Y uno casi podría decir en lo bueno y en lo malo. Las Barcelonas de hoy parten porque, hará cosa de unas semanas, decidí hablar en mi podcast 15 al día en torno a los treinta años de la inauguración de los hoy en día llamados Jardins del Baix Guinardó en el lugar de los cuarteles de caballería de Lepant, estrenados en su momento por el rey Alfonso XIII.
En ese lugar, multiusos, se instaló un laguito, al que podemos llamar de la discordia, pues desde la administración de Barcelona en Comú, apoyada por los socialistas que dirigían el distrito de Horta-Guinardó como en la actualidad, se aceptó colocar el mercado de la Estrella de Gràcia durante su reforma.

Este hecho supuso una afrenta que ha derivado en denuncias judiciales por parte de la Asociación vecinal Salvem el Parc, alternativa, como muchas otras que entendieron cómo la oficial, la AA.VV. de toda la vida, es un engranaje más de poder, encantada con recibir sus subvenciones y sin mover ficha, algo frecuente en esta organización, como el autor de estas páginas ha podido comprobar en su dilatado pasear e investigar la zona.
La denuncia suspendió las obras, canceladas sine die por otro factor que no suele figurar en los periódicos y es bueno explicar al lector. Los Ayuntamientos suelen realizar grandes proyectos los dos primeros años de legislatura, pues es la forma de tirarlos para adelante sin que generen mal rollo ni disensiones preocupantes. La memoria humana es breve y por eso mismo efectuar obras de calado durante el último bienio de un mandato no es muy aconsejable y así lo del mercado parece pasar a mejor vida, aunque muchos no olvidan la ofensa de ver cómo desde el Distrito a nadie le importaba en demasía eso de perder uno de los lugares más usados por la ciudadanía para favorecer una instalación menor de otro barrio, de tanta enjundia que si no lo llamas Vila se enfada y no respira.
Por lo demás el Baix Guinardó es un pozo sin fondo o un agujero negro que no quiere diseccionarse, bien por su marginalidad de inicio de la periferia, bien por la desgana de cierto sector periodístico, más favorable a la efeméride que al análisis en profundidad de hechos y rincones.
Es por ello que nadie, salvo servidor, escribe sobre cómo el hotel de Cartagena con Mas Casanovas aún molesta a los padres de la homónima escuela y a los residentes del entorno, disgustados porque el establecimiento, antes vendido con el proverbial near la Sagrada Familia, es residencia de personas en proceso de desintoxicación que se sientan en bancos de los alrededores, lo que no es ningún problema, simplemente aún colea el concurso de adjudicación, con un solo candidato en liza, y el poco respeto por los niños del centro educacional.
Algunos barajan que todo se solucionará con un futuro traslado donde los Laboratorios Llorente de Verge Montserrat, un solar tremebundo, como tremebundo es el dejado tras la demolición de la iglesia del Espíritu Santo en travessera de Gràcia con Bergnes de les Casas, a la espera de ver qué decide hacer el clero con el terreno, hasta la fecha poco piadoso con las varias opciones que depara esa tierra baldía.

El alcalde Collboni, en otra nota de la que sólo yo parezco tener memoria, declaró tiempo atrás ser hijo del Baix Guinardó y por eso mismo se hizo abrir una tarde de 2015 el bar Barlito, desde entonces cerrado, como clausurados han quedado otros establecimientos a su vera, desde una tienda carnavalera, trasladada hacia las inmediaciones de la Sagrada Familia, y otros bares, reemplazados por clubes de marihuana, quizá el mal menor de toda esta función, delimitada por las fronteras del barrio, que de poco puede presumir.
El paradigma de la dejadez municipal con el mismo es mi amado torrent de Lligalbé, que ha sido noticia, desde su horizonte, estas semanas porque, oh milagro, se ha descubierto cómo una pareja ha remozado una parcela entre los pasajes de Sant Pere y Boné, en realidad una buena noticia desde la inventiva y la plasmación de una crisis galopante de la vivienda que los que pueden resuelven con ingenio.


Al otro lado, en el torrent, unos barraquistas aprovechan lo que fue la senda de las aguas para poner sus tiendas de campaña y objetos personales, sin que nadie los expulse ni se queje porque, ante la inacción, es mejor simular su inexistencia, una vergüenza más de un largo historial, similar, con agravantes, a lo de la torre del Fang, al fin arreglada en su decorado y aún sin apertura, con barraquistas a unos cincuenta metros y en todo el debut de Gran de Sagrera, tapados por el silencio y unos muros de oprobio.
En el Lligalbé y aledaños la risa triste es que la pareja de ese terrenito, que incluso tiene hasta buzón, quizá acelere la desaparición de unas opciones para combinar difusión patrimonial, mi dichosa pedagogía urbana, con ampliación de lo verde, que no será al preferirse la erección de un centro sanitario, cuando hay uno si cruzas la calle. Lo prefieren por no pensar y escuchar aún menos. La gloria seria tener la parte del torrente con dos jardines sin coches, llenos de barro cuando llueve, y un par más de verdores donde el matrimonio y el passatge de Sant Pere, pero no lo contemplan.

Si ese todo estuviera pasado Pi i Margall, avenida que se han cargado con asfalto por el módico precio de un millón de euros, si se emprenderían obras y las venderían como un maná proverbial, pero esto es el Baix Guinardó, márgenes condales sí, aunque a muchos les disguste y prefieran decir, porque los han educado desde la ignorancia de su propia Historia, que pertenecen al Eixample. Si eso es así yo soy Vladimir Lenin. Son habitantes del Baix Guinardó y el orgullo de su identidad debería ser la fuente de crítica para mejorar el sitio en el que viven, desde los lazos del pasado con el presente, desde la dignidad de ser barceloneses que aman su barrio.


