vista a nivel patrimonial, hoy en día una de las cuentas pendientes de esta administración, que tapa estas negligencias con grandes anuncios.
¿No sería buena idea dar nueva vida a los jardines haciéndolos refugios climáticos e impulsando actividades para, por ejemplo, resucitar la Font del Gat? ¿No sería buena idea soñar con un Montjuic más allá de grandes eventos y que tuviera actividad día a día? ¿No tendría sentido que el Grec no fuera el sueño de noches de verano? Quizá así eliminaríamos el miedo a la inoperancia del monte mágico.

Para terminar con este cuadro de hipotéticas mejoras basado en una federalización de la pluralidad desde transporte, equipamientos y el estrechar lazos creo que un buen final debe entroncar con los primeros párrafos. En la Catalunya del 2000 hacia adelante, quizá todo empezó con el adiós de Maragall, la Historia ha sido manipulada por la clase política con las consecuencias bien sabidas. La Exposición del 29 no suscitará tantas pasiones y por eso mismo el rendirle honores debe servir al presente, no desde el eslogan, sino desde una visión de largo alcance que vaya más allá de cuatro tópicos. Si se usan con lo histórico deberán ser objetivos con lo que fueron esos años. Que no lo hagan de forma tan básica como con el centenario del metro y que, por favor, sean coherentes desde la reflexión para con las opciones que podría suponer ese 2029 para Montjuic y la vastedad de sus aledaños.

